Ricco Salvatore nació en la cima de la cadena.
Heredero de una de las familias más temidas de España, lleva el caos en la sangre y el peligro en la sombra de cada paso.
Pero el día en que una joven empleada doméstica se desmaya en el baby shower de su cuñada, revelando un mundo de agresiones escondidas bajo maquillaje y silencio… Ricco ve algo para lo cual ningún imperio lo había preparado:
Vulnerabilidad. Pureza. Y un valor silencioso.
Ana Lua, criada en la periferia, lo perdió todo; los padres huyeron a México, el hermano la odia y la maltrata, y el novio se volvió cómplice del dolor.
Ricco la salva una vez. Luego, otra.
Y cuando empieza a descubrir su pasado, intenta impedir que sufra, mientras ella trata de empezar de nuevo. Entonces se da cuenta de que la cercanía y la protección pueden ser tan peligrosas como los golpes que recibía.
Porque Ricco Salvatore no sabe jugar.
Él cuida. Él protege.
Y cuando ama, es hasta el final, o hasta la destrucción.
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Capítulo 9
Aquella noche… viví algo extraordinario.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien estaba ahí por mí. No por obligación. No por interés. Sino por alguna razón que yo aún no entendía, y tal vez ni él. Ricco simplemente se quedó.
Yo estaba sentada en su sala, las manos entrelazadas en el regazo, observando todo en silencio. La casa era linda, elegante sin ser fría. Los muebles tenían ese aire de lujo contenido, como si cada pieza hubiera sido elegida con calma, con criterio. Había cuadros abstractos en las paredes, una chimenea apagada y, por todas partes, esa aura de protección silenciosa. Como si el lugar dijera: “aquí, nada te lastima.”
Y él ahí. Misterioso, firme, atento. De vez en cuando pasaba por mí sin hacer alarde, solo para verificar si yo aún estaba cómoda. Puso una playlist calma, trajo una manta, como si supiera que mi cuerpo aún temblaba incluso cuando yo decía que no.
Nos sentamos a la mesa con la cena simple, pero caliente. Y él, como si hubiera esperado el momento correcto, me miró levemente y preguntó:
— ¿Está todo bien?
Lo dudé. Pero respondí:
— Estoy… estoy intentando estarlo. — sonreí de lado, medio tímida. — Aún nerviosa. Aún con miedo, creo.
Él asintió, como si entendiera.
— Estás segura ahora.
— Lo sé… es solo que… — respiré hondo, sintiendo la garganta cerrarse — …extraño a mis padres. Ni siquiera sé si están vivos. Si saben que yo estoy viva. A veces creo que fui olvidada por todo el mundo.
Él no me interrumpió. Solo me escuchó. Y en el silencio de él, yo me sentí… escuchada.
— El mundo no fue justo contigo, Ana Lua. Pero eso cambia ahora — él dijo, firme, casi en un susurro grave. — Yo prometo, y basta que me digas los nombres, yo los buscaré, traeré las respuestas que necesitas.
Cerré los ojos por un momento. Solo para intentar grabar aquella frase dentro de mí.
Fuimos a la sala. Me acurruqué en el sofá, con la manta que él dejó. El té ya frío al lado. La música suave sonando. Poco a poco, mis ojos comenzaron a pesar. El cuerpo se relajó. Yo casi dormía ahí, cuando oí el celular de él vibrar.
Él atendió con la voz baja. Rió levemente. Después agradeció y colgó.
Volvió para la sala y se agachó cerca de mí, en el suelo, con aquella sonrisa discreta que él raramente mostraba.
— ¿Quieres conocer tu casa nueva?
Yo parpadeé, aún entre el sueño y la sorpresa.
— ¿Ahora?
— Ahora. — él respondió.
— ¿Está lista? — cuestioné pensando que fue todo muy rápido.
— Del modo que te mereces.
Mi corazón dio un salto extraño. Miedo. Ansiedad. Pero también… esperanza.
Asentí con una leve sonrisa.
Y en aquel momento, sin que él necesitara decir nada más, yo supe: la vida estaba cambiando. El dolor aún moraba en mí, pero por primera vez… ella no era la única cosa allá dentro.
