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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:688
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

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capitulo 6

Estaba tranquila aquel día, consciente de que en España el rey Felipe IV ya se encontraba muy envejecido, y que su dinastía había sufrido tantos golpes: hijos varones muertos antes de tiempo, algunos que habían tomado los hábitos y se habían retirado a la vida monástica, y otros ilegítimos que, pese a su origen, habían llegado a alzar banderas como almirantes de la flota española. Eran noticias que llegaban hasta nosotros en crónicas y papeles, y que yo leía con avidez, sentada en mi silla de madera junto a la bahía, donde el aire salino acariciaba mi piel como un bálsamo y el horizonte se extendía inmenso frente a mí.

El sol caía tibio, suave, acariciándome el rostro y haciéndome entrecerrar los ojos como quien se entrega por un instante a la calma. A mi alrededor, el murmullo del mar se mezclaba con el graznido de las gaviotas y el rumor lejano de los pescadores preparando sus redes. Y entre todo aquello, se movía mi alegría más viva: mi perro.

Era un setter escocés, de pelaje negro brillante con reflejos caoba, patas ágiles y elegantes, y orejas largas que se agitaban como velos con cada salto. Yo lo llamaba con cariño Lulú. Lo veía brincar con energía, persiguiendo cada sombra, cada brisa, cada ola que se rompía en la orilla, como si el mundo entero fuera un juego inventado solo para él.

—Hija mía, ya es hora de volver a casa —me dijo mi padre desde atrás. Su voz, grave y protectora, siempre me devolvía a la realidad, aunque su tono tenía un matiz de dulzura que me hacía sonreír.

Asentí suavemente, guardando los papeles que estaba leyendo, y me incorporé un poco en mi silla.

—¡Lulú, ven aquí! —lo llamé con voz clara, extendiendo los brazos hacia él.

El perro, al oír mi voz, levantó las orejas y corrió hacia mí con entusiasmo, levantando arena en cada zancada. Sus ojos brillaban como brasas vivas, y la lengua colgaba, alegre, mientras me miraba con devoción. Pero antes de alcanzarme, algo lo distrajo. Un grupo de gaviotas blancas, que descansaban en la orilla picoteando restos de peces, captó su atención.

Lulú, travieso como siempre, dio un salto y les ladró con insistencia, haciendo que las aves se alborotaran. Las gaviotas alzaron el vuelo de golpe, un torbellino de alas y graznidos que llenó el cielo con un ruido ensordecedor. Volaban en círculos, bajando en picada sobre él, como si fueran un ejército furioso defendiendo su territorio.

—¡Oh, no! —exclamé con el corazón encogido, llevándome las manos al pecho—. ¡Padre, corre! ¡Lulú ha hecho enfurecer a esas gaviotas!

El pobre perro, sin comprender del todo el desastre que había causado, corría en círculos, ladrando todavía, mientras las aves lo perseguían como lanzas vivientes. Batían sus alas con violencia, rozando su lomo, y lanzaban picotazos al aire, decididas a espantarlo.

Yo me levanté de la silla con torpeza, sintiendo el corazón latir con fuerza en mi pecho, y corrí tras él con las faldas al viento.

—¡Lulú! ¡Ven aquí, mi niño, ven! —lo llamaba con voz temblorosa, mientras el viento marino traía hasta mí el eco de las olas y el estrépito de aquellas aves enfurecidas.

Mi padre también corrió, aunque su paso era más lento y pesado, y me gritaba desde atrás:

—¡No te acerques demasiado, hija! ¡Las gaviotas pueden atacarte a ti también!

Pero yo no podía detenerme. Mis ojos seguían a mi perro, que en su inocencia juguetona no entendía el peligro. En medio de aquel caos, el sol seguía brillando sobre la bahía, iluminando la escena como si fuera un cuadro vivo: el mar azul de fondo, las gaviotas blancas enardecidas como nubes en guerra, y mi Lulú corriendo desesperado hacia mí, buscando refugio.

Cuando por fin lo alcancé, me agaché y abrí los brazos. Lulú, jadeante y asustado, saltó sobre mí, escondiendo la cabeza contra mi pecho como un niño que busca consuelo. Yo lo abracé con fuerza, acariciando su lomo tembloroso, mientras las gaviotas aún daban vueltas sobre nosotros, lanzando graznidos furibundos.

