Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.
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Amenaza.
La lluvia comenzaba a caer suavemente sobre la ciudad de New York. Las luces de los autos se reflejaban en el asfalto mojado, y el sonido constante de las gotas contra las ventanas creaba una atmósfera inquietante.
En su oficina, Isabella Montesini finalmente apagó la pantalla de su computadora.
Había pasado horas revisando documentos, llamadas y registros.
Pero su mente ya estaba agotada.
Miró el reloj y eran las 11:38 de la noche.
—Creo que es suficiente por hoy… —murmuró para su misma.
Cerró el expediente de Valentino Rossi y lo guardó en su maletín.
Antes de salir de la oficina, miró por última vez el tablero de investigación que había armado en la pared.
Los nombres conectados con flechas parecían formar una red cada vez más compleja.
En el centro seguían los mismos dos nombres:
Valentino Rossi.
Adrián Bianchi.
Pero ahora había otros:
Marco Bianchi.
Número desconocido.
Edificio abandonado.
Isabella apagó la luz de la oficina.
—Mañana seguiré.
Caminó por el pasillo silencioso hacia el ascensor.
El edificio estaba prácticamente vacío.
Cuando el ascensor llegó al primer piso, Isabella salió al vestíbulo.
El guardia nocturno levantó la mirada desde su escritorio.
—Buenas noches, señorita Montesini.
—Buenas noches Don Pancho. Dijo ella.
Isabella salió del edificio.
La lluvia había aumentado un poco.
Abrió su paraguas y caminó hacia el estacionamiento cercano donde había dejado su automóvil.
La calle estaba casi desierta.
Solo se escuchaba el ruido lejano del tráfico.
Pero Isabella no sabía que alguien la observaba.
Un automóvil negro permanecía estacionado al otro lado de la calle.
Dentro había dos hombres mirándola.
—Es ella —dijo el conductor.
El hombre del asiento del pasajero asintió.
—Sí.
—¿Qué hacemos?
El pasajero miró por la ventana.
—Solo hablar. Por ahora.
El conductor sonrió ligeramente.
—Claro.
Isabella estaba a punto de abrir la puerta de su coche cuando escuchó una voz detrás de ella.
—Señorita Montesini. Que gusto verla.
Su cuerpo se tensó.
Giró lentamente.
Dos hombres se acercaban desde la acera.
Ambos vestían abrigos oscuros.
No parecían policías.
Pero tampoco parecían simples ciudadanos.
Isabella cerró lentamente su paraguas.
—¿Sí?
Uno de los hombres habló.
—Queríamos tener una pequeña charla con usted.
Isabella cruzó los brazos.
—Es un poco tarde para conversaciones, no le parece.
El segundo hombre sonrió de forma fría.
—Será rápido señorita, no se preocupe.
Isabella los observó con atención.
—Si están aquí por el caso de Valentino Rossi, deberían hablar con mi asistente y programar una cita.
El primer hombre soltó una pequeña risa.
—Sabíamos que sería directa.
El segundo hombre dio un paso más cerca.
—Le dijimos que dejara de investigar.
Isabella sintió un leve escalofrío.
—¿Entonces fueron ustedes quienes llamaron?
—Sí.
—Y ahora vinieron a repetir la advertencia.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Exacto.
Isabella respiró profundo.
—Lo siento, pero no trabajo con amenazas.
El segundo hombre la miró fijamente.
—No es una amenaza.
Hizo una pequeña pausa.
—Es un consejo. Debería apreciarlo y ponerlo en práctica, por su bien.
La lluvia caía más fuerte ahora.
Isabella sostuvo su mirada.
—No lo necesito.
El primer hombre suspiró.
—Señorita Montesini… usted es joven, exitosa y ciertamente muy inteligente.
—Gracias. Lo sé.
—Tiene un gran futuro por delante.
Isabella lo interrumpió.
—Entonces no entiendo por qué están perdiendo su tiempo conmigo.
El hombre dio otro paso adelante.
—Porque ese futuro podría terminar muy rápido si continúa con esta investigación.
El silencio se volvió pesado.
Isabella sintió su corazón latir con fuerza.
Pero no retrocedió.
—¿Trabajan para Marco Bianchi?
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
Eso fue suficiente respuesta.
Isabella levantó ligeramente una ceja.
—Eso pensé.
El segundo hombre habló con voz más seria.
—La muerte de Adrián Bianchi fue una tragedia.
—Para su familia, sobre todo para su padre.
—Y el culpable ya está en prisión.
Isabella negó lentamente con la cabeza.
—No.
El hombre frunció el ceño.
—¿Perdón?
—El culpable no está en prisión.
Los dos hombres permanecieron en silencio.
Isabella continuó:
—Valentino Rossi no disparó esa arma.
La tensión en el aire era evidente.
El primer hombre finalmente habló.
—¿Está segura de querer seguir diciendo eso?
Isabella sostuvo su mirada.
—Estoy segura de querer demostrarlo.
El segundo hombre suspiró.
—Entonces tendremos un problema muy serio.
Isabella abrió la puerta de su automóvil.
—Eso parece.
Antes de entrar, miró a ambos hombres.
—Pero les recomiendo algo, señores.
—¿Qué?
Isabella sonrió ligeramente.
—Consigan un mejor argumento, porque las amenazas no me asustan.
Cerró la puerta del coche.
Encendió el motor.
Los dos hombres la observaron mientras el vehículo se alejaba.
El primero habló.
—No parece asustada.
El segundo respondió con tono serio.
—Eso la hace más peligrosa.
Ambos regresaron al automóvil negro.
El conductor encendió el motor.
—¿Le decimos al jefe?
El hombre del asiento del pasajero miró por la ventana hacia la lluvia.
—Sí.
—¿Qué le diremos?
El hombre respondió con voz fría:
—Que la abogada no va a detenerse.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en la prisión Blackstone Prison, Valentino Rossi estaba sentado en su celda.
La noche era silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Salvatore Vitale estaba sentado en la cama inferior leyendo un viejo libro.
—Te ves pensativo —dijo sin levantar la mirada.
Valentino suspiró.
—Recibí una visita hoy.
Salvatore levantó los ojos.
—¿Familia?
—No.
—¿Entonces?
Valentino miró hacia el pequeño ventanal de la celda.
—Una abogada.
Salvatore cerró el libro lentamente.
—Eso es interesante.
—Quiere reabrir mi caso.
Salvatore lo observó en silencio.
—Eso es muy peligroso.
Valentino lo miró.
—¿Para mí?
El anciano negó con la cabeza.
—Para ella.
El silencio volvió a llenar la celda.
Valentino recordó el rostro decidido de Isabella al otro lado del vidrio.
—No parece alguien que se rinda fácilmente.
Salvatore soltó una pequeña risa.
—Eso significa que probablemente no sabe con quién está jugando.
Valentino se recostó contra la pared.
—Tal vez sí lo sabe.
Salvatore frunció el ceño.
—¿Y aun así quiere hacerlo?
Valentino asintió.
—Sí.
El anciano suspiró.
—Entonces esa mujer es más valiente… o más imprudente… de lo que imaginas.
Valentino miró el techo de la celda y penso. Aquella joven sabe más de lo que dice.
Si Isabella continuaba investigando…
no solo pondría en peligro su carrera.
También pondría su vida en riesgo.
Y en algún lugar, alguien poderoso ya estaba preparando el siguiente movimiento.
Porque cuando la verdad comienza a acercarse demasiado…
hay personas dispuestas a hacer cualquier cosa para enterrarla.