Salimos de casa y seguimos en coche, él se deslizó por la ciudad silenciosa, y a cada kilómetro recorrido, mi corazón latía más rápido.
Yo no tenía idea de dónde estaba yendo, y aún así, sentía que estaba yendo para algún lugar que sería mío por primera vez, aunque no lo fuera.
Cuando el coche paró, erguí los ojos y... me quedé sin aire.
Era un edificio alto, moderno, con ventanas espejadas y una entrada imponente, iluminada por luces elegantes. Había moradores entrando y saliendo, parejas, jóvenes con mochilas, niños durmiendo en los hombros de los padres. Una vida común. Familiar. Pero para mí… aquello era otro universo.
— ¿Quién vive aquí? — pregunté, sin conseguir esconder el encanto.
Ricco sonrió levemente.
— Familias comunes. Gente que trabaja, estudia, vive. Aquí vas a poder quedarte tranquila.
Entramos por la portería, y los guardias lo cumplimentaron con respeto. Él los conocía por el nombre. Y eso me dio una sensación extraña de seguridad, como si él hubiera cercado aquel lugar con la propia confianza de él.
El ascensor subió en silencio hasta el décimo segundo piso. Cuando la puerta se abrió, entramos en un pasillo claro y silencioso. Él caminó hasta una de las puertas y paró delante de ella.
— Cerradura con biometría. — apuntó. — Voy a registrar la tuya y la mía, ¿todo bien?
Asentí. Era todo nuevo de más, pero yo confiaba en él.
Él pasó mi dedo sobre el lector y, segundos después, la puerta se abrió.
Yo entré despacio. Como si estuviera invadiendo un mundo que no me pertenecía.
Pero pertenecía.
El apartamento era lindo. Aireado, con una pared entera de vidrio que daba vista para la ciudad entera. La cocina estaba integrada a la sala, con muebles modernos, una cafetera que parecía salida de película, luces amarillas y cuadros discretos en las paredes.
Toqué el sofá con los dedos. Abrí una de las puertas y vi el cuarto: una cama blanda, sábanas claras, un closet vacío esperando por mí. En el baño, toallas dobladas, jabones nuevos, flores frescas en un jarrón.
— ¿Todo esto… es mismo para mí? — susurré.
Ricco asintió con la cabeza.
— Te vas a quedar aquí por un tiempo. Para respirar. Relajar. Disfrutarte un poco.
Me giré para él, con los ojos aún vidriosos.
— ¿Y después?
— Después… vamos a conversar. Ver opciones de cursos, facultades, si quieres estudiar. Te muestro con calma, sin presión. — Él abrió un cajón discreto en la bancada y colocó un sobre. — Aquí tienes dinero para que te las arregles en los primeros días, usa como quieras, traeré más después. Los mercados más cercanos quedan en esta calle y en la próxima cuadra — apuntó por la ventana. — Cualquier duda, me llamas. Y si prefieres, puedo dejar un guardia para que te ayude en las vueltas…
— ¡No! — me apresuré. — No es necesario. Ya me has ayudado mucho. Ahora... ahora quiero intentar vivir como una persona normal. Solo eso.
Él me miró con aquella mirada seria, intensa, pero con un brillo gentil escondido ahí.
— Te mereces eso. Mereces el doble de eso, en verdad.
— Ya es más de lo que soñé tener.
Nos quedamos en silencio por un instante. Y fue bonito. Tranquilo.
Él caminó hasta la puerta, a punto de salir, pero antes de ir, me dijo:
— Vuelvo luego. Y la próxima vez, quiero verte sonriendo más. ¿Hecho?
Sonreí, tímida.
— Hecho.
Cuando él salió, me quedé sola por primera vez. Pero no era una soledad que dolía. Era una soledad libre.
Me apoyé en la ventana de la sala, observando la ciudad allá abajo.
En aquella noche, yo no era más la niña que andaba con la cabeza baja, pidiendo a Dios para no desmayarme de hambre.
Yo era Ana Lua.
Con un techo, con esperanza. Con un comienzo.