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El magnate y la mariposa

El magnate y la mariposa

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:19.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.

Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.

Pero entonces aparece él.

Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.

Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.

Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.

Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.

"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."

¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?

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NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8: El otro mundo

Valentina tardó una semana en preguntarle por la llamada.

No porque se le hubiera olvidado. Al contrario, la frase se le quedaba pegada en la cabeza en los momentos menos útiles: mientras revisaba facturas, mientras esperaba el Metro, mientras Santiago le mandaba una foto absurda de un taco de canasta que había comprado sin ella y que, según él, "no tenía supervisión profesional".

"Nadie importante."

Valentina sabía reconocer una puerta cerrada. También sabía que, si empezaba una relación revisando cada puerta, iba a volverse loca antes de entender si aquello era una relación.

Porque ya no podía fingir que no lo era.

No habían puesto nombre a nada, pero Santiago la llamaba cada noche antes de dormir. Valentina seguía diciendo "no puedo" más veces de las que decía "sí", pero cuando decía sí, él aparecía puntual. La besaba en la entrada del edificio, en esquinas discretas, bajo la sombra de árboles que no protegían a nadie de los chismes. Nunca subía. Nunca insistía. Eso la hacía confiar y desesperarse en partes iguales.

El sábado por la tarde, después de comer tortas de chilaquiles en un local donde Santiago se manchó la camisa y aceptó la derrota con dignidad, él la acompañó caminando hasta una avenida más amplia.

—Quiero llevarte a mi casa —dijo.

Valentina se detuvo.

—Eso sonó peligroso.

—No así.

—Todos dicen "no así" antes de que sea así.

Santiago sonrió, pero su mirada estaba seria.

—Quiero que veas dónde vivo. No porque necesite impresionarte. Al contrario. Prefiero que lo veas conmigo antes de que te lo imagines peor.

Ella cruzó los brazos.

—¿Y si sí es peor?

—Entonces me lo dices.

Valentina miró hacia la calle. Un taxi pasó levantando polvo. La vida normal seguía, como si la palabra "casa" no acabara de abrir una grieta frente a ella.

—No voy a quedarme a dormir.

—No te lo pedí.

—No voy a conocer a tu familia.

—Mi madre está en tratamiento y mi padre no vive ahí.

La forma en que dijo "mi padre" trajo de vuelta la llamada. Valentina lo miró. Santiago sostuvo su mirada, pero no añadió nada.

—Una hora —dijo ella.

—Dos.

—Una y media.

—Trato.

El coche apareció cinco minutos después.

No era el mismo auto negro de Reforma, pero se le parecía lo suficiente para hacerla consciente de sus tenis, de su bolsa de tela, de las uñas sin pintar. El chofer bajó para abrirles la puerta. Valentina se adelantó y abrió la suya.

Santiago no dijo nada. Solo rodeó el coche y se sentó a su lado.

La ciudad cambió por la ventana.

Primero calles conocidas, puestos, farmacias, tráfico pegado. Luego avenidas más limpias, banquetas más anchas, árboles que parecían cuidados por alguien con sueldo fijo. Al subir hacia Lomas de Chapultepec, las casas empezaron a esconderse detrás de muros altos, cámaras y bugambilias perfectas. No había tiendas en las esquinas. No había cables enredados sobre la calle. No había vecinos gritando desde las ventanas.

Valentina sintió una incomodidad extraña: como si hasta el silencio tuviera dueño.

—Estás muy callada —dijo Santiago.

—Estoy procesando.

—¿Qué cosa?

—Que hay colonias donde las banquetas no intentan matarte.

Él soltó una risa breve.

—No todas. Tengo una cicatriz de bicicleta que prueba lo contrario.

—Pobrecito. ¿Te caíste sobre mármol italiano?

Santiago la miró con fingida ofensa.

—Grava. Soy un hombre del pueblo.

Valentina sí se rió, pero la risa se le apagó cuando el coche se detuvo frente a un portón de hierro.

Un guardia salió de una caseta. Saludó a Santiago con una inclinación mínima.

—Buenas tardes, Ingeniero Montero.

Ingeniero Montero.

Valentina había leído ese tratamiento en correos de CDV, pero escucharlo dirigido a él, en su casa, la hizo recordar que el Santiago que sudaba con salsa roja era también un hombre al que otros abrían portones.

El portón se abrió sin ruido.

