En el continente de Saderia, un lugar mágico, hermoso y medieval todas las razas de seres convivían en paz. Pero la raza de los dragones por su prepotencia , decidieron ellos ser la raza dominante y comenzó una guerra con los humanos, elfos, trolls y Orcos gigantes. Cuando los dragones estuvieron a punto de ser derrotados la reina de los dragones hizo un ritual y creó en el círculo del fin al primer y único sangre de Dragon conocido como El Oscuro. Este ser salvó a los últimos 4 dragones y los repartió por todo el continente. 100 años después un joven llamado Reinders es la primera reencarnación de El Oscuro el cual se encuentran de casualidad uno de los cuatro dragones en una chica ,comenzó así su aventura , su enfrentamiento con su destino.
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CAPÍTULO 08: LAS SOMBRAS DEL VALLE.
El amanecer llegó envuelto en neblina y olor a hierro.
El Valle de Grunhar parecía un monstruo dormido que, con cada soplo del viento, exhalaba el miedo de quienes estaban por combatir.
Desde el alto bastión de mando, Drop observaba los movimientos del ejército humano. Miles de estandartes ondeaban al compás de los tambores. Los caballeros se alineaban con precisión impecable, los magos revisaban sellos y círculos, y las catapultas esperaban la orden del fuego.
Drop, con la capa roja ondeando detrás, se cruzó de brazos. A su lado, un joven comandante esperaba instrucciones, temblando más de lo que el frío justificaba.
—¿Los escuadrones de flanco norte? —preguntó Drop sin apartar la vista del valle.
—Preparados, mi señor. Pero… los exploradores no regresaron.
—Entonces los trols ya están moviendo sus piezas —respondió el general—.
Su tono era tranquilo, pero cada palabra cargaba con el peso de la experiencia.
—Envía a los magos del viento para cubrir el avance. Y dile al segundo batallón que no rompa formación hasta mi señal.
El joven asintió y salió corriendo. Drop exhaló lentamente, posando su mano sobre la empuñadura de su espada dorada. Sabía que la guerra no era solo cuestión de fuerza, sino de ritmo. Una sinfonía de caos donde el que marca el compás… gana.
Detrás de él, Reinders apareció con paso relajado, aunque su mirada delataba curiosidad.
—Vaya, general… parece que sabes hacer que todos bailen a tu ritmo.
Drop arqueó una ceja. —Y tú pareces no entender cuándo hay que callar para aprender.
—No te preocupes —sonrió Reinders—, aprendo rápido.
—Eso espero. Porque cuando empiece esto, el tiempo no enseñará nada… solo cobrará deudas.
Creta se acercó también, cruzando los brazos.
—Nos colocaron en el frente central. Qué amable.
—Tú pediste acción —dijo Reinders.
—Sí, pero no suicidio.
—Bah, lo mismo.
Elsa, que afinaba su bastón ardiente, soltó una carcajada.
—Yo solo vine por las vistas. Y por quemar algunas cosas.
—Típico —dijo Mar con tono seco, mientras ajustaba sus guantes helados.
Drop los observó un instante. A pesar de sus bromas, podía ver en ellos algo más que simples aventureros. Había coordinación, instinto… y un brillo en los ojos de Reinders que no pasaba desapercibido.
—Mantente con vida, chico —dijo finalmente—. Si sobrevives a esto, quizás te enseñe algo sobre cómo liderar una guerra.
—¿Y si no? —preguntó Reinders con una sonrisa ladeada.
—Entonces servirás de ejemplo para los que sí lo logren.
Del otro lado del valle, los trols rugían mientras afilaban sus armas y golpeaban el suelo.
El aire vibraba con cada tambor de guerra. En el centro del campamento, Chin Gigante se mantenía de pie frente a sus cinco generales, conocidos como Los Cinco Dedos de Chin. Cada uno representaba un tipo distinto de poder, una extensión de su voluntad.
Dagar, el índice, era un trol de piel azul oscuro con colmillos tallados y un martillo que creaba ondas sísmicas.
Rung, el medio, blandía una lanza hecha del hueso de un basilisco. Su velocidad era letal.
