Pasado, Parte 4
Marc se había prometido así mismo proteger a Anco, su "amada", a toda costa. Esa promesa no quedó solo en su mente; la compartió con ella el día de su boda, de pie en el altar, cuando el sacerdote les pidió que intercambiarán sus votos ante los ojos de Dios.
Anco creyó en esas palabras con todo su corazón. Pero, en lugar de cumplirlas, Marc hizo lo contrario. Fue él quien la condujo al abismo, dejándola sola para decidir si se hundiría en la oscuridad o encontraría la fuerza para salir por su cuenta.
En la sala de estar, Marc intento hablar, su voz cargada de emoción y arrepentimiento.
- Anco... sé que para ti soy un fenómeno, alguien que no merece ser amado por nadie. Sé que pensarás que la vida me dé desgracia por el resto de mi vida... Pero una cosa es segura: yo a ti, siempre te he amado, y te amaré hasta el día en que seamos viejitos, cuando podamos ver a nuestros hijos crecer y realicen sus propias vidas.
Anco lo miro, con los ojos llenos de lágrimas, pero su expresión estaba vacía, como si las palabras de Marc no pudieran atravesar el muro que había construido para protegerse. Su voz, rota por los gritos que había dado momentos antes, apenas fue un susurro cargado de dolor.
- No, Marc...- dijo, con esfuerzo- ya botaste todo por el caño. No hay nada de que hablar. Ya no hay futuro para los dos. Está relación se acabó... Tú rompiste esa promesa que me hiciste el día de nuestra boda.
Marc intento responder, pero Anco no le dio tiempo. Levantó la mirada, con una mezcla de tristeza y determinación, y continuo:
- Y si no recuerdas cuál fue esa promesa... yo te la recordaré.
Anco recordaba cada palabra que Marc pronunció el día de su boda. En aquel entonces, él estaba visiblemente nervioso; su voz se entrecortaba mientras intentaba expresar sus votos matrimoniales. Para ella, ese detalle fue entrañable, tanto que lo guardó en su memoria y en su corazón. Ahora, enfrentándolo, decidió devolverle esas palabras que alguna vez significaron tanto:
- "Te protegeré, te amaré por el resto de mi vida. No te faltará nada, porque siempre te seré fiel. Si siento que nuestra relación pasa por un mal momento, te lo haré saber, para que haya confianza, cómo equipo, como dos personas que se aman de verdad"... ¿No es así? -dijo ella, mirando a la nada. Luego, su tono se endureció mientras continuaba-. Fui una mujer muy fiel a ti, Marc. Nunca te falte al respeto. Cuando teníamos un problema, lo resolvíamos hablando, cómo gente civilizada... teníamos confianza... o eso creía yo. Nunca, en todos estos años de matrimonio, te hice una mala jugada. Nunca te fui infiel con nadie... y tú lo sabes.
Marc bajo la cabeza, como si el peso de sus palabras lo aplastaran. Con la voz quebrada, intento justificarse:
- Lo sé, mi cielo... y te lo agradezco. No me equivoqué al escogerte a ti como mi esposa y como la madre de mis hijos. Por favor, Anco, no me abandones. No me dejes. Piensa en todo lo que hemos construido, en los momentos de victoria que compartimos cuando alguno de los dos lograba algo importante. Por favor, piénsalo, mi vida.
Anco aparto la mirada del paisaje que observaba desde el balcon y se giro para mirarlo directamente. Su expresión era una mezcla de dolor y determinación.
- ¿Es que no entiendes? -dijo, con voz firme-. No hay nada que reparar, Marc. Tu arrojaste la toalla primero, y yo no lo voy a recogerla para devolvértela. Esta relación fue muy bella, lo admito, y te estoy agradecida porque nunca me faltaste al respeto ni me levantaste la mano, como hacen algunas parejas tóxicas. Pero no quiero seguir viviendo bajo el mismo techo con alguien que me defraudó.
Marc intento interrumpir, pero Anco alzó la mano, pidiendo silencio.
- Si lo hiciera, viviría con miedo y con odio hacia mi misma y hacia ti. Miedo de que vuelvas a hacerme lo mismo, ya sea con un hombre, una mujer... o quien sabe con quién. Y odio, porque no podría perdóname por aguantar a un hombre que no supo apreciar lo que tenía. Así que no, Marc. Primero soy yo. Y después, los demas, incluyéndote a ti.