La casa apareció al fondo de una entrada larga bordeada de árboles. No era una casa. Era una propiedad. Piedra clara, ventanales enormes, un jardín que parecía no conocer hojas secas. Había una fuente baja cerca de la entrada y una terraza donde las sillas estaban alineadas como en revista. Valentina apretó la correa de su bolsa.

—Santiago...

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

Él esperó.

—Yo vivo en un departamento donde el baño y la cocina no pueden usarse al mismo tiempo si alguien quiere pasar. Tu entrada tiene más metros que mi sala.

Santiago no se burló. No intentó suavizarlo con un "eso no importa". Solo le tomó la mano, despacio, dándole tiempo para quitarla.

—No te traje para compararte con nada.

—Pero yo sí comparo.

—Entonces compara conmigo al lado.

Valentina quiso encontrar una respuesta que no la dejara vulnerable. No la encontró.

La puerta principal se abrió antes de que tocaran. Una mujer de unos sesenta años, cabello recogido y uniforme impecable, apareció con una sonrisa cálida que no parecía de servicio, sino de alguien que había visto a Santiago crecer.

—Señor Montero, qué gusto verlo temprano.

—Doña Carmen.

Santiago soltó la mano de Valentina solo para saludarla con afecto. La mujer lo miró como si pudiera regañarlo y consentirlo en la misma frase.

—¿Y esta señorita tan bonita?

Valentina enderezó la espalda.

—Valentina Herrera. Mucho gusto.

—El gusto es mío, señorita Valentina. Pase, por favor. Ya preparé agua de limón porque el señor no avisa, pero una aprende.

Santiago bajó la mirada, atrapado.

—Sí avisé.

—Hace veinte minutos. Eso no es avisar, es alarmar.

Valentina se rió antes de poder evitarlo. Doña Carmen le guiñó un ojo, y el nudo en su pecho se aflojó un poco.

El interior olía a madera pulida, flores frescas y algo cocinándose lejos, quizá caldo, quizá pan. Había cuadros grandes en las paredes, alfombras gruesas, una escalera amplia que subía como en una película. Nada estaba fuera de lugar. Ni un zapato. Ni una taza. Ni una blusa colgada en una silla porque no alcanzó tiempo de doblarla.

—Puedes respirar —murmuró Santiago cerca de su oído.

Valentina lo golpeó suave en el brazo.

—Estoy respirando.

—No mucho.

Doña Carmen los llevó a una sala luminosa con ventanales hacia el jardín. Sirvió agua de limón en vasos altos y dejó un plato con pan dulce pequeño, como si incluso el pan supiera comportarse en esa casa.

—Cualquier cosa me llama, señorita.

—Gracias, Doña Carmen.

Cuando se quedaron solos, Valentina tomó el vaso para hacer algo con las manos.

—¿Así creciste?

Santiago miró la sala, como si tuviera que verla a través de sus ojos.

—Sí.

—¿Y nunca te pareció... demasiado?

—Cuando era niño, no. Uno cree que su casa es el mundo. Después sales y entiendes que solo era una burbuja cara.

Valentina pasó el dedo por la condensación del vaso.

—Debe ser cómodo vivir en una burbuja.

—A veces. Hasta que te das cuenta de que también tiene paredes.

No esperaba esa respuesta.

Santiago la llevó a conocer la casa sin presumirla. Ese fue otro problema. Si hubiera hablado de arquitectos, obras de arte o metros cuadrados, Valentina habría tenido de qué defenderse. En cambio, le mostró una terraza donde de niño se escondía para no practicar piano, una biblioteca donde su madre leía cuando no quería recibir visitas, una cocina enorme donde Doña Carmen mandaba más que cualquier accionista de Grupo Montero.

—Aquí quemé una olla intentando hacer sopa —dijo él.

Valentina lo miró con interés.

—¿Tú cocinando?

—Tenía diecisiete años y mucha confianza injustificada.

—¿Sobrevivieron?

—Doña Carmen no me dejó volver a acercarme a la estufa en seis meses.

La cocina era del tamaño de su departamento. Valentina intentó no pensar eso, pero lo pensó. Había una isla central, ollas de cobre, especias ordenadas en frascos iguales. En una esquina, un frutero parecía pintado. Doña Carmen entró y los encontró ahí.

—Señorita, si le gusta cocinar, un día me ayuda a corregir las tragedias de este muchacho.

—Me encantaría —dijo Valentina, antes de recordar que no debía sonar tan cómoda.

Santiago la miró con una satisfacción silenciosa.

—No digas nada —advirtió ella.

—No dije nada.