—Tranquilo, mi precioso… ya pasó, ya pasó —le susurré, tratando de calmarlo tanto a él como a mí misma.

Mi padre llegó a nuestro lado y me ayudó a ponerme de pie, mientras las aves, poco a poco, se alejaban mar adentro, cansadas de aquella inútil batalla. Solo entonces pude respirar hondo y sentir cómo la tensión se deshacía en un suspiro.

—Tienes un perro revoltoso, hija mía —dijo mi padre, aunque con una sonrisa al final de sus labios—. Pero también tienes un corazón demasiado grande para dejarlo solo.

Yo lo miré con ternura, aún abrazando a Lulú, y pensé que, en medio de las tormentas que había vivido, esos pequeños momentos de caos, risa y cariño eran los que realmente daban sentido a mi vida.

Después de mi baño, aún con la piel cálida por el agua y el cabello perfumado por las hierbas que mi esclava me había restregado con cuidado, me senté junto a la ventana. La brisa entraba suave, y el sol se posaba en mi rostro como si quisiera dejar su marca dorada sobre mí. Con el carbón en la mano, abrí mi cuaderno de dibujos y me puse a trazar lo que veía.

Allí estaban los esclavos trabajando la tierra, inclinados entre las flores y los arbustos que parecían obedecer solo a su paciencia. Vi también a los niños que corrían descalzos, con la risa encendida en sus labios, y hasta un anciano que, sentado bajo un árbol, se quedó dormido con el sombrero cubriéndole los ojos. Todo me parecía digno de atrapar con mis líneas, como si de ese modo pudiera robarle un fragmento al tiempo y guardarlo conmigo para siempre.

Cuando mis manos empezaron a cansarse y la tarde fue apagando su luz, dejé el cuaderno a un lado. Me tumbé en mi cama, aún con un vestido sencillo de lino claro que caía suelto sobre mi piel. Mi cabello, húmedo todavía, se abrió como un abanico sobre la almohada, y cerré los ojos, rindiéndome sin darme cuenta al sueño.

Desperté con la voz de una esclava que me anunciaba que la cena estaba servida. Bajé y encontré a mi padre ya sentado, con la calma solemne que lo caracterizaba. La mesa era sencilla: un poco de pan con mermelada de moras, un jugo fresco que brillaba bajo la lámpara, y el silencio compartido entre los dos. Comimos sin prisa, como si esa intimidad bastara para colmar el alma.

Más tarde, cuando la casa se sumió en el murmullo de la noche, decidí caminar por el jardín. Las flores desprendían ese perfume nocturno que parecía flotar sobre el aire, y cada rincón estaba envuelto en sombras plateadas por la luna. Yo iba despacio, con la mirada perdida, cuando escuché un ruido. Me giré con sobresalto… y allí estaba él.

Me sonrió de una manera que me estremeció. Se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio, y dijo en voz baja:

—Shhh… quiero mostrarte algo.

La curiosidad me pudo más que el miedo, y lo seguí. Caminamos hasta la bahía, donde nos esperaba una canoa meciéndose sobre el agua, iluminada apenas por el reflejo de la luna. Subimos, y él tomó los remos. Remaba con firmeza, cada movimiento suyo parecía medir la distancia entre la calma del agua y la inquietud de mi corazón. Yo lo miraba, preguntándome adónde me llevaba, mientras el aire salino me acariciaba el rostro.

Cuando la isla apareció frente a nosotros, lo entendí. El sonido de tambores se filtraba en la noche, primero lejano, luego cada vez más fuerte, hasta que la tierra misma pareció latir con ese ritmo. Había hogueras encendidas que dibujaban sombras danzantes, y risas que se alzaban en un torbellino de voces. El olor a carne asada, a frutas dulces, a vino derramado llenaba el aire como una promesa.

Al desembarcar, mis ojos no podían abarcarlo todo: esclavos y libres, mujeres y hombres mezclados, todos celebraban sin reparo. Bailaban con los pies descalzos sobre la arena, bebían de copas improvisadas, reían con la boca llena de vida. Había mesas repletas de guisos, mazorcas doradas al fuego, frutas frescas cortadas en mitades jugosas. Todo era exceso, ruido, desborde.