Marc se acercó, sollozando.
- No, Anco... te lo suplico. No tires así las cosas que hemos construido.Te prometo que voy a cambiar. Nunca volveré a serte infiel, con nadie.
Anco nego con la cabeza, moviendola lentamente, mientras sus ojos se llenaban de lagrimas. Finalmente, con voz quebrada, le respondió:
- No hagas promesas que no vas a cumplir en el futuro -dijo Anco, con firmeza-. Eso es hipócrita, Marc. Si lo haces, no solo te harás daño a ti mismo, sino que la más afectada seguiría siendo yo... y tal vez tu amante termine triste. Pero hay algo que no entiendo... -su mirada de clavo en él , cargada de confusión-. ¿Por qué con un hombre?
La pregunta cayó como un balde de agua fría sobre Marc. No esperaba que Anco la formulará, y mucho menos de forma tan directa. Trago, respiro hondo y, finalmente, decidió ser honesto.
-... Es porque soy homosexual -admitió, con voz temblorosa-. No quería decírtelo así, Anco. Mi plan era hacerlo poco a poco, cuando sintiera que estabas lista para aceptarlo. Pero no pude detenerme. Las ganas me vencieron... así que lo hice.
Anco lo miro, incrédula, y soltó una risa seca y amarga.
- ¿Despacio? -repitió, con sarcasmo-. Ja, Marc, ahora resultaste comediante. Otra profesión que ni siquiera sabía que tenías.
Marc bajo la cabeza, avergonzado, mirando el suelo. No podía soportar la idea de ver a Anco llorar otra vez. Pero, para su sorpresa, no había lágrimas está vez. Anco ya había derramado todas las que tenía momentos antes. Ahora, su semblante era tranquilo, casi frio.
Ella observo su gesto de humillación y, en lugar de compadecerlo, lo encontró patético. Tan patético que no pudo evitar soltar una risa sarcástica mientras miraba al techo.
- Ya veo... -dijo, exhalando profundamente, antes de volver a mirarlo directamente-
El silencio se apoderó de la habitación por unos segundos. Marc no se atrevía a decir nada, y Anco parecía medir cada palabra que estaba a punto de pronunciar. Finalmente, ella rompió el incómodo silencio:
- Dime, Marc...
- ¿Sí, mi amor? -respondió él, casi por instinto-
- Deja de decirme "mi amor", "mi cielo", "mi vida", "cariño"... -dijo, haciendo un gesto de disgusto-. Esas palabras ya no tienen sentido. Me dan ganas de vomitar.
Marc levantó la mirada, con ojos llenos de culpa.
- Lo siento... Anco, es la costumbre...
Anco suspiro profundamente, como si con ello intentará liberar el peso que llevaba en el pecho. Luego, con la voz controlada, preguntó:
- ¿Cuándo comenzaron las aventuras, Marc? ¿Fue después de nuestra boda o antes?
Marc levantó la mirada, con ojos enrojecidos.
- No, Anco... nunca te fui infiel antes de nuestra boda, ni durante nuestra boda, ni en los primeros años de nuestro matrimonio. Está fue la primera y la última vez que te falle con alguien.
Anco dejó escapar una risa amarga, apenas un susurro.
- Ya veo... -murmuro, con la mirada perdida-. Bueno... nos veremos en la notaría para iniciar el proceso de divorcio. -Su voz temblaba, pero no derramó lágrimas. No quería darle ese gusto, no otra vez-. Ya no volverás a hablar conmigo, solo con mi abogado. Y, aunque me duele admitirlo estoy agradecida de que no tengamos hijos. Eso haría todo mucho más engorroso.
Las palabras de Anco cayeron como un martillo sobre Marc. Por un momento, no supo que decir ni como reaccionar. Cuándo finalmente procesó lo que ella había dicho, comenzó a llorar, con sollozos desesperados, como un cachorro abandonado por su dueño. Pero Anco no se inmutó. En el pasado habría corrido a consolarlo, habría intentado calmarlo y reconfortarlo. Ahora, ese gesto ya no tenía sentido.
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