Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 9: Vladimir.
La noche cayó. Anabel pasó el día entero sentada junto a la ventana, con la espalda recta y las manos quietas, repasando una y otra vez cada posibilidad. No había margen para el orgullo. Tampoco para la rabia abierta. Si quería avanzar, tenía que ceder. Al menos en apariencia.
Cuando escuchó los pasos de Arturo en el pasillo, no se movió. No fue una pose ensayada, era cansancio real. Él abrió la puerta sin llamar, como siempre.
—¿Ya aprendiste la lección? —preguntó, sin rodeos.
Anabel levantó la mirada despacio. Sus ojos estaban serenos, pero no sumisos.
—Sí —respondió.
Arturo la observó unos segundos más de lo necesario, como buscando una grieta, un temblor que confirmara su victoria.
—Me alegra oírlo.
Ella se puso de pie.
—Quiero pedirte algo.
Eso sí lo sorprendió.
—Habla.
—Necesito ocuparme en algo. Trabajar. Estar distraída. Prometo no volver a salir de casa sin permiso.
Arturo arqueó una ceja.
—¿Ahora quieres trabajar?
—Quiero ser útil —dijo ella—. Para ti.
El silencio volvió a tensarse. Arturo caminó hasta el escritorio, apoyó una mano sobre la madera.
—¿Y qué te hace pensar que confío en ti?
—Nada —respondió Anabel—. Pero sé leer, escribir, ordenar información.
Arturo la miró de frente por primera vez desde que entró.
—¿Aceptarías revisar informes?
—Sí.
—¿Hacer resúmenes?
—Sí.
—¿Trabajar bajo mi supervisión?
—Sí.
La respuesta fue inmediata. Eso le gustó.
—Bien —dijo al fin—. Revisarás documentos. Harás informes claros. Nada de opiniones.
Anabel asintió.
—Empiezo ahora mismo si quieres.
—No —dijo él—. Mañana.
Se dio media vuelta, pero antes de salir agregó:
—No trabajarás aquí. Irás al palacio. Allí estarás mejor vigilada.
Anabel bajó la cabeza apenas. Por dentro, sonrió.
Cuando Arturo cerró la puerta, Grecia apareció casi de inmediato. Había estado esperando.
—Madre —dijo, y la abrazó con fuerza.
Anabel cerró los ojos un segundo. Ese abrazo fue lo único que le permitió soltar el aire.
—Hice que te sacara —susurró Grecia—. No te preocupes.
Se limitó a apoyarse en su hombro.
—Mañana irás al palacio —dijo la joven—. ¿Eso es bueno?
—Para mí, sí.
Grecia dudó. Aún así calló.
Pasaron horas. Grecia se fue a su habitación entrada la noche. Anabel quedó sola, sentada en la cama, con un libro abierto que no estaba leyendo. Escuchó un ruido leve. Un roce. Luego otro.
Se levantó despacio.
El balcón estaba cerrado. O eso creía. El vidrio se movió apenas.
Anabel sintió un escalofrío.
—No puede ser —murmuró.
Nadie saltaría tres pisos. No había árboles. No había apoyo.
El seguro no estaba puesto.
La puerta se abrió con cuidado. Una figura entró sin hacer ruido.
Anabel dio un paso atrás. Luego lo reconoció.
—Vladimir…
Él estaba distinto. Sin la barba espesa. El rostro más visible y pulcro. El cabello limpio, suelto. La ropa era la misma que ella le había dado.
Se acercó sin decir nada. Alzó la mano y tocó su mejilla.
—¿Quién te hizo eso?
Anabel apartó el rostro.
—¿Cómo me encontraste?
—No importa —respondió él, con la voz tensa—. ¿Por eso no fuiste? ¿Quién te hizo eso?
Sus ojos cambiaron. Algo oscuro apareció en ellos. Sus uñas se afilaron con peligro. Extremadamente extraño.
—Vladimir —dijo ella, obviando todo lo que veía—. Vuelve.
Él no la escuchaba.
—Dime quién fue.
—Tengo que quedarme —insistió—. Es parte del plan. ¿Fuiste al pueblo?
Vladimir respiró hondo.
—Sí. Ya hice lo que dijiste. Pero tú no puedes quedarte aquí.
—Tengo que hacerlo.
—No —replicó—. Quien sea que te haga esto lo volverá hacer.
—Correré el riesgo.
Ella dio un paso hacia él.
—Vete. Estaré bien.
Desde abajo se escuchó una puerta cerrarse.
—¿Cómo nos comunicaremos? —preguntó Vladimir, bajando la voz.
—Por ahora no podré salir —dijo ella—. Y si lo hago, será acompañada.
Él miró alrededor. La cama. Una almohada. Ropa de mujer.
—Vendré cada noche —dijo—. Duermes sola.
Anabel no lo negó.
—Sigue ayudando a los pueblos —dijo ella—. Yo haré lo mismo aquí. Desde adentro del palacio.
Vladimir asintió lentamente. Volvió a tocarle la mejilla.
—Puedo ser el villano de una historia mal contada —dijo—. Pero jamás lastimaría a una mujer. Haré pagar al que hizo esto.
Se retiró sin despedirse. Desapareció por el balcón.
Minutos después, la puerta se abrió.
Arturo entró. Anabel estaba sentada, con el libro en las manos.
—¿Qué fue ese ruido? —preguntó.
—No escuché nada —respondió ella.
Arturo caminó hasta el balcón. Miró afuera. Cerró el vidrio.
—Anda a dormir—dijo—. Mañana será un día largo.
Salió.
Anabel cerró el libro. Miró la ventana cerrada. Y sonrió apenas.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí