Cuando El Reino Colmillo y Sombra Era una de las Poderosas y temidas por su generaciones de Reyes Alfas , con la espera de un nuevo Rey, todo dio un gran giro al tener una Niña Alfa llamada Ema.
Su Poder estaba en juego como su corona, no la creían apta, su vida fue criticada y usada para benéfio de muchos enemigos al ser una niña dulce y vulnerable.
La tomaron de menos, cuando su tortura escalo hasta una noche donde su mejor amiga la mató en un intento de celos por un el amor del Alfa Lucas quien era el más poderosos y deseadas por todas. La manada fue tomada y traicionadan por su tio lleno de odio y envidia hacia el Rey, tomo el control, llevando a su hijo ser el nuevo Rey Alfa, dando una muerte terrorífica a su hermano y su familia
Pero la muerte es algo misteriosa, pues en el cuerpo de Ema recae el alma de una joven totalmente diferente al resto, una máquina mortal llamada Cecilia.
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Ema llegó corriendo a la academia con una hora de anticipación; se dirigió al baño para cambiarse y arreglarse un poco.
El uniforme consistía en una pollera roja y una remera blanca con el emblema del Rey Licántropo.
–No puede ser que no me entre… ¿Acaso se encoge cada vez que la uso? —renegaba con la prenda, que era corta y se le subía constantemente—. ¡Al carajo! Me pondré una calza debajo.
«Es por nuestro desarrollo físico, Ema. Tus intensos entrenamientos son muy exigentes; nuestro cuerpo se está preparando… también para el celo»
«Carajo… Tienes razón. Tendremos que tomar medidas para ese día; no pienso estar rodeada de lobos alborotados» —dijo, pero luego se miró al espejo reflexionando.
«No, Ema. Ni lo pienses: debemos hacerlo con nuestra pareja. Él será nuestro dueño en todo»
«Qué aguafiestas…» —rodó los ojos al salir.
«Sabes que es la verdad. Aunque suene tentador, no podemos»
«Lo sé, Bell. Pero debes olvidar eso por ahora; es un problema más de los que ya tenemos»
Ema conversaba con su loba en el pasillo cuando Samanta pasó cargando una bandeja de comida. La vio desprevenida y pensó en tirársela fingiendo un «accidente».
Paolo la divisó y se acercó directamente a saludar a Ema, pero notó la sonrisa maliciosa de Samanta y su movimiento de manos. Agarró a Ema y le puso el pie en el camino de Samanta, quien cayó de bruces con la bandeja y todo.
–¡Carajo!… —resopló Samanta—. ¡Ema! Lo hiciste a propósito.
Ema ni se había dado cuenta; solo miró a Paolo, quien la sostenía en sus brazos, y le sonrió.
–¿Estás bien?
–Sí, gracias… Creo que sí —miró la escena con indiferencia.
–¿Acaso no te das cuenta de que lo hizo a propósito? —gritó Samanta furiosa, haciendo que todos se volvieran a ver.
–Yo no hice nada… —dijo tranquila.
–¡Sí que lo hiciste! Me pusiste el pie y me caí. Eres cruel, Ema —fingió llorar.
«Ay no, ¡María Magdalena al ataque!»
«¿Por qué no la golpeas? Así lloraría con motivo»
–Yo te puse el pie, Samanta —dijo Paolo con firmeza.
–¿Qué…? ¿Por qué dices eso? No tiene que cargar con la culpa, Paolo —dijo haciéndose la víctima.
–Porque te vi a punto de tirarle la bandeja. No soy idiota, Samanta —frunció el ceño. Ema apretó los labios para no reír. «Vaya, que rudo… Eso me gustó»
«Hasta me dio ganas de que me gruña»
–¡No! Nunca haría algo así… —balbuceó Samanta nerviosa al ver las miradas reprobatorias de los demás.
–Yo también lo vi —dijo Lucas acercándose.
–¡Alfa Lucas! Yo no haría eso… Ema está mintiendo y Paolo la está cubriendo —estaba a punto de llorar.
–¡DEJA DE MENTIR! ¡TE VIMOS! ¿ME LLAMAS MENTIROSO? ¡LÁRGATE! —gritó Lucas enojado.
Ema apretó los labios contenida. «Uy, que duro… Me gustó ese enojo»
Samanta salió llorando tras aquel grito. Lucas soltó un suspiro cansado.
–¿De qué te ríes? —le preguntó a Ema.
–No… Nada, alfa —dijo como si fuera una soldado, riendo en silencio.
Lucas sonrió y todos se dirigieron al salón; el examen estaba a punto de comenzar.
Ema escribió una nota y se la tiró a Lucas: «Gracias, pero guarda ese enojo para los exámenes». Él se volvió y le sonrió.
Paolo empujó su silla al verlo y Ema le sacó la lengua; él le respondió tirándole un bollo de papel.
El maestro entró y dio inicio al examen. Solo con verlo ya le dolía la cabeza a Ema, pero respondió las 20 hojas sin problemas. La prueba duró seis horas y ya le dolía el trasero; se movía constantemente para evitar calambres.
Paolo la miraba de reojo, fijándose en sus muslos, mientras Lucas observaba sus labios, que se mordía cada tanto.
«Parece que esa es una costumbre tuya, niña»
Después de una hora más, finalizó. Entregaron sus hojas y Ema se fue directo al baño; al regresar, se dirigió al jardín para comer a la sombra.
Se estiró mientras se sobaba las nalgas.
«Seguro que se me marcó la pollera» —se quejó mirándose, pensando que no había nadie cerca.
–¿Qué haces? —dijo una voz gruesa detrás de ella.
–¡Deben dejar de aparecer así de la nada! Un día seguro estaré desnuda y les sacaré los ojos por eso —los retó.
«Estos idiotas me vieron todo el trasero»
Lucas y Paolo rieron; no les pareció mala la idea. Se sentaron a comer con ella.
–¿Y hoy saldrás con nosotros? Vamos a un bar nuevo —preguntó Paolo.
–¿El que está en Prado Dorado? —preguntó Ema. Paolo asintió.
–Sí… No tengo nada que hacer hoy. Después de todo, necesito descansar y refrescar mi vista con nuevos paisajes —dijo burlona.
Lucas y Paolo rodaron los ojos.
–Paso a buscarte… A las 8 —dijo Lucas—. Luego iremos por ti —miró a Paolo, quien frunció el ceño al ver que se le adelantaba.
–Bien… ¿Venden motos por ahí? Escuché que tienen unas excelentes —preguntó Ema.
–Sí… ¿Piensas comprar una? —preguntó Lucas, sorprendido al igual que Paolo.
–Sí… Me encantan. ¿Qué pasa? ¿Por esas miradas? —dijo levantando las cejas.
–Nada… Nada —dijeron los dos sonriendo.
–Eres toda una sorpresa, alfa… —dijo Paolo burlón. Ema hizo una mueca graciosa que los hizo reír.
...
Ema llegó al castillo y vio a Megan dormida en el sillón; le causó ternura. La cubrió con una manta y se fue a bañarse.
–Hija… ¿Cómo te fue? —preguntó su padre al verla bajar.
–Cansador, papa… Me siento hecha polvo. Hoy iré con unos amigos a un bar.
–Está bien… Solo cuídate, y no hagas nada que yo no haría —dijo mirándola con los ojos entrecerrados.
–Tranquilo, no creo que tú te atreverías a hacer algo loco tampoco, padre —dijo burlona.
–Yo también fui joven, cariño… —rió.
–Cierto… Ah, quiero comprarme una moto. Revisé las cuentas y están bien, así que… ¿qué opinas? —preguntó sonriendo.
–Cariño… No debes preguntarme; es tu dinero —siguió comiendo.
–Solo quería avisarte. Me voy a cambiar; Megan se quedó dormida. No quise molestarla, aunque pensé en llevarla conmigo. ¿Estudia mucho?
–Sí, desde que se levantó. Y en el entrenamiento le va muy bien… Está poniendo todo su esfuerzo; llegó rendida —rió.
–Ya veo… —sonrió—. Bien… Me arreglo —le dio un beso en la mejilla y subió a su habitación.
...
Después de unos minutos, se vistió con un top de encaje blanco delicado y un pantalón de vestir negro, se maquilló ligeramente y le dio onda a su cabello. Completó el atuendo con zapatos negros que combinaban con el pantalón.
Su padre fue a abrir la puerta y abrió los ojos al ver a Lucas.
–Tú debes ser el amigo —dijo con los brazos cruzados.
–Buenas noches, alfa Fernando… —comenzó a decir, pero se quedó absorto al ver a Ema bajar las escaleras.
«Qué hermosa»
–Hola. ¿Nos vamos? —lo miró con una sonrisa.
–Sí… Sí, claro —balbuceó volviendo en sí.
–Que te diviertas, cariño. No olvides usar las «llaves» que te enseñé —gritó Fernando antes de cerrar la puerta.
Lucas sintió un escalofrío y Ema sonrió al notar su gesto celoso.
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