La música lo dominaba todo. Tambores profundos que retumbaban en el pecho, guitarras que hacían vibrar las hogueras, flautas que lanzaban notas juguetonas al aire, y maracas que repiqueteaban como si fueran la risa misma de la isla. Cada instrumento parecía hablar su propio idioma, pero juntos creaban un idioma universal que invitaba a bailar.

—Mira, aquí estamos —me dijo él, con una chispa traviesa en los ojos—. Vamos a aprovechar esta celebración… disfrutemos.

Yo dudé. Pensé en mi madre y en cómo diría, horrorizada: “¡Eso es bailar vulgarmente!”. Pero, ¿acaso no era vulgar también la vida cuando se la vive sin pasión? Suspiré y me dejé arrastrar.

Me encontré en medio de la multitud, con la música golpeando en mis venas y la arena quemándome los pies. Mi vestido de lino blanco, ligero como una nube, se movía conmigo; la cinta azul que ceñía mi cintura se desacomodaba con cada giro, y mi cabello, suelto, se agitaba como llamas bajo el viento nocturno. Un broche de plata lo sujetaba apenas, brillando cuando el fuego lo tocaba.

Él, por su parte, estaba vestido con una camisa blanca, abierta en el pecho, que dejaba entrever la fuerza de su torso. Llevaba un chaleco oscuro y pantalones que se ceñían a sus movimientos. Había en su porte algo descuidado, pero tan seductor, que parecía pertenecer a la misma fiesta, como si hubiera nacido de ese fuego y de esos tambores.

Y bailamos. Bailamos como bailaban todos: con pasos rápidos que nos acercaban y alejaban, con giros que me hacían perder el aliento, con risas que se mezclaban con los gritos de los demás. Me sentía arrebatada, fuera de mí, con los brazos en alto, con la falda girando, con el corazón palpitando al mismo compás que los tambores.

La isla era un carnaval desbordado. Las hogueras iluminaban los cuerpos sudorosos que se movían sin medida; las guitarras rasgaban notas que parecían encender aún más los pies, y la flauta se reía como una muchacha insolente entre la multitud. Todo era desorden y belleza.

Yo reí, bebí vino que me ardió en la garganta, probé frutas que chorreaban dulzura por mis manos, y bailé sin descanso. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí libre. Libre de juicios, de ataduras, de silencios forzados. Solo estaba yo, mi vestido blanco, el fuego, los tambores, y él, siempre cerca, siempre mirándome como si esa noche fuera hecha únicamente para nosotros.

Y entonces lo comprendí: hay momentos que no necesitan explicación, porque existen para ser vividos en exceso, en desborde, en risa. Esa noche fue uno de ellos. Una noche donde la música no solo sonaba: nos habitaba, nos devoraba y nos devolvía convertidos en pura vida.

Después de tanto bailar, el hambre me alcanzó con fuerza. Sentía que el cuerpo ya no podía sostener tanto movimiento sin alimento, y James, atento como siempre, me condujo hacia una mesa improvisada que parecía rebosar de dones arrancados directamente del mar. Allí sirvieron camarones recién hervidos, tan frescos que todavía tenían el sabor salado de las olas, pulpo tierno cocinado con especias que perfumaban el aire, pescados enteros dorados al fuego, y conchas abiertas que brillaban bajo la luz de las hogueras como si fueran perlas vivientes.

Había también pan moreno, crujiente, aún tibio del horno, frutas apiladas con desorden natural: piñas doradas que desprendían su dulzura, mangos de pulpa suave que manchaban los labios, racimos de uvas pesadas y higos tan maduros que parecían explotar al tacto. Jarras de vino rojo pasaban de mano en mano, acompañadas de cerveza espumosa que hacía reír a quien la bebía demasiado rápido.

Yo reí como hacía mucho no lo hacía, probando de todo, sin importarme ensuciarme los dedos con salsa o dejarme una mancha de vino en el velo. Sentía que el mundo, por un instante, me pertenecía, que la alegría era tan inmensa que no cabía dentro de mí. La música seguía resonando alrededor: tambores que parecían latir desde el corazón mismo de la tierra, guitarras que desgarraban el aire con notas ardientes, flautas que se colaban agudas como risas, y maracas que marcaban el compás con un sonido hipnótico. La isla respiraba a través de esos sonidos, y cada hombre, cada mujer, cada niño parecía moverse al mismo pulso.

Cuando ya me creía satisfecha, con el vientre lleno y el alma ligera, James se levantó, me extendió la mano y me miró con esa sonrisa suya que siempre me dejaba sin defensa.

—Vamos otra vez, Selene —me dijo, como si fuera imposible que la música existiera sin que la acompañáramos.

Y fui. No me resistí, porque su mirada era un imán y su voz un mandato disfrazado de ternura. Bailamos cinco veces seguidas, perdiendo toda noción del tiempo, del cansancio y del mundo. La arena se levantaba bajo nuestros pies, mis faldas se enredaban en sus piernas, y su mano firme en mi cintura me hacía sentir protegida y al mismo tiempo vulnerable. Su mirada no se apartaba de la mía, fija, intensa, como si no existiera nadie más en aquella isla más que nosotros dos.

Cada giro me mareaba de alegría, cada paso era un fuego nuevo en mi sangre, cada risa nuestra se confundía con los gritos de la multitud. Y poco a poco, ya no supe si mi corazón seguía el ritmo de los tambores o el de su respiración cerca de mí. Me sentía ligera, como si flotara, y sin embargo, el calor de su mano y la fuerza de su cuerpo me mantenían atada a la tierra.

Pero el cansancio finalmente me venció. Con el pecho agitado y la frente húmeda, apoyé la mano en su hombro y, con una sonrisa agotada, le confesé en un susurro:

—Tengo mucho sueño…

Él no dudó un instante. Sus ojos brillaron con un destello suave, casi cómplice, y sin decir nada se inclinó, me levantó en brazos con una facilidad que me sorprendió, y me llevó consigo como si fuera una pluma. Apoyé mi rostro contra su hombro, sintiendo el calor de su piel y el aroma tenue de su ropa impregnada de humo, sal y vino. El vaivén de sus pasos sobre la arena se volvió un arrullo, y yo cerré los ojos, medio adormecida, escuchando cómo las risas y la música quedaban atrás, deshaciéndose como un eco en la noche.

Pronto estábamos de regreso en la canoa. El agua golpeaba suavemente contra la madera, y el silencio entre ambos no era incómodo, sino lleno de cosas no dichas. James remaba con fuerza y gracia, y yo lo miraba desde mi semisueño, observando cómo la luna plateaba sus facciones, cómo la tensión de sus brazos se reflejaba en cada movimiento. El cielo comenzaba a clarear; un resplandor tenue pintaba la línea del horizonte, y el aire de la madrugada era fresco, casi sagrado.

Al llegar a la casa, me bajó con un cuidado exquisito, como si temiera que mis pies desnudos se lastimaran con el suelo. Me dejó en el umbral, y por un instante creí que se marcharía sin más. Pero no. Se inclinó hacia mí, tan cerca que pude sentir el calor de su aliento mezclado con el perfume del vino y el humo de las hogueras.

Con voz baja, apenas un murmullo que se escapaba de su pecho, dijo:

—¿Qué voy a hacer contigo, mi preciosa española… mi preciosa mujer de las Indias?

Sus palabras fueron un susurro que se me clavó en el alma, y antes de que pudiera responder, me besó. No fue un beso largo, pero sí intenso, con la fuerza contenida de todo lo que aún no se había dicho. Sentí el roce de sus labios arder contra los míos, y el mundo entero se desvaneció en ese instante.

Luego, como si quisiera guardarse algo más de mí, llevó su rostro hacia mi cabello. Lo tomó entre sus manos y lo acercó a su nariz, oliéndolo profundamente, aspirando como quien se aferra a un recuerdo para que no se escape jamás. Yo temblé, cerré los ojos, dejándome llevar por ese gesto tan íntimo y tan inesperado.

Cuando los abrí, él ya se había alejado, ocultándose en la sombra de la madrugada. Me quedé allí, con el corazón desbocado, los labios aún encendidos por el beso y la certeza de que aquella noche había cambiado algo en mí para siempre.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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