Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°9
Isabella nunca había sentido tanta curiosidad por alguien. Era extraño. Aquella figura masculina al fondo de la oficina la atraía de una forma que no podía explicar. Su presencia era distinta, firme, imponente… pero no le daba miedo. Más bien, le despertaba una tibia sensación de interés, incluso de confianza.
Ignorando las advertencias, dio un paso al frente y entró en la oficina, desobedeciendo abiertamente a la cuidadora.
—Hola… —dijo tímidamente, con la voz apenas audible.
El hombre se giró lentamente al escucharla. No parecía molesto, sino sorprendido por su repentina aparición.
—¿Hola? —respondió, intrigado. Luego dirigió su mirada a la cuidadora—. ¿Cómo se llama?
La mujer, que luchaba por mantener la compostura, se acercó rápidamente a Isabella.
—Isabella, por favor, regresa a tu habitación. Te dije que no podías estar aquí, esta reunión es muy importante —dijo entre dientes, nerviosa.
Pero el hombre frunció el ceño.
—Pregunté cómo se llama, no que la sacara de aquí —dijo en tono serio y firme.
La cuidadora suspiró resignada.
—Se llama Isabella.
El hombre esbozó una ligera sonrisa.
—Lindo nombre, Isa.
Isabella lo miró con una mezcla de sorpresa y ternura. Era la primera vez en días que alguien la llamaba así.
—¿Y tú? —preguntó tímidamente—. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Leon Ferreti —respondió con una sonrisa cálida.
Ella lo observó con ojos llenos de esperanza. Su rostro, normalmente apagado, se iluminó con una expresión cálida que parecía olvidada.
Entonces, el tono de Leon cambió. Su voz sonó firme, segura, como si ya hubiera tomado una decisión.
—Señorita… —dijo con voz fuerte y decidida.
—¿Sí, señor Leon? —respondió la cuidadora, desconcertada.
—Quiero toda la información y los papeles de adopción de la niña.
La mujer se quedó paralizada, sin saber si había escuchado bien.
—¿Qué…? —preguntó, sorprendida.
—Pero señor… usted venía a hacer una donación al orfanato, no a llevarse a una niña —dijo, con evidente nerviosismo y preocupación.
Leon la miró con una seriedad implacable.
—Lo sé. Pero he cambiado de opinión. Los quiero ahora.
Hubo un silencio tenso. La cuidadora tragó saliva y, tras un segundo de vacilación, forzó una sonrisa fingida.
—Claro… enseguida.
Y mientras salía de la oficina, con los papeles en mente y el corazón agitado, Isabella seguía observando a aquel hombre que acababa de cambiar su vida para siempre.
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—Así que, Isa… ¿cuántos años tienes? Cuéntame sobre ti —preguntó Leon, con genuino interés en su voz.
—Amm... tengo cinco, pero pronto cumpliré seis —respondió tímida, con la mirada baja.
—Cuéntame más sobre ti. Quiero escucharte —dijo el hombre, inclinándose ligeramente hacia ella con una sonrisa amable.
Isabella lo miró con sorpresa, como si no esperara que alguien quisiera de verdad saber más de ella.
—¿Usted… usted me va a llevar? —preguntó, con voz temblorosa, cargada de ilusión.
Leon asintió con suavidad.
—Sí, Isa. Solo si tú quieres, por supuesto.
—¡¡SÍ QUIERO!! —exclamó de golpe, con tanta emoción que su voz retumbó en la oficina.
—Perdón… —murmuró enseguida, apenada por su impulso.
Leon soltó una risa suave.
—No te preocupes, Isa. Me encanta verte así. Dime, ¿te gustan las princesas? ¿Las muñecas? ¿Los autos? ¿Tienes juguetes aquí que me quieras mostrar?
Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de Isabella. Dudó un segundo antes de responder, pero lo hizo con una voz un poco más firme:
—Sé cocinar… aún tímida… y hace poco hice pie. Mi papá no lo quiso… pero yo podría prepararle uno a usted… si quiere…
—Y luego, bajando la mirada—: O… si no le gusta, no importa…
Leon sonrió, enternecido.
—Me encantaría —respondió con sinceridad.
El rostro de Isabella se iluminó. Sintió una calidez en el pecho que le era completamente desconocida. Era pequeña, pero entendía lo que era sentirse querida, aunque fuera por un instante.
—Si quieres… podríamos cocinar juntos un día, ¿te parece? —ofreció Leon, con ternura.
—¡Me encantaría! —dijo Isabella, feliz, con los ojos brillando de emoción.
Se quedó pensativa unos segundos, y luego murmuró:
—Y… juguetes… mmm...
De repente, se puso pálida. Su expresión cambió por completo.
—¡NO! ¡MI PELUCHE! ¡NO, NO, NO! —gritó de pronto, desesperada, como si acabara de recordar algo terrible.
Leon se agachó enseguida, preocupado.
—¿Qué pasa, niña?
—Y-yo tenía un peluche de pingüino… me lo dio mi mamá… y lo perdí… Cuando me dejaron aquí, no me lo pasaron —dijo entre sollozos, abrazándose a sí misma.
—Tranquila, tranquila… —murmuró Leon, poniéndose a su altura—. Haré que te compren otro, ¿sí?
—No quiero otro —respondió con tristeza—. Quiero ese… Ese me lo regaló mi mamá…
Leon la miró fijamente, sintiendo algo que no esperaba. Le puso una mano en el hombro, con suavidad.
—Entonces haré que encuentren ese peluche. ¿Está bien?
Isabella levantó la vista, aún con lágrimas en los ojos.
—¿Sí? —preguntó con esperanza.
—Sí —confirmó él con firmeza.
—Está bien… —murmuró Isa, más tranquila, aunque aún con el corazón apretado.
En ese momento, la cuidadora regresó con los papeles en la mano, lanzándole a Isabella una mirada dura.
—Aquí están —dijo, forzando una sonrisa desagradable.
—Perfecto —respondió Leon, con frialdad profesional.
Revisó los documentos, firmó donde correspondía, y antes de irse, dejó también una cuantiosa donación para el orfanato. Luego se dirigió a la puerta, con Isabella tomada suavemente de la mano.
Sin decir una palabra más, se marcharon de la oficina, dejando atrás un mundo que Isa ya no quería recordar… y comenzando uno nuevo, que aún no sabía si sería mejor… o más peligroso.
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