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Cicatrices Del Archivo

Cicatrices Del Archivo

Status: En proceso
Genre:Escena del crimen
Popularitas:212
Nilai: 5
nombre de autor: Xïn Yué

Durante años, un caso criminal fue archivado como irresoluble.
No por falta de pruebas, sino por decisiones que nadie quiso cuestionar.

Cuando nuevas muertes replican un patrón olvidado, el sistema se ve obligado a mirar atrás.

Adrian Calder, un joven investigador formado en métodos modernos, es asignado a la reapertura del expediente. Para avanzar, deberá trabajar con Héctor Valmont, un criminólogo y médico forense retirado, experto en técnicas antiguas que el tiempo intentó borrar.

Lo que comienza como una investigación se transforma en un descenso a errores judiciales, secretos enterrados y traumas nunca resueltos.

Entre la confianza y la desconfianza, la ética y la culpa, ambos deberán decidir si la verdad merece ser revelada… incluso cuando puede destruirlo todo.

Porque algunos casos no permanecen abiertos.
Permanecen esperando.

NovelToon tiene autorización de Xïn Yué para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 — El precio de saber

Adrian no durmió esa noche.

No porque no pudiera cerrar los ojos, sino porque cada vez que lo hacía, veía la lámina transparente en las manos del doctor Rourke. Las microlesiones. Las huellas invisibles que alguien decidió ignorar.

El cuerpo recuerda incluso cuando el sistema decide olvidar.

La frase volvía una y otra vez.

A la mañana siguiente, encontró su casillero entreabierto. No faltaba nada. Tampoco había señales de que alguien hubiera forzado la cerradura.

Eso, pensó, era lo inquietante.

—¿Todo bien? —preguntó Noah desde el pasillo.

Adrian cerró el casillero con calma.

—Sí.

Noah lo observó con atención.

—Mentís mal cuando estás cansado.

Adrian dudó un segundo.

—Están mirando de cerca —dijo finalmente—. Más de lo normal.

Noah bajó la voz.

—¿Desde arriba?

—Desde todos lados.

Noah asintió, serio.

—Entonces cuidate. Y cuidá a quién tenés cerca.

Adrian sabía exactamente a quién se refería.

Horas después, Marina lo llamó a su despacho. Esta vez sí estaba sentada, con varios documentos ordenados frente a ella.

—Recibí una queja formal —dijo sin rodeos.

Adrian no se sorprendió.

—¿Sobre qué?

—Sobre vos.

—¿Motivo?

—Conducta inapropiada. Uso de recursos no autorizados. Colaboración externa sin aval completo.

Adrian apoyó las manos en el respaldo de la silla.

—Nada de eso es nuevo.

—No —admitió Marina—. Pero ahora decidieron ponerlo por escrito.

—¿Consecuencias?

Marina lo miró fijo.

—Te van a sacar del caso.

El golpe fue seco, aunque esperado.

—¿Y vos? —preguntó Adrian.

—Yo no puedo frenarlo —respondió—. Solo demorarlo.

Adrian respiró hondo.

—Entonces usemos el tiempo.

Marina deslizó un sobre por el escritorio.

—Esto no existe —dijo—. Y nunca lo viste.

Adrian lo tomó. Dentro había copias de movimientos internos, reasignaciones, nombres tachados.

—Están limpiando —murmuró.

—Sí —confirmó Marina—. Y no con cuidado.

Esa tarde, Adrian fue directo al departamento de Héctor. El perro apareció primero, alerta, olfateando el aire antes de reconocerlo y mover la cola con fuerza contenida.

—Al menos alguien sigue confiando —dijo Adrian en voz baja.

Héctor estaba en la cocina, revisando papeles.

—Te van a apartar —dijo sin levantar la vista.

—¿Cómo lo sabías?

—Porque ya empezaron a aislarte —respondió—. Es el segundo paso.

Adrian se sentó frente a él.

—Entonces seguimos sin el sistema.

Héctor alzó una ceja.

—Eso nos convierte oficialmente en un problema.

—Ya lo somos.

Héctor cerró la carpeta.

—Bien. Entonces hablemos de precios.

Adrian lo miró.

—¿Precios?

—Dormir mal. Desconfiar de colegas. Poner en riesgo a gente que no pidió estar acá —dijo Héctor—. Y aceptar que, aunque tengamos razón, puede que no ganemos.

Adrian apretó los puños.

—¿Y aun así lo hizo?

Héctor sostuvo su mirada.

—Sí.

El silencio se llenó de algo más pesado que el miedo.

—Hay otro nombre —dijo Héctor finalmente—. No es testigo. No es forense.

—¿Qué es?

—Un enlace —respondió—. Entre la medicina, la investigación y el poder.

Adrian sintió un nudo en el estómago.

—¿Sigue activo?

—Más que nunca.

El perro se levantó y gruñó suavemente hacia la puerta. Héctor se puso de pie de inmediato.

—No es paranoia —dijo—. Es instinto.

Adrian escuchó pasos en la escalera. Voces apagadas.

—¿Vinieron por vos? —preguntó.

—No —respondió Héctor—. Vinieron a recordarnos que saben dónde vivimos.

Los pasos se alejaron.

Adrian soltó el aire que estaba conteniendo.

—Este es el precio de saber —dijo.

Héctor asintió.

—Y recién estamos empezando a pagarlo.

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