—Lo pensaste.

—Muchas cosas.

El aire cambió apenas. Valentina apartó la mirada hacia las ollas.

Más tarde salieron al jardín. El césped estaba perfecto, verde de una manera casi ofensiva. Había bugambilias, lavanda y un árbol enorme bajo el que dos sillas de hierro miraban hacia la fuente. El ruido de la ciudad no llegaba ahí. Solo agua, viento, pájaros.

—¿Te gusta? —preguntó Santiago.

Valentina se abrazó a sí misma.

—Es hermoso.

—Pero.

—Pero no sé dónde ponerme.

Santiago se colocó frente a ella.

—Aquí.

—No seas literal.

—Lo soy porque no hay respuesta elegante. Si estás conmigo, tu lugar es donde tú decidas estar.

Valentina sintió un nudo en la garganta. No quería emocionarse por una frase. No en una casa que podía tragarla entera.

—Tu mundo no va a dejarme decidir tan fácil.

Santiago perdió un poco la suavidad del rostro.

—Mi mundo va a tener que aprender.

Antes de que pudiera responder, un teléfono sonó dentro de la casa. No el de Santiago. Un tono fijo, antiguo, que pareció atravesar las paredes. Doña Carmen salió a la terraza con expresión medida.

—Señor Montero, llamaron de la residencia de Pedregal. Preguntan si acudirá mañana a la comida familiar.

La mano de Santiago se cerró a un costado.

Valentina recordó la llamada en su edificio. "Dile a mi padre que no insista."

—No —dijo Santiago—. Gracias, Doña Carmen.

La mujer asintió y volvió a entrar, pero el jardín ya no parecía igual.

—¿Pedregal? —preguntó Valentina.

—La casa de mi padre.

—¿La residencia?

Santiago soltó una risa sin humor.

—Así le dicen.

Valentina miró la casa detrás de él, luego el jardín. Si eso no era "la residencia", no quería imaginar la otra.

—¿Él sabe de mí?

Santiago tardó un segundo de más.

—Sabe que estoy viendo a alguien.

—Eso no fue lo que pregunté.

Él respiró hondo.

—No sabe tu nombre.

Valentina asintió lentamente. No sabía si eso la aliviaba o la ofendía.

—Entiendo.

—Valentina...

—No. Está bien. Una hora y media, ¿recuerdas?

—Aún no se cumple.

—Para mí sí.

Santiago no intentó detenerla. La acompañó hasta la entrada, serio. Doña Carmen apareció con una bolsa pequeña de pan recién hecho.

—Para que se lleve, señorita. Si no, el señor se lo come todo y luego dice que fue la ansiedad.

Valentina aceptó porque rechazarlo habría sido grosero y porque Doña Carmen la miraba con una calidez que no merecía pagar por la culpa de nadie.

—Gracias.

En el coche, de regreso, ninguno habló durante varios minutos.

Valentina miraba las casas de Lomas desaparecer por la ventana. El jardín, la cocina, la biblioteca, Doña Carmen, el guardia, el teléfono de Pedregal. Todo se acomodaba dentro de ella como piezas de un rompecabezas que no quería armar.

Santiago rompió el silencio cuando ya estaban cerca de Narvarte.

—Mañana tengo un compromiso en el Country Club.

Valentina giró la cabeza.

—Eso sonó como una advertencia.

—Quiero que vengas conmigo.

La risa le salió sin alegría.

—Santiago, hoy casi me da algo entrando a tu casa.

—Precisamente por eso quiero ir contigo. Prefiero que estés a mi lado cuando mi mundo empiece a mirar.

Valentina sintió que la pulsera de mariposa le pesaba en la muñeca.

—¿Y qué se supone que soy ahí?

Santiago sostuvo su mirada.

—La mujer que estoy eligiendo.

El coche se detuvo frente a su edificio.

Valentina no supo qué responder. Solo bajó con la bolsa de pan de Doña Carmen apretada contra el pecho, mientras la pregunta seguía abierta entre los dos.

1
Zaira
Bella me encanto.
Aida Rodriguez
q feo fin
MANATE
💯🤗
AYA
😒😒😒 que boba🙄
Elena Yobany Santacruz Alejandria
dios q hombre terco..pero mas ella no afloja solo se complica.
Rosa Rodelo
Foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Elena Yobany Santacruz Alejandria
q paciencia tiene nuestro protagonista 🥰🥰
milagros perales
Me encantó
Yanira Aguilar
hermosa novela
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