Muro, el anular, llevaba un escudo del tamaño de una muralla.
Thrag, el meñique, pequeño para los estándares trol (apenas tres metros), era un mago del caos.
Y en el centro, Korr, el pulgar, líder táctico y el más brutal de todos.
—Los humanos se mueven —gruñó Chin, su voz retumbando como un trueno—.
Tomarán el valle por el norte. Quiero que los reciban con fuego y piedra.
—¿Y las Runas, señor? —preguntó Korr.
—Déjala en donde esté. Su poder aún no está listo. Pero pronto… —Chin apretó los puños, y el suelo se agrietó bajo sus pies— pronto, el Círculo del Fin volverá a girar. Pero esta ves yo seré el que tenga su poder.
Los trols rugieron al unísono.
Cinco sombras gigantescas se alzaron, marchando hacia el valle.
—¡Movimiento enemigo detectado! —gritó un
explorador humano.
Drop alzó la mano, y los tambores cesaron.
—Ya vienen —murmuró, observando la neblina que empezaba a teñirse de sombras.
En cuestión de minutos, los Cinco Dedos de Chin emergieron entre el humo, seguidos por legiones de trols de guerra.
Reinders sintió el pulso de su fuego azul reactivarse dentro de él.
—Bueno, eso fue rápido.
—Demasiado —respondió Mar—.
—Lo bueno de los trols —añadió Estu mientras desenfundaba sus guanteletes metálicos— es que no son buenos conversadores.
El suelo tembló. Una roca del tamaño de una casa cayó a pocos metros del frente humano. Luego, otra. Y otra.
—¡Escudos mágicos! —ordenó Drop, y una barrera dorada cubrió la línea principal. Las piedras se hicieron añicos al impacto, dejando una lluvia de polvo. Cuando la nube se disipó, las siluetas de los Cinco Dedos se alzaron con claridad.
—Supongo que esos son los jefes —dijo Elsa, alzando su bastón.
—Y nosotros los desafortunados del día —respondió Reinders, desenfundando su espada. La hoja Coleman vibró con un resplandor azul tenue.
Drop dio una última orden antes de lanzarlos:
—Ustedes, equipo dragón o lo que sean… contengan a esos cinco.
—¿Contenerlos? —repitió Reinders.
—Sí. No los venzan, no se mueran. Solo ganen tiempo.
Reinders sonrió.
—Eso puedo hacerlo. Tal vez.
El campo de batalla estalló en caos. Las catapultas humanas rugieron, lanzando fuego bendito sobre las líneas enemigas. Los magos entonaban cánticos, creando muros de viento y hielo.
Pero los trols avanzaban como si el dolor no existiera. Dagar, el del martillo sísmico, dio un golpe que partió la tierra en dos. Decenas de soldados humanos cayeron.
Reinders saltó, esquivando por centímetros la onda expansiva.
—¡Mar! ¡Congélale los pies!
Ella levantó sus manos, liberando una corriente de hielo puro que atrapó las piernas del trol hasta las rodillas.
—¡Elsa!
La maga del magma extendió su bastón y una explosión de fuego hirviente golpeó el pecho de Dagar, haciendo que rugiera de dolor. Estu aprovechó la apertura y se lanzó, creando una lanza de metal puro que se incrustó entre las costillas del gigante. El impacto fue brutal, pero Dagar se mantuvo en pie.
—¡Insectos! —rugió, golpeando el suelo y creando una nueva onda expansiva.
Reinders la detuvo alzando su espada. El fuego azul emergió en espiral, dividiendo la energía en dos direcciones. El aire mismo tembló.
Creta llegó desde el flanco, transformándose parcialmente: sus ojos brillaron con un tono dorado, y escamas dracónicas cubrieron sus brazos.
—¡Aparta, cachorro! —gritó, lanzándose contra el trol con un golpe que lo hizo retroceder varios metros.
—¡Eso fue… increíble! —dijo Reinders, con el cabello revuelto por la onda.
—No te acostumbres —replicó Creta—. Aún no estoy usando mi forma completa.
A unos metros, Rung, el de la lanza de basilisco, había perforado tres escuadrones humanos antes de que alguien pudiera reaccionar. Su velocidad era una mancha gris moviéndose entre los soldados. Elsa se interpuso, levantando una muralla de magma sólido. La lanza chocó contra ella, derritiendo parte del metal.
—Vaya, sí que pinchas fuerte —dijo Elsa con una sonrisa burlona.
—Muere, bruja.
—Lo siento, tengo contrato de larga duración.
Una esfera de fuego puro estalló frente al trol, pero él la cortó con un solo movimiento. Reinders se lanzó de inmediato, chocando su espada contra la lanza. El choque liberó un destello azul y verde que se extendió como un relámpago.
—¡Este tipo es rápido! —gruñó Reinders.
—Y tú hablas demasiado —replicó Rung, lanzando una patada que lo hizo volar varios metros.
Mar atrapó a Reinders antes de que impactara contra una roca.
—De nada.
—Gracias… creo —dijo, sacudiéndose el polvo.
Mientras tanto, los otros tres Dedos seguían causando estragos. Muro bloqueaba todo hechizo con su escudo, mientras Thrag invocaba relámpagos púrpuras desde su bastón. Korr, el pulgar, dirigía los movimientos de todos con precisión casi militar.
—¡Apunten a Korr! —gritó Creta—. Es el cerebro.
Elsa lanzó una lluvia de lava, mientras Estu creó una red de cadenas metálicas que se extendieron por el campo, atrapando las piernas de varios trols menores. Reinders saltó entre ellas, su fuego azul ardiendo con intensidad.
El joven guerrero aterrizó justo frente a Korr.
—Bonito grupo tienes. Es muy animado.
—Y tú eres un insecto que habla —gruñó el trol.
—Sí, pero un insecto con espada.
Korr lanzó un golpe con su maza. Reinders lo esquivó por centímetros y contraatacó con una estocada cargada de fuego azul. La energía atravesó el aire, partiendo una roca a medio kilómetro.
El trol bloqueó con el antebrazo, pero el fuego se aferró a su piel como una maldición.
Korr rugió. Reinders retrocedió, jadeando.
“Esto no va a ser fácil…” pensó. Desde la distancia, Drop observaba el enfrentamiento a través de su catalejo mágico.
—Interesante… —murmuró—. No solo resiste, sino que improvisa.
Un capitán a su lado lo miró confundido.
—¿Se refiere al chico, señor?
—Sí. —Drop bajó el catalejo—. Tiene más instinto que disciplina, pero eso puede pulirse.
—¿Y los trols, mi señor?
—Son más organizados de lo que creía. Chin Gigante no está improvisando. Está probando nuestras defensas.
El general cerró el catalejo.
—Que nadie avance hasta mi orden. Este es solo el prólogo.
El campo de batalla ardía. El campo se había destruido, el suelo humeaba, y los rugidos se mezclaban con gritos de guerra. El fuego azul de Reinders cortaba en el aire líneas de luz que parecían danzar. Korr cayó de rodillas, con el pecho ardiendo después dio su último suspiro. Los demás Dedos retrocedieron lentamente, coordinando la retirada. Creta aterrizó junto a Reinders, su respiración pesada.
—Se están replegando.
—Sí. —Reinders miró hacia la montaña—. Chin los llamó.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo siento. Como si algo… despertara ahí.
Elsa se acercó, con una sonrisa cansada.
—Entonces ya ganamos, ¿no?
Reinders negó con la cabeza.
—No. Solo sobrevivimos al primer movimiento.
Mar miró hacia el horizonte, donde una luz verde comenzó a brillar desde las montañas.
—¿Qué es eso?
Creta apretó los dientes.
—Las Runas. Se están activando.
El viento rugió con fuerza. Una voz profunda, inhumana, resonó en el aire como un eco de otro mundo. Reinders reconoció a la reina de los Dragones.
—LAS RUNAS DEL FIN ... SE ABRE.
El fuego azul de Reinders reaccionó, encendiéndose con violencia. Los ojos de Drop, desde la distancia, se abrieron con alarma. Y Chin Gigante, en su trono de piedra, sonrió.