Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 9
El estudio parece haber explotado. No sé de dónde sacó tantas cosas esta mujer, pero hay telas colgando de sillas, revistas abiertas por el suelo, cajas de zapatos apiladas, bocetos de vestidos, muestras de encaje, listas escritas con distintas tintas y bandejas con aperitivos que no me atrevo a tocar.
Ana se mueve en medio del caos como una directora de orquesta desquiciada.
—Este tono marfil es demasiado apagado… tú necesitas algo que ilumine tu piel— Dice, acercando otra tela a mi hombro sin esperar permiso.
Asiento.
Eso es lo único que he hecho en horas. Asentir, sonreír y decir claro. Lo mejor, es que ella nisiquiera se ha dado cuenta de mi falta de interés.
Marcos desapareció apenas me dejó aquí. Se esfumó como si su papel en todo esto fuera solo entregar el paquete, el cual obviamente, soy yo.
Miro por la ventana. El cielo ya no es azul, se está tiñendo de naranja oscuro, casi violeta yme brinda una salida perfecta.
Me pongo de pie antes de que Ana pueda ponerme otra muestra de tela encima.
—Señora Ana, ya es tarde. Tendremos que continuar con los arreglos otro día.
Ella parpadea, como si no entendiera el concepto de “detenerse”.
—¿Tarde? ¡Pero si apenas estamos empezando con la lista de invitados del lado de mi familia!
—Puede reunirse con mi madre y presentarle todo lo que vimos el día de hoy— Añado rápido. —Ella sabe mucho más que yo sobre la organización de la boda.
Eso parece calmarl un poco, pero luego me toma del brazo.
—Podrías quedarte a dormir. Mañana seguimos con calma. Tengo tu habitacion lista.
La idea me oprime el pecho. ¿Dormir aquí? Encerrada en esta casa que no siento mía. Bajo este techo que solo me grita lo que tendré que soportar después de la boda.
Sonrío.
—De verdad lo siento, tengo cosas que atender en casa.
No espero otra respuesta.
Tomo mi bolso de la silla, esquivo una caja de zapatos y camino hacia la salida con pasos rápidos, lo suficiente para que no le de tiempo a alcanzarme.
Escucho su voz detrás.
—¡Olivia, querida, al menos cen...!—
La puerta principal se cierra a mi espalda.
El aire de afuera entra a mis pulmones como si hubiera estado bajo el agua todo el día. Salgo de la propiedad sin mirar atrás y completamente conciente de que tendré que caminar hasta salir de esta zona residencial privada y conseguir un taxi.
La reja de la mansión Ferrari se cierra a mi espalda con un sonido seco. Nadie me sigue y tampoco me detienen.
A nadie parece importarle cómo me voy. Marcos me trajo… y se esfumó.
Pero está bien, está más que perfecto. El que se haya largado me evita tener que soportar estar encerrada en con él en un auto.
Aprieto el bolso contra mi costado y empiezo a caminar. La zona residencial es silenciosa, ordenada, con calles amplias y farolas elegantes que iluminan fachadas enormes, ventanales brillantes y jardines que parecen peinados.
El aire está frío. Ese frío que avisa que el invierno ya viene en camino. Se mete por el escote de mi blusa, se cuela por la tela delgada y me eriza la piel.
Camino más rápido, porque necesito salir de esta zona privada para poder tomar un taxi. Aquí todo funciona con autos, choferes, seguridad. Nadie camina y la entrada a desconocidos es controlada.
Mi teléfono vibra y aprieto los labios. No quiero mirarlo.
Vuelve a vibrar una y otra vez. Lo saco del bolso casi con rabia. La pantalla se enciende y veo varios mensajes de él. De Alex.
Mi estómago se tensa de inmediato, como si su nombre tuviera peso propio. He intentado no pensar en él. No recordar el lago y no recordar su mirada. No recordar cómo mi cuerpo traicionó todo lo que mi cabeza gritaba.
Pero ahí está irrumpiendo otra vez. Como si tuviera derecho.
Me detengo bajo una farola. La luz amarilla cae sobre mis manos mientras sostengo el teléfono.
Hay demasiados mensajes.
"Olivia."
"Sé que estás leyendo todos y cada uno de mis mensajes."
