Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.
Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.
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Capítulo 24
Alisson amparó a Seraphine con cuidado, sosteniéndola como quien sostiene algo sagrado. Elisabete permanecía encogida contra el pecho de él, con los brazos apretados alrededor de su tórax ancho, como si solo allí el mundo aún tuviera sentido.
El camino de regreso a la manada fue silencioso al principio, roto solo por el sonido de los pasos sobre la tierra húmeda y la respiración aún agitada de Elisabete. El bosque parecía respetar ese momento, recogido en sombras suaves.
Fue entonces cuando Seraphine habló.
— Hay cosas que necesitas saber, hija… desde el principio.
Elisabete levantó levemente el rostro en dirección a la voz de su madre, aunque no la viera. Alisson disminuyó el paso, atento a cada palabra.
— Yo nací en la línea antigua de la Luz —comenzó Seraphine—. Una línea rara, temida y perseguida. No somos solo lobas… somos guardianas de algo que viene antes de las manadas, antes de las guerras, antes de los tronos de poder.
Ella respiró hondo.
— La luz que habita en ti no es solo fuerza. Es equilibrio entre vida, muerte y voluntad. Pero también es una maldición para quienes desean dominar.
Elisabete sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.
— Tu padre… —la voz de Seraphine falló por un instante—. Él también cargaba ese don. Fue por eso que lo mataron. Ante mí. Cuando tú aún eras solo una niña en mis brazos.
Elisabete sintió los músculos tensarse.
— Huí para protegerte —continuó Seraphine—. Viví en las sombras, cambiando de tierras, dejando rastros falsos. Pero cuando se descubrió tu ceguera… supe que vendrías. Fue cuando necesité alejarme definitivamente para que al menos tuvieras una oportunidad.
— Nunca dejé de observar —dijo ella, ahora con la voz tomada por emoción—. Vi cuando te rechazó. Vi cuando casi mueres de dolor. Y vi cuando Alisson puso al mundo entero en llamas para salvarte.
Alisson tragó en seco.
— Esperé el momento adecuado. Cuando Caíque te tomara… y tuvieras fuerzas para resistir. Sabía que esto sucedería.
Elisabete lloraba en silencio.
Cuando llegaron a la manada, Alisson entregó a Elisabete delicadamente a los brazos de su madre. Seraphine la acogió como quien finalmente rescata parte de su propia alma.
— Quédate con ella —dijo Caíque, en voz baja—. Necesito hablar con el anciano.
Él siguió inmediatamente hasta la cueva sagrada. El anciano lo aguardaba, como si ya supiera que vendría.
— La Línea de la Luz raramente despierta —dijo el viejo, sin rodeos—. Y cuando despierta… cambia el curso de todo.
— ¿Qué es Elisabete, entonces? —preguntó Alisson.
— Más que una loba. Más que una Luna. Nació para equilibrar aquello que amenaza destruir los dos mundos: el de la luz y el de las sombras.
Alisson cerró los ojos.
— ¿Caíque sabía?
— Siempre supo que ella no era común. Pero nunca supo cuánto.
Al regresar, Alisson encontró a Elisabete acostada en los brazos de Seraphine, envuelta en una manta sencilla. La madre acariciaba su cabello y le cantaba una canción antigua, con voz suave, quebrada de emoción.
La canción decía:
“Duerme, pequeña chispa del cielo,
Que la noche hoy aprende a proteger.
Mientras el mundo intenta herirte,
Mis brazos serán tu amanecer.
Duerme, hija de la luz escondida,
Tu brillo nadie más apagará.
Si el dolor intenta robar tu risa,
Mi alma contigo luchará.
Y cuando la luna llame tu nombre,
Y el miedo intente alcanzarte,
Seré viento, seré abrigo,
Seré fuerza para guardarte.”
Alisson permaneció allí, a distancia, respetando ese reencuentro que el destino había aplazado tanto tiempo.
Al amanecer, la manada fue reunida.
Alisson tomó la delantera.
— Elisabete no es solo aquella que salvó a nuestros niños y a nuestros ancianos. —Su voz resonaba firme—. Lleva la Línea de la Luz. Una herencia antigua que ha sido cazada y casi extinguida.
Un murmullo recorrió la manada.
— Ella será mi compañera. Y será también su futura Luna. No por deber… sino por destino.
Silencio.
Entonces un niño avanzó.
— Ella tiene luz dentro de sí… —dijo con simplicidad—. Y la luz no hiere a quien sabe cuidar.
Fue el estallido.
Los miembros de la manada comenzaron a arrodillarse.
Uno a uno.
No por miedo.
Sino por reconocimiento.
Elisabete lloraba en los brazos de su madre.
Del otro lado del bosque, en las ruinas, Caíque sentía que el mundo se escapaba entre sus dedos. Uno de sus betas fue el primero en irse. Luego, otros dos.
— ¡Cobardes! —gruñó, con los puños apretados. — ¡Todos cobardes!
Pero a pesar de perder aliados, no sentía arrepentimiento.
Solo odio.
— Si la luz se levanta... yo seré la noche.