"Brenda, una joven fiestera y dueña de una heladería en la vibrante Ciudad de México, nunca imaginó que su corazón podría ser conquistado por un hombre como Roger, un reservado empresario neoyorquino.
Entre encuentros inesperados, malentendidos dolorosos y dulces reconciliaciones, su historia se enreda en una maraña de emociones.
Pero cuando el pasado amenaza con destruir lo que apenas empezaba a nacer, ambos deberán aprender a luchar por un amor verdadero.
Porque a veces, detrás de un berrinche... se esconde el deseo más sincero de ser amado."
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Capítulo 9 – Bromas, besos y despedidas
Después de compartir una deliciosa pizza, entre risas y miradas cómplices, Roger llevó a Brenda a su apartamento. Se despidieron con un beso largo, de esos que dicen mucho más que las palabras, y luego él se fue a su casa.
PASARON TRES MESES
Durante ese tiempo, su relación floreció con fuerza. Entre paseos, cenas, llamadas y mensajes, habían construido un lazo sólido, lleno de complicidad y cariño. Ya había pasado la inauguración del nuevo Capuchino de Marcos, y aunque Roger no lo había mencionado aún, el deber comenzaba a llamarlo: debía regresar a Nueva York.
Era viernes, y Brenda estaba en la oficina revisando unos papeles cuando escuchó la puerta abrirse. Alzó la vista y allí estaba él, su “poyuelo favorito”, como ella le decía en broma, con esa sonrisa irresistible.
—Hola, mi princesa —saludó él, acercándose con paso firme.
—Hola, guapo —respondió ella con dulzura.
—¿Y cuándo vas a cambiar ese “guapo”? —preguntó con una ceja levantada.
Brenda soltó una carcajada divertida.
—Jajajaja, no sé... tal vez nunca.
Se besaron con ternura, y luego él le acarició suavemente la mejilla.
—¿Qué tal ha estado tu día hoy?
—Pesado —confesó ella—. Administrar un negocio no es nada fácil.
—Dímelo a mí —dijo él con tono serio.
—¡Pero si llevas tres meses acá, Roger! No te quejes —bromeó ella, cruzando los brazos.
Roger la miró con cariño, pero con un deje de preocupación.
—Justamente de eso quería hablarte… Tengo que volver a Nueva York. La empresa me necesita. Se la dejé encargada a un amigo, pero ya es hora de que yo esté allá.
Brenda bajó la mirada. Su expresión cambió y su voz se volvió un susurro quebrado.
—Entiendo… no hay problema.
—Amor, no pongas esa carita —dijo él, tomándole las manos—. No voy a tardar mucho, lo prometo.
—Te voy a extrañar —murmuró ella, con los ojos brillantes.
—Y yo a ti, preciosa. Más de lo que imaginas.
—Bueno, te vas a las seis… ¿pasamos lo que queda del día juntos?
—Claro, ¿a dónde quieres ir?
—Ven, te quiero llevar a un lugar.
Brenda cogió su bolso y con la otra mano entrelazó los dedos de Roger. Salieron rumbo al auto.
—Oye, yo conduzco —dijo él al acercarse al coche.
—No, esta vez mando yo —respondió ella con una sonrisa traviesa.
—No voy a discutir contigo… siempre termino perdiendo —resopló Roger, rindiéndose.
Brenda encendió el auto y condujo hacia la sorpresa. Tras varios minutos, llegaron a una playa hermosa, tranquila, con la brisa moviendo las palmeras suavemente.
—Amor… qué lindo lugar —susurró Roger, impresionado.
—Roger, ¿por qué sigues llamándome así? —dijo ella, mirándolo de reojo.
—No discutamos por eso, preciosa. Me encanta este lugar. Gracias por traerme.
—Me alegra que te guste. Ven, sentémonos un rato.
Se sentaron en la arena, contemplando el mar. Hablaron, rieron, se besaron. El momento era perfecto. Entonces Brenda lo miró a los ojos y le dijo con aparente seriedad:
—Roger… ahora que te vas y no sé cuándo regreses, quiero que dejemos esto aquí. Que no tengamos ningún vínculo. Esta será nuestra despedida.
Roger la miró, descolocado.
—¿¡Qué!? ¿De qué estás hablando, Brenda? ¡No puedes dejarme así!
—¿Cuál “dejarte”? Si esto no tiene ni nombre —dijo ella, luchando por no soltar la carcajada.
—Pero la hemos pasado increíble… ¿por qué esa decisión tan drástica?
Brenda se levantó dándole la espalda, como si quisiera irse. Pero no pudo más. Soltó una carcajada tan fuerte que hasta los pájaros volaron.
—¡Brenda! ¿Qué rayos? —dijo él, confundido—. ¿Por qué te ríes así?
—¡Jajajaja, amor, era una broma!
—¿Oye... me dijiste “amor”? —preguntó él, señalándola con una sonrisa victoriosa.
Brenda se cubrió la boca con ambas manos, colorada.
—No te dé pena. Eres mi amor. Y yo soy tu amor, mi cielo —dijo él con ternura, abrazándola fuerte.
—Te quiero muchísimo, me haces muy feliz —susurró ella.
Roger la alzó del suelo con facilidad.
—¡Roger, ya! Bájame —decía ella riendo.
—Vas a dejar de hacerme estas bromitas un día de estos, que me vas a matar del susto.
—Ay, tan sensible...
—¡Ahora soy sensible! Antes era brusco. No me quiero imaginar cómo sería haciendo el amor.
Brenda se sonrojó al instante y bajó la mirada.
—¿Te da pena, pequeña bromista? —le dijo en tono juguetón—. Ya sé cómo callarte de ahora en adelante.
Ella rodó los ojos, él la atrajo hacia sí y le dio un beso. Luego caminaron juntos hacia el auto, bajo el atardecer.