Mi pulgar tiembla sobre la pantalla. El enojo me da el valor que me falta y escribo.
“Déjame en paz.”
Lo envío y tan solo pasan unos segundos cuando el teléfono vibra.
"Te ves hermosa cuando te enojas."
Se me forma un nudo en el estómago con lo que leo.
Otro mensaje entra y me quedó fría.
"Muero por romper esa hermosa blusa celeste."
El mundo parece estar ausente de sonido de pronto. Miro hacia abajo, analizando mi blusa celeste.
El aire se me queda atorado en la garganta. Levanto la vista de golpe, girando sobre mí misma. A la derecha, a la izquierda, detrás. Ventanas oscuras, rejas, jardines nada, pero es claro que alguien me está mirando.
Él me está mirando.
Empiezo a caminar con prisa. El teléfono vibra en mi mano otra vez.
"¿Por qué huyes de lo que tanto disfrutaste la otra noche?"
La boca se me seca cuando el recuerdo me golpea sin permiso. El agua, su voz...
Doblo una esquina, luego otra, tratando de alejar esos pensamientos que no me sirven de nada. Veo a lo lejos la salida principal de la zona y empiezo a sentir el alivio, pero entonces...
Un brazo rodea mi cintura y con una mano cubren mi boca.
El grito muere en mi garganta mientras me arrastran hacia los arbustos. Caemos entre ramas y hojas por el forcejeo y siento como mi corazón se estrella contra mis costillas.
Sigo pataleando hasta que logro darme la vuelta, abro los ojos con furia y lo veo
¡Es Alex!
Está encima de mí, respirando agitado y mirándome como si todo esto fuera inevitable.
Hace un gesto para que no grite y me quita la mano de la boca.
—¿Estás loco?— Mi voz sale temblorosa. —¡¿Qué te pasa?!
—Pasa que en lugar de contestar, decidiste correr— Dice bajo.
—¡Te dije que me dejaras en paz!
—No fue lo que aprecie en el lago.
El recuerdo me quema por dentro…El agua, su boca cerca de mi oído. Mis manos aferradas a su espalda.
Aprieto los dientes.
—Eso fue un error.
Él ladea apenas la cabeza. Su mirada baja un segundo a mi boca y vuelve a mis ojos.
—No parecías arrepentida cuando me mirabas.
Odio que tenga razón y que mi pulso vuelva a acelerarse.
Intento incorporarme, pero su mano se cierra alrededor de mi cintura, no violenta, pero sí firme.
—Suéltame.
—Si realmente quisieras que me fuera… no me estarías mirando así.
—No sabes nada de mí.
—Sé que vas a casarte con un hombre que es capaz de dejarte caminar sola y sin seguridad por las calles a esta hora.
Mi respiración se vuelve superficial.
—Eres un imbécil.
Una media sonrisa curva su boca.
—Y aun así, aquí me tienes. Sobre ti y completamente seguro de que te estás imaginando como voy a tomarte entre estas ramas.
Guardo silencio. No tengo un puto argumento para defenderme ante lo que acaba de decir. El mundo parece haberse reducido al espacio mínimo entre nuestros cuerpos. Hasta puedo oír mi propia sangre en los oídos.
—¿Por qué no dices nada?— Inquiere.
—Me asustaste…— Susurro, y esta vez es verdad.
Algo cambia en su expresión. No desaparece la intensidad, pero sí baja el filo.
—No era mi intención asustarte.
—Pues lo hiciste.
Sus dedos se aflojan apenas en mi cintura, como si me estuviera dando la opción de apartarlo y no se porque diantres no lo hago.
—Esto está mal— Murmuro, ahora sin poder dejar de mirar sus labios. Esos incitadores labios que devoraron mis pechos sin piedad en un lago.
—Lo sé.
—No voy a dejar que arruines mi vida, por cual sea el capricho que quieras satisfacer acosandome.
—No eres un capricho, Olivia— Su voz ya no provoca, afirma. —Tu eres una pura tentación.
Trago saliva. El aire entre nosotros se siente espeso.
—Tengo que irme— Le digo.
—Entonces vete— Me dice, pero no se mueve y yo tampoco.
El aire entre nosotros se vuelve espeso, caliente y peligroso. Mi espalda está contra las hojas frías, su cuerpo sobre el mío, con su creciente erección entre mis piernas.
Sus ojos bajan a mi boca. Los míos hacen el mismo recorrido a la suya.
Debería empujarlo, levantarme y odiarlo por empujarme a sentir estás sensaciones que me quitan el razonamiento, pero lo único que siento es esa tensión eléctrica que me aprieta el estómago y me arrastra hacia él como una corriente.
—Olivia…— Dice mi nombre despacio, entre la advertencia y el deseo mezclados.
Eso es lo que termina por arrojarme contra el muro. Antes de que pueda pensarlo, levanto apenas la cabeza y uno mis labios con los suyos.
El impacto es inmediato. No es un roce, es un choque de trenes descarrilados.
Su boca reacciona al instante, firme, hambrienta, como si hubiera estado esperando exactamente esto. Su mano se desliza en mi cintura, apretándome contra él, y un jadeo se me escapa directo en su boca.
¡Dios!
No hay boda, ni Marcos y mucho menos reglas. Solo su boca reclamando la mía y la forma en que mi cuerpo responde traicionándome sin vergüenza.
Lo beso con rabia, con frustración. Con todo lo que me he estado aguantando.
Él gruñe suave contra mis labios, y ese sonido me atraviesa como fuego líquido. Sus dedos se clavan un poco más en mi costado, no para hacer daño… sino como si necesitara asegurarse de que me tiene completamente anclada a él.
El aire empieza a faltar, pero ninguno se separa. Su erección amenaza con romper la tela de su pantalon en busca de alivio. Mis mejillas se acaloran, sus manos avanzan por debajo de mi blusa, son calidas y contrarrestan el frío implacable que ha surgido.
Estoy por dejarme perder en el extasis que me provoca este hombre, pero de pronto, me percató de donde estamos y el miedo de ser vista por alguien me azota.
Me aparto de pronto, respirando agitada. Lo miro y él me mira igual.
—¡Quitate, me quiero ir!— Digo sofocada.
Comienza a reir mientras se hace a un lado.
Me pongo de pie, acomodando y limpiando mi ropa. Tengo pequeñas ramas por todos lados, incluso en el cabello.
Perfecto. Digna, Olivia. Muy digna.
Siento su mirada sobre mí todo el tiempo. Levanto la vista y ahí está, de pie también, sonriendo como si estuviera presenciando el mejor espectáculo de su vida.
No le doy el gusto de decir nada. Me doy la vuelta y salgo de entre los arbustos, apartando las ramas con brusquedad. El aire frío de la calle me golpea la cara cuando regreso a la vereda, ya sin la protección que su cuerpo me daba.
Y entonces escucho sus pasos detrás de mí y como sigue riendo. Aprieto los dientes y continúo caminando, cada paso más rápido que el anterior, pero él no se queda atrás.
Me giro de golpe ya harta de la situación.
—Ya deja de seguirme. No te quiero por ahí merodeando mis movimientos. No sé qué clase de enfermo eres, pero será mejor que me dejes en paz antes de que me causes un problema.
Él ni siquiera se inmuta. Camina con las manos en los bolsillos, relajado, peligrosamente tranquilo.
—Soy la clase de enfermo al que le gusta pervertir a las señoritas educadas que fingen ser unas puritanas— Dice, ladeando la cabeza. —Y no, no te voy a dejar en paz.
Ruedo los ojos, furiosa conmigo misma por el calor que me sube al rostro y mejor sigo caminando.
La salida de la zona privada aparece al final de la calle… y justo cuando estamos por llegar, tres camionetas negras se detienen atravesadas a media camiono.
Freno en seco. Miro los vehículos y luego a él.
—¿Vas a secuestrarme o algo así?
Alex se encoge de hombros, como si estuviéramos hablando del clima.
—Algo así.
Camina directo hacia la camioneta del medio y abre la puerta trasera. Se sube con total naturalidad, mientras que yo lo observo sin poder moverme.
Él se inclina hacia afuera, con la puerta abierta.
—Vamos. No es la primera vez que te subes a un coche conmigo. Prometo no esquivar cualquier derechazo que quieras darme.
El comentario casi me hace reír. Casi. Me muerdo los labios para suprimir la sonrisa traicionera, resoplo, y con un último vistazo a la calle vacía…me subo al vehículo.
Ana Ferrari