Mi nombre es Carolina estoy casada con Miguel mi primer amor a primera vista.
pero todo cambia en nuestras vida cuando descubro que me es infiel.
decido divorciarme y dedicarme más tiempo y explorar mi cuerpo ya que mis amigas me hablan de un orgasmo el cual desconozco y es así como comienza mi historia.
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Capitulo 9
Carolina estaba acomodando unas delicadas piezas de lencería en el mostrador, su mente atrapada en pensamientos sobre Miguel. Recordaba su actitud distante de la noche anterior y su rechazo, que aún le dolía. ¿Qué estaba pasando entre ellos? Se preguntó, con el ceño fruncido y la mirada fija en un punto invisible.
—¡Carolina! —La voz de Patricia la hizo sobresaltarse, devolviéndola al presente.
—¿¡Qué!? ¿Qué pasa? —preguntó, parpadeando rápidamente mientras trataba de enfocarse en sus compañeras.
Camila soltó una carcajada.
一¡Parecías en otro planeta! ¿Qué estabas pensando tan profundamente? ¿Acaso en algún cliente atractivo?
—Claro que no —respondió Carolina, negando con la cabeza, aunque sus mejillas se sonrojaron ligeramente.
—¿Entonces? —insistió Patricia, cruzándose de brazos con una sonrisa pícara一. Vamos, ya sabemos que algo te ronda en la cabeza.
Carolina suspiró, dejando las prendas sobre el mostrador.
一No es nada importante. Sólo estaba distraída... Pensando en cosas de casa, ya saben.
Camila levantó una ceja, escéptica.
一¿Cosas de casa? Eso suena sospechoso. Vamos, Caro, cuéntanos.
Carolina forzó una sonrisa y trató de desviar el tema.
一Es en serio, chicas. Son tonterías. Además, tenemos mucho que hacer aquí.
一Siempre encuentras una excusa 一murmuró Patricia, divertida, mientras tomaba una caja con más lencería.
一¿Y qué edad tiene ese hombre? 一preguntó Carolina, curiosa, mientras seguía doblando unas prendas.
一Bueno, escuché decir que tiene 34 años 一respondió Patricia, con tono divertido, mientras levantaba una ceja.
—¿34 años? —intervino Camila, dejando lo que estaba haciendo一. ¡Está en la flor de la vida! Y mírenlo, es guapo, millonario y encima tan misterioso... Un paquete completo.
Carolina soltó una carcajada.
一¡Cálmate, Camila! Parece que te enamoraste con solo verlo entrar por la puerta.
—No puedo evitarlo —respondió Camila con una sonrisa coqueta一. A diferencia de nosotras, parece que él sabe lo que quiere en la vida.
Patricia asintió, sin apartar la vista de Eric, quien ahora estaba conversando con la encargada de la tienda.
一Aunque tengo que admitir que se ve un poco frío, como si nada ni nadie pudiera tocarlo.
Carolina miró en dirección a Eric y reflexionó un momento antes de hablar.
一Es cierto, tiene ese aire imponente, como si estuviera acostumbrado a que todo se haga a su manera. Pero... ¿no les parece un poco intimidante? No sé, me da la impresión de que no sería fácil acercarse a alguien como él.
Patricia suspiró dramáticamente.
一Seguro que no, pero eso no le quita lo interesante. Aunque, claro, nosotras estamos a kilómetros de su alcance.
Camila se rió, entre divertida y sarcástica.
一Habla por ti, Patricia. Uno nunca sabe... Tal vez Carolina podría enseñarle cómo ser menos frío.
Carolina negó con la cabeza, riendo nerviosa.
一¡Por favor! Lo último que necesito ahora es agregarle más drama a mi vida.
La conversación quedó interrumpida cuando Eric se giró y sus ojos parecieron encontrarse con los de Carolina por un breve instante. Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
La puerta de la tienda se abrió con decisión, dejando entrar a la imponente figura de la señora Margaret. Su presencia era inconfundible: alta, elegante y con una mirada que lo abarcaba todo. Eric, quien estaba a punto de salir acompañado de una joven rubia, se detuvo al verla.
—Hijo mío, ¿qué haces aquí? —preguntó Margaret con una mezcla de sorpresa y autoridad en su tono. No esperó respuesta, ya que enseguida añadió con un gesto desdeñoso hacia la chica—. Bueno, no hace falta que me lo digas, ya sé a qué viniste.
Eric, visiblemente incómodo, alzó una ceja, pero no dijo nada. La joven a su lado parecía incómoda, mirando a su alrededor como si buscara una salida rápida.
—Despídete de esa chica y ven conmigo —ordenó Margaret, sin dejar espacio para réplicas. Su tono era firme, casi como si estuviera acostumbrada a ser obedecida sin cuestionamientos.
—Madre, no estoy seguro de que sea el mejor momento —respondió Eric con calma, aunque sus ojos revelaban un atisbo de molestia.
—Oh, Eric, siempre piensas que sabes más que yo. Pero te recuerdo que esta tienda lleva mi nombre y que mi tiempo es valioso. No pienso discutir contigo aquí, frente a mis empleadas —dijo, lanzando una mirada hacia Carolina y las demás, quienes fingían estar ocupadas pero claramente prestaban atención a cada palabra.
La joven rubia finalmente habló, con voz tímida:
—Eric, creo que será mejor que me vaya.
—Buena decisión —intervino Margaret antes de que su hijo pudiera responder—. Ahora, Eric, entra a mi oficina. Tenemos cosas importantes que discutir.
Eric soltó un suspiro, se despidió con un breve gesto de la joven y siguió a su madre hacia el interior de la tienda. Carolina y sus compañeras se miraron con sorpresa, apenas conteniendo las ganas de comentar lo que acababan de presenciar.
Carolina contuvo una sonrisa al ver cómo el hombre, aunque altivo, obedecía a su madre.
—Parece que no todo en su vida está bajo control —susurró, divertida.
—Eso te demuestra que incluso los hombres imponentes tienen a alguien que los pone en su lugar —dijo Patricia mientras regresaba a su tarea, aunque sin quitarle del todo los ojos de encima a Eric.
—Definitivamente... interesante —murmuró Carolina, antes de volver a su trabajo, pero no pudo evitar echar un último vistazo al hombre que desaparecía tras la puerta de la oficina con su madre.
Eric cerró la puerta tras de sí y, sin mucho ánimo, se dejó caer en uno de los sillones de la oficina de su madre. Su expresión era una mezcla de desinterés y cansancio.
—¿Qué es lo que sucede, madre? —preguntó, con un tono firme, aunque ligeramente impaciente—. Si vas a hablarme de mi vida personal, pierdes el tiempo.
La señora Margaret, sentada tras su elegante escritorio, cruzó las manos sobre la superficie de madera pulida y lo observó con la mirada seria que lo había acompañado desde niño.
—No, Eric, no quiero hablar de eso —respondió con calma—. Es sobre tu hija.
El rostro de Eric se tensó de inmediato. Su mirada se endureció, pero no dijo nada. Margaret continuó, sabiendo que había captado toda su atención.
—Hoy llega con su madre.