Abril sabe lo que es amar hasta perderse a sí misma.
Cuando acepta un trabajo inesperado, jamás imagina que la llevará a conocer a Darío, un hombre atrapado en una relación donde los celos, el control y la manipulación se confunden con amor.
Él cree que su pareja lo cuida. Ella sabe que lo está destruyendo.
Mientras Abril intenta ayudarlo a abrir los ojos, se ve envuelta en un triángulo peligroso donde los sentimientos reales chocan con secretos, mentiras y decisiones que pueden romperlo todo.
¿Es posible amar sin dolor cuando el pasado aún sangra?
¿O algunas personas están destinadas a perderse antes de encontrarse?
Corazones en Juego es una historia intensa sobre relaciones tóxicas, segundas oportunidades y el valor de elegir un amor que no duela.
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Capítulo 9: El silencio también es una forma de violencia
Darío empezó a desaparecer sin darse cuenta. No fue una decisión consciente, ni un acto de rebeldía repentino. Simplemente dejó de estar. Primero fueron los mensajes sin responder, luego las invitaciones que postergaba con excusas vagas, después las llamadas que veía vibrar en el teléfono sin atreverse a contestar. El mundo se volvió más pequeño, más silencioso, más fácil de controlar.
Camila notó ese aislamiento con una mezcla de satisfacción y urgencia. Por un lado, Darío estaba cada vez más solo, más dependiente del espacio que compartían. Por otro, ese silencio también significaba que algo se estaba rompiendo por dentro, y eso podía volverse impredecible.
—No has hablado con nadie en todo el día —comentó una noche, sentada frente a él—. Eso no es sano.
Darío levantó la vista del plato.
—Tampoco lo es revisar mi vida como si fuera un informe.
Camila apretó los labios.
—Me preocupo por ti.
—Te preocupas por controlarlo todo —respondió él, con voz cansada—. No es lo mismo.
El cubierto de Camila chocó contra el plato con un sonido seco.
—Desde que apareció esa mujer, ya no sabes ni lo que dices.
Darío sintió cómo algo se cerraba en su pecho.
—No hables así de ella.
El silencio que siguió fue peligroso. Camila lo observó con atención, midiendo cada gesto, cada respiración.
—Así que ya la defiendes —dijo al fin—. Qué rápido cambiaste.
Darío se levantó de la mesa.
—No estoy cambiando. Estoy despertando.
Esa palabra quedó suspendida en el aire como una provocación. Camila no gritó. No lloró. No hizo una escena. Simplemente sonrió.
—Ten cuidado con lo que despiertas —susurró—. No todo el mundo sobrevive a eso.
Esa noche, Darío durmió en el sillón. No porque Camila se lo pidiera, sino porque no soportó la sensación de estar vigilado incluso en la cama. Miró el techo durante horas, repasando conversaciones, gestos, frases que antes había normalizado. Por primera vez, empezó a preguntarse cuándo había dejado de sentirse seguro.
A la mañana siguiente, decidió no ir al trabajo. Envió un mensaje corto, apagó el teléfono y salió a caminar sin rumbo. Necesitaba silencio, pero uno distinto. No el impuesto, sino el elegido.
Caminó durante horas hasta que terminó sentado en un banco del parque donde había hablado con Abril días atrás. La recordó con una claridad incómoda: su forma de escuchar sin interrumpir, de no imponer conclusiones, de dejar espacios. Eso era lo que más le dolía. No lo empujaba a nada, y aun así lo estaba moviendo todo.
Sacó el teléfono y dudó antes de escribir.
—“Me estoy quedando solo.”
La respuesta no tardó.
—“Eso pasa cuando te aíslas para sobrevivir.”
Darío tragó saliva.
—“No sé cómo volver.”
—“No tienes que volver a donde te perdiste” —respondió Abril—. “Solo tienes que avanzar.”
Mientras tanto, Camila no había perdido el tiempo. El silencio de Darío no la tranquilizaba; la alertaba. Decidió cruzar un límite que hasta entonces había evitado.
Buscó a uno de los antiguos amigos de Darío. Se presentó como su pareja preocupada, habló de estrés, de confusión, de malas influencias.
—Últimamente no está bien —dijo con voz suave—. Me preocupa que alguien lo esté alejando de quienes lo quieren.
Las palabras eran precisas, calculadas. Y funcionaron.
Esa misma tarde, Darío recibió mensajes de personas con las que no hablaba hacía meses. Todos decían lo mismo, con diferentes palabras: “Estamos preocupados”, “Te noto raro”, “No dejes que otros te confundan”.
El estómago se le revolvió.
—Esto no es casualidad —murmuró.
Escribió a Abril con urgencia.
—“Camila habló con gente de mi pasado.”
Abril sintió un escalofrío al leerlo.
—“Eso es cruzar una línea.”
—“Empiezo a sentir miedo.”
Abril cerró los ojos. Ese miedo lo conocía bien.
—“El miedo aparece cuando el control se intensifica” —respondió—. “No estás exagerando.”
Esa noche, Camila lo esperaba sentada en la sala, con el teléfono de él sobre la mesa.
—Tus amigos me escribieron —dijo Darío apenas entró—. ¿Qué hiciste?
Camila no se movió.
—Les pedí ayuda. ¿Eso está mal?
—Sí —respondió él—. Porque no te lo pedí.
Camila se levantó lentamente.
—Si no lo hice yo, nadie lo iba a hacer. Tú no sabes cuidarte solo.
Darío sintió que el aire le faltaba.
—Eso no es amor.
Camila lo miró con frialdad.
—El amor no siempre es cómodo.
—Pero tampoco debería doler así —dijo él.
Por primera vez, Camila perdió la compostura.
—Todo lo que soy lo hice por ti —espetó—. Y ahora me tratas como una enemiga.
Darío negó con la cabeza.
—No eres mi enemiga. Pero tampoco eres mi refugio.
Esa frase lo cambió todo.
Camila guardó silencio. Su mirada se volvió dura, calculadora.
—Si sigues por este camino —dijo al fin—, te vas a quedar solo.
Darío pensó en el parque, en el banco vacío, en el mensaje de Abril.
—Ya me sentía solo contigo —respondió.
El golpe fue certero.
Camila se dio la vuelta sin decir nada más. Pero dentro de ella, algo se reorganizaba. El control abierto había fallado. Ahora necesitaba algo más sutil. Más profundo.
Mientras tanto, Abril caminaba de un lado a otro en su departamento, consciente de que el aislamiento de Darío había entrado en una fase peligrosa. Ya no era solo emocional; era social. Y eso podía quebrarlo… o empujarlo a tomar decisiones irreversibles.
Victoria, al leer los últimos mensajes, sintió por primera vez un miedo real.
—“Esto ya no es solo observación” —escribió—. “Esto es una guerra emocional.”
Abril respondió con firmeza.
—“Y Darío está en el medio.”
Esa noche, Darío volvió a dormir en el sillón. Pero esta vez no miró el techo sin pensar. Pensó demasiado. Pensó en quién era antes, en quién se había convertido, y en quién quería ser si lograba salir de ahí.
El silencio lo envolvía.
Y entendió algo con una claridad dolorosa:
A veces, el silencio no es paz.
A veces, es solo otra forma de violencia.
pero más gracias por una historia muy diferente...
definitivamente cuando la obsesión y los celos te nublan el juicio te vuelves peligroso porque no entiendes de razones...
no va a dejarlo tan fácil
si vuelve siempre fue para ti, si no nunca lo fue...
Camila en verdad tiene serios problemas