Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.
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El Hombre Sin Ojos. Pt8.
Me saca del oscuro pensar el sonido de mi teléfono, lo tomo y veo la pantalla.
Un mensaje de Héctor, dice: “Ya me llegó el permiso. El teniente se encargó, te espero en la sucursal de Slim”.
Bien, si ya tenemos el permiso podremos ir directamente sin problemas…
Me levanto de la silla. Me coloco mis zapatos negros manchados con tierra, —hace meses que no los lustro—, enfundo la Glock y me guardo los cigarrillos.
Camino directo a la puerta, descuelgo mi abrigo negro de su lugar habitual en el perchero. Me lo coloco con desagrado mientras guardo la libreta de sueño en su bolsillo interior.
Salgo del departamento, bajo rápidamente las escaleras hasta llegar al vestíbulo. Levanto la mano en señal de saludo al chico que aún está en recepción. Sigue aquí desde la noche anterior, su cara está agotada. Pero sabe qué no puede dormir o Maik le dará una golpiza.
—¿Y Maik? —le pregunto.
—No volvió anoche, señor —responde, agotado.
Asiento sin decir nada más y sigo mi camino.
Salgo del edificio. El distrito huele a sol y frío. La luz de la mañana me quema las pupilas. Camino directo al coche. Aún sigue donde lo dejé anoche.
Entro en él y enciendo el motor, su rugido me calma. El tablero marca las 08:13 a.m.
Acelero. Manejo sin mirar otra cosa, nada más que el Norte en el cofre del coche. Cuatro Leguas se despierta, algunos vagos se intentan esconder al ver mi coche pasar. Yo solo disfruto de la vibración que genera el motor con su rugir.
El GPS me indica el lugar que Héctor me envió, así que solo lo sigo. Conduzco viendo al distrito Sur despertar una vez más. El sol de la mañana comienza a evaporar la humedad del frio pavimento. Los residentes salen de sus hogares dispuestos a enfrentar otro día en esta desolada ciudad.
El control fronterizo aparece unos minutos después: una barrera de acero y concreto, cubierta de máquinas de escaneo, grafitis de pandillas y hombres armados.
Al llegar. Coloco mi placa sobre el escáner. La máquina parpadea, analiza, y tras unos segundos proyecta una luz verde:
Los guardias comienzan a moverse hacia el coche, pero no les doy tiempo. Acelero. El motor gruñe y dejo atrás la barrera antes de que puedan abrir la boca.
Al entrar al distrito Norte, lo noto de inmediato. El cambio abrupto que se siente cuando pasas de este lado.
Las calles se ven más limpias, con menos vagos y nada de pandilleros en las calles. Pero lo sé bien, solo es una máscara intentando ocultar lo perverso que es este lugar y los criminales que lo controlan.
Al pasar las calles, más y más estúpidos con trajes negros y detalles rojos inundan las calles y las entradas de los negocios, símbolos discretos de la familia Linova. Solo me miran fijamente pasar, hago rugir al Mustang a toda velocidad entre los demás autos en la avenida.
Tras una hora. Al llegar. Diviso el edificio de la empresa dónde trabajó Slim. Es un edificio viejo, unos cinco pisos, con una pésima capa de pintura blanca sobre sus gastados muros. Tiene un enorme letrero sobre la entrada en letras de neón rojo. Las letras palpitan como una mala conexión: “Inversiones Liv”.
Me detengo junto a la entrada. Veo la motocicleta de Héctor, esta estacionada justo en frente de mí. Ya llegó, pero no lo veo por ningún lugar.
Apago el Mustang y salgo de él. El sol de la mañana me sigue quemando las pupilas. Meto la mano en el bolsillo de mi abrigo y saco mis viejos lentes oscuros —un regalo que me dio la madre de Héctor—. Me los coloco, intentando detener el dolor que aún siento en los párpados. El mundo se vuelve más tolerable tras el cristal negro.
Camino directo a la entrada. Miro dentro del edificio. Dentro, oficinistas caminan de un lado a otro, como maquinas sin alma. Al fondo del lobby, veo el mesón de recepción. Héctor está apoyado en él, sonríe como un idiota, la chica sentada tras el mesón no deja de reír y sonreírle, —Obviamente está ligando con ella—, este idiota no tiene remedio.
Abro la puerta y le silbo. Él se voltea y me mira sonriendo con su cara de ganador. Con la mano izquierda me hace una seña para que me acerque a él. Camino directo al mesón. Guardo mis manos en los bolsillos.
Solo me mira con una sonrisa y suelta…
—Hola hermano, ya tengo la orden lista para el registro de la oficina.
De que habla, no pedimos una orden de registro, solo de ingreso al distrito…
Él me sonríe con complicidad y alza un papel que sostiene en la mano.
Ya veo. Héctor falsificó una orden de registro, —es bueno con esas cosas—, solo me sonríe con cara de idiota. Se encoge de hombros y me extiende el documento.
Lo observo. El sello es bueno, casi perfecto.
—La orden… tiene mi firma…
—Soy un artista —responde, sonriendo.
No digo nada. A veces la ley necesita una firma fantasma para funcionar.
Nos despegamos de la recepción y Héctor le guiña él ojo a la chica, ella se ríe de manera coqueta, sin dejar de verlo a los ojos. Este idiota no pierde el tiempo, así como si nada, de seguro la chica ni siquiera revisó el papel. Él ya sabía que necesitaríamos una orden de registro para entrar a la oficina. Siempre dos pasos delante de todos.
Caminamos directo a las escaleras, solo sigo a Héctor mirando a los demás oficinistas en el lugar. Nos miran con disgusto, es como si no quisieran que encontremos algo. En cada descanso noto las miradas clavadas en nuestras espaldas. Aquí todos saben quién manda, y no son precisamente los policías.
Al terminar de subir las escaleras al segundo piso, Héctor se detiene junto a una puerta del lado izquierdo, madera vieja y gastada sellan la oficina como una bóveda. La malgastada puerta, en medio, tiene una placa de metal casi nueva: “Of. Mat Slim - Sub. Director”.
Héctor abre la puerta y entramos. Dentro de la oficina de Slim, el aroma me golpea de inmediato; huele a papel y tinta vieja. Su oficina se siente triste y desesperada….