Elena yacía en el asfalto, envuelta en su propia sangre, preguntándose cómo el amor de su vida, su hermana y su mejor amiga habían terminado convirtiéndose en sus verdugos. Diez años de matrimonio, confidencias y promesas rotas se desvanecían en un segundo de traición absoluta.
Pero la muerte no fue el final.
Un parpadeo, un susurro de deseo no pronunciado, y el tiempo retrocedió. Diez años exactos. El mismo día, la misma decisión fatal que lo cambió todo. Ahora Elena despierta con el sabor metálico del miedo en la boca y un fuego frío en las venas: sabe lo que viene. Sabe quiénes son en realidad.
Esta vez, no será la víctima.
Una mujer traicionada, un plan imposible, y una fortuna que todos quieren.
¿Hasta dónde llegará Elena para evitar que la historia se repita?
¿Y qué precio pagará por jugar con el destino?
HASTA QUE EL DIVORCIO NOS SEPARE
Porque algunas segundas oportunidades no son un regalo… son una guerra.
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Regalo de Aniversario
La llamada virtual se programó para dos días después, una reunión en Zoom que Marcos había aceptado con entusiasmo sospechoso, creyendo probablemente que su propuesta por correo había picado el anzuelo lo suficiente como para avanzar sin riesgos. Yo me preparé en mi oficina privada del piso 42, con la pantalla principal mostrando la interfaz de la videollamada y dos monitores secundarios abiertos con los informes de mis investigadores: capturas de sus cuentas offshore, transacciones recientes que financiaban su estilo de vida con Sofía, y un timeline detallado de cómo planeaba usar mi compañía como puente para diluir el control de Elena una vez que obtuviera acciones significativas.
Laura estaba a mi lado, fuera de cámara, lista para intervenir con "preguntas técnicas" que yo le había indicado, y el equipo de seguridad cibernética monitoreaba la conexión para grabar todo sin que él lo supiera. Cuando la hora llegó, la pantalla se iluminó con el rostro de Marcos Vidal: guapo de esa manera superficial que atraía a primeras impresiones, con el cabello perfectamente peinado y una sonrisa confiada que no ocultaba del todo el nerviosismo en sus ojos. No me conocía en persona, ventaja enorme; no podía leer mi lenguaje corporal más allá de lo que yo decidiera mostrar, y yo me presenté con la cámara centrada en mi rostro y hombros, la camisa negra ajustada marcando mi físico entrenado lo justo para proyectar autoridad sin esfuerzo.
—Señor Castillo, es un placer finalmente conectar—, empezó él con ese tono encantador que seguramente usaba en todas sus negociaciones, inclinándose hacia la cámara como si quisiera establecer rapport inmediato. —Agradezco que haya considerado mi propuesta tan rápidamente. Creo que esta cooperación puede ser transformadora para ambos.
Yo asentí con una sonrisa medida, recostándome en la silla de cuero para proyectar calma absoluta, con mis brazos cruzados sobre el pecho de forma que la cámara captara la tensión de los músculos bajo la tela, un recordatorio sutil de que no era un hombre al que se manipulaba fácilmente.
—El placer es mío, Vidal. Su oferta es... ambiciosa. Acceso a mis proyectos europeos a cambio de acciones en Castillo & Asociados. Dígame más sobre cómo ve esta 'estabilización' que menciona para su empresa.
Lo dejé hablar, observándolo con atención mientras desplegaba su discurso preparado: sinergias, expansión conjunta, beneficios mutuos, todo envuelto en cifras infladas y promesas vagas. Pero entre líneas, dejaba caer pistas: menciones casuales a "desafíos internos" en Vidal Enterprises, "necesidad de liquidez rápida" y "proteger activos familiares ante cambios personales". Laura intervino en el momento exacto, como ensayamos:
—Señor Vidal, para avanzar, necesitaríamos una auditoría preliminar de sus cuentas actuales. ¿Podría compartir un resumen financiero reciente?—Marcos vaciló un segundo, su sonrisa titubeando antes de recuperarse con una excusa sobre "confidencialidad" y "próximos pasos".
Yo tomé el control entonces, inclinándome adelante con la voz baja y precisa. —Entiendo la cautela, pero en Castillo & Asociados no invertimos a ciegas. Si quiere acciones mías, yo quiero transparencia total. Envíe los estados financieros completos de los últimos tres años, incluyendo subsidiarias y cuentas personales relevantes, ya que menciona 'cambios familiares'. De lo contrario, esto no avanza.
Vi cómo tragaba saliva, su confianza resquebrajándose mientras inventaba una respuesta sobre "preparar la documentación". Era exactamente lo que quería: presión que lo obligara a cometer errores, a revelar más en correos subsiguientes o a retrasarse lo suficiente para que nuestras filtraciones a la prensa ganaran terreno. Colgamos tras media hora, con él prometiendo "enviar todo pronto" y yo fingiendo entusiasmo moderado, pero en cuanto la pantalla se apagó, Laura y yo intercambiamos una mirada cómplice.
—Lo tienes nervioso—, dijo ella, y yo asentí, levantándome para acercarme a la ventana, la ciudad de abajo como un tablero donde acababa de mover una pieza clave.
Inmediatamente, activé el plan que había trazado en mi mente durante la llamada: ordené a mi equipo cibernético monitorear cualquier comunicación suya post-reunión —ya teníamos acceso parcial a sus correos a través de métodos discretos—, y a los investigadores acelerar la conexión entre sus "préstamos dudosos" y posibles prestamistas que podrían testificar en un juicio por fraude. Esto era oro puro: su intento de infiltrarse en mi compañía se convertiría en evidencia adicional de dolo conyugal para el divorcio de Elena, algo que mis abogados podían usar para argumentar que buscaba despojarla de su patrimonio usando terceros.
Llamé a Elena esa misma tarde, su voz al otro lado de la línea era calmada pero con ese matiz de anticipación que me aceleraba el pulso.
—Marcos mordió el anzuelo—, le dije sin preámbulos, detallándole la llamada y mi contraataque. Hubo un silencio breve, y luego su risa baja, genuina, que me hizo imaginar su sonrisa al otro lado.
—Eres peligroso, Evans. Me gusta.
Colgamos con la promesa de vernos esa noche en mi penthouse para revisar las grabaciones, y yo me quedé allí, en la oficina ahora vacía, con una sonrisa que era puro deleite sádico al pensar en cómo Marcos, sin conocerme en persona, había subestimado al tiburón que acababa de invitar a sus aguas.
Los días siguientes confirmaron que había calculado bien: Marcos envió documentos parciales, llenos de omisiones que mis analistas desmontaron en horas, y en paralelo empezó a presionar a socios comunes con rumores sobre mi "falta de cooperación", un movimiento desesperado que solo aisló más su posición. Nuestras filtraciones anónimas a la prensa comenzaron a surtir efecto —artículos sutiles sobre "inestabilidad directiva" en Vidal Enterprises—, y Sofía, según los informes, estaba cada vez más histérica, exigiendo a Marcos "soluciones rápidas".
Quedaban menos de dos semanas para el aniversario, y esta oportunidad que él mismo me había servido en bandeja aceleraba todo: su ruina sería más profunda, más pública, y el regalo que les preparaba —su destrucción total ante los ojos de la élite empresarial— sería aún más exquisito. Me recosté en la silla, mirando la ciudad con esa sonrisa lasciva y cruel que reservaba para victorias como esta, imaginando ya la cara de Marcos cuando, en la fiesta, descubriera que su "acuerdo" con el desconocido Evans Castillo había sido el clavo final en su ataúd. El incendio estaba tomando forma, y yo disfrutaba cada chispa.
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