Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 22
-Prefiero té en vez de café -murmuró, decidida a no dejarse vencer.
Él soltó una cálida carcajada, divertido por la ingenuidad de sus tácticas esquivas. Pero de repente dejó de reír y soltó un grito ahogado.
-¡Estás herida! -exclamó al ver la magulladura en el hombro.
-No es nada -intentó no darle importancia, pero Hassan se puso a examinar con cuidado cada palmo de piel expuesta.
-¿He sido yo o la caída?
-La caída, desde luego -respondió con el ceño fruncido. Hassan jamás le había dejado una marca.
-¿Tienes más?
-Una pequeña, en la cadera derecha -no le dijo nada del dolor en el costado de la cabeza, porque sabía que Hassan no estaba preparado para oírlo-. ¿Por qué no lo dejas de una vez? -le preguntó cuando él empezó a desatarle los pantalones-. ¡No es nada!
Pero él no escuchaba. Los pantalones cayeron al suelo, y con los dedos levantó el borde de las braguitas para inspeccionar la zona.
-Me tienes a tus pies -le dijo a modo de disculpa.
-Ya lo veo -dijo ella con voz temblorosa-. Ahora levanta y deja que me vista. ¡Puede venir alguien, por amor de Dios!
-No, si le tienen aprecio a sus vidas -respondió él, pero le subió los pantalones.
Por desgracia, Faysal escogió ese momento para hacer una de sus silenciosas apariciones. Geisa ya estaba cubierta, pero no le resultó difícil imaginar lo que Faysal debía de estar pensando. El color de sus mejillas hablaba por sí solo.
-¡Espero que esta interrupción merezca la pena! -le espetó Hassan.
-Mis más sinceras disculpas -dijo Faysal postrándose en una profunda reverencia. Geisa pensó que se iba a arrojar a sