Adara es hija del temido y respetado duque de Edimburgo.
En una visita al palacio queda perdidamente enamorada del príncipe heredero de Inglaterra, el joven Basil. Luego del asesinato de su padre ocurren varios sucesos que la llevan a separarse del hombre que ama. Pasados cuatro años, ellos se vuelven a encontrar, pero ella no lo recuerda ¿Podrá Basil ganar su corazón por segunda vez?
Una novela ambientada comienzos de la edad moderna, que lo tiene todo amor, odio, traición, y deseo.
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Capítulo IX - Agradable sorpresa
[Mensajero misterioso]
Por la mañana escuchó el bullicio de la mañana, Basil sintió pereza de levantarse, quería seguir repitiendo en sus sueños los pocos pero preciados momentos que había vivido con Adara. El príncipe como de costumbre tenía que ir a entrenar muy temprano con Albert, cuando se acordó de lo duro que solía ser Albert cuando llegaba tarde se levantó de un salto y se vistió rápidamente, luego se dirigió al comedor y desayunó con la reina Beatriz que ya había comenzado a comer el pastel de frutas que le habían servido.
- Su Majest... - La reina lo miró con disgusto\, así que recordó como le gustaba que se dirigiera a ella. - Madre buenos días\, hace tiempo que no podía compartir un desayuno acompañado de su agradable presencia ¿Qué tal ha dormido su majestad la reina? - Se sentó frente a ella. - ¿Mi padre si le deja dormir por las noches?
- Basil querido\, tú acostumbras a levantarte cuando ni siquiera el sol aparece en el horizonte\, yo si disfruto de descansar adecuadamente\, tal vez es por eso que no puedo desayunar con mi único hijo\, y... claro que duermo bien\, sino tal vez tuvieses un par de hermanos que pelearían contigo por el trono.
- Bueno madre no tienes que ser tan específica. Además\, debes saber que ni diez hijos podrían ganar en carisma a tu primogénito\, conmigo es más que suficiente\, puedes presumir de todas las habilidades de tu hijo. – Mencionó divertido Basil mientras tomaba sus cubiertos para desayunar.
- Eres como tu padre Basil\, él solía irritarme un poco con sus bromas\, y ahora tengo que soportar que mi hijo sea una versión mejorada de mi esposo. ¡Ay Beatriz\, debiste ser muy mala en tu vida pasada! – Le dijo con mucha seriedad la reina\, claro que por dentro moría de risa.
- Mala\, ja\, ja\, ja\, estás hiriendo los sentimientos de tu hijo... Madre ya sé de donde he sacado el buen sentido del humor.
- Come despacio Basil\, yo no te enseñé a comer con la boca llena\, eso solo lo hacen los muchachitos sin educación. - Basil estaba apresurado\, así que no solo asintió sin prestar mucha atención\, y siguió comiendo con prisa. - ¿Cómo van los entrenamientos con el general? Creo que tu padre también debe ir\, últimamente no lo veo en buena forma.
- Madreee\, no diga eso ¿Qué pensará la servidumbre si te escuchan? Ja\, ja\, ja aunque sin duda lo mejor sería ver el rostro de mi padre escuchando lo que dice su majestad... Ya imagino a la gente comentando que incluso la reina cree que el rey debe ejercitarse más seguido... Hablando del general\, voy tarde al entrenamiento\, ya he comido suficiente\, nos vemos más tarde su majestad. Agradece a la señora Bowen por la comida exquisita\, dile que no toquen los papeles de mi habitación cuando vayan a limpiarla\, ese desorden en mi escritorio tiene una razón de ser.
- Hombres\, hombres\, a penas probó bocado y ya se marcha. – Dijo la reina suspirando con pesar\, mientras Basil salía rápidamente del lugar. La señora Bowen era la nana de Basil\, una señora de avanzada edad que era como una segunda madre para el príncipe heredero. La mujer al ver a la reina decepcionada solo rio\, y ordenó que recojan los platos.
Basil llegó al campo de entrenamiento muy entusiasmado, ahí junto a Albert, Abel y Carlos, estos dos últimos, eran dos soldados de confianza del príncipe, acostumbraban a hacer tiro al arco, duelos con espada y otros ejercicios de adiestramiento bélico, para ese entonces ya era común que se manejen armas de fuego, pero en palacio todavía se aprendía a usar las armas tradicionales pues un buen soldado tenía que dominar todos los recursos usados en los enfrentamientos con enemigos.
Ese día en especial Basil se sentía inspirado, aunque aún no encontraba las palabras correctas antes de volver a buscar a Adara para pedirle disculpas estaba decidido a intentar conquistarla, y el solo hecho de no darse por vencido, le hacía sentir un ganador. Por supuesto él no sabía que en realidad ambos se encontraban en el mismo dilema, pensando el uno en el otro, sintiéndose culpables por hablar apresuradamente sin pensar con claridad sus sentimientos.
Abel y Carlos eran soldados muy cercanos al príncipe, prácticamente mejores amigos, ambos muy apuestos, crecieron junto a él en el palacio, sus padres también sirvieron en el ejército real por muchos años. Cuando iban juntos a cualquier parte robaban miradas de deseo entre las mujeres de la alta nobleza, pero la belleza no era su único atractivo, eran muy hábiles con la espada, y con todo tipo de armas, en el ejército los conocían porque ganaban todas las luchas cuerpo a cuerpo. Ambos eran los responsables de la seguridad del príncipe, por la misma razón entrenaban junto a él, y casi nunca se despegaban de su lado.
Esa mañana pasó muy rápido, todos terminaron agotados por el sol ardiente del día, el príncipe se despojó de su ropa sucia y se vistió de manera decente para regresar a palacio, cuando se disponía a retirarse del campo de entrenamiento Abel le informó que una persona trajo una carta y que el remitente pidió entregársela personalmente. A Basil no le gustó para nada la idea, pues era común que doncellas en su intento de acercarse a él le mandasen cartas por medio de algún sirviente del palacio, incluso pensó que podía ser una trampa, así que no prestó atención y siguió de largo.
Luego se fue a su habitación y tomó un baño en agua fría para atenuar el dolor muscular y la fatiga, luego se cambió de ropa. Aquella tarde llegaría el marqués Sigmound desde Bristol y él debía estar presente, pues seguramente traía noticias de las investigaciones realizadas por la muerte del duque de Edimburgo.
Cuando se veía en el espejo arreglando ciertos detalles de su vestimenta junto a su sirviente, por alguna razón comenzó a sentir curiosidad por la carta que le enviaron, así que mandó a llamar a Abel y le dijo que buscara al hombre que quería entregarle la carta personalmente, pues si era un trampa, una amenaza o algo parecido podrían atraparlo y hacerle hablar al instante, así lograría advertir a las personas que cometían tales actos y además salir de dudas sobre quién era el remitente del escrito.
Abel obedeció y fue en busca del hombre, este no se había movido del lugar, ya que en caso de no entregar el mensaje tendría que devolver el dinero que le pagaron por el recado.
- Usted. - Gritó Abel en la puerta\, el hombre se puso de pie\, y se señaló así mismo cuestionándose si era a él a quien llamaba el joven. - Sí\, usted\, venga conmigo\, el príncipe quiere reunirse con usted\, pero antes debe saber que si se trata de una farsa o algo fuera de la ley\, usted será enviado al calabozo. - Abel no se inmutó al decir eso\, el hombre sabía que el recado no era nada malo\, así que trató de tranquilizarse\, y esperó que el príncipe no se moleste con él.
A penas vio al príncipe, se tiró al suelo para mostrar sus respetos, a Basil le pareció divertida la reacción del hombre al verle, pensó que era algo exagerado, pero no dijo nada y con un gesto le ordenó que hablara. - Buenas tardes su majestad, su humilde servidor no ha venido a palacio con malas intenciones, me confiaron hacerle llegar esta carta que el remitente consideró de importancia para su excelencia príncipe Basil. – Dijo el hombre mientras le temblaban los pies, y mantenía su mirada abajo. Basil podía llegar a ser una persona temible por su apariencia imponente.
- Espere afuera\, Abel acompaña al hombre mientras yo leo el contenido de esta carta. – Mencionó Basil con una voz fuerte. Abel asintió y llevó al hombre al pasillo.
Basil esperaba lo peor de esa carta pero al abrirla y leer el remitente quedó sumido en la más grata de las sorpresas. Sintió que estaba soñando despierto, pero volvió a la realidad y era real, la carta era de Adara. Ni siquiera leyó el contenido, pero fue suficiente para se levantara de su sillón y pegara pequeños saltos de felicidad, dio vueltas por toda la habitación, no quería leer la carta, temía que haya algo malo en medio del pequeño texto escrito.
Luego de que dio tantas vueltas se volvió a sentar completamente ilusionado, y comenzó a leer cada palabra con una gran emoción. Al terminar no paraba de sonreír como un niño, cada palabra le pareció perfecta, con solo mirar la frase ‘me gustaría invitarle a la casa ducal a tomar té y aclarar el malentendido’ sintió su corazón saltar de alegría. Nunca se le pasó por la mente que Adara haría algo así, y lo peor de todo es que casi pierde la oportunidad de leer lo que le había escrito.
No era la carta más romántica del mundo, pero la sinceridad plasmada en cada palabra, y saber que la escribió ella llenó el alma de Basil haciendo que sintiera aún más interés en Adara, ya no importaba si ella le pedía cincuenta años para conocerse bien, solo quería ganar su confianza y hacerla feliz.
Basil le respondió a Adara confirmando su invitación, le manifestó que la visitaría ese mismo fin de semana. Después le entregó la carta al mensajero para que la llevara hasta la casa ducal. Abel se sorprendió por el cambio repentino de actitud del príncipe, y al saber que el escrito era para una mujer se sorprendió aún más.
¿Es amor o una simple ilusión lo que están viviendo Adara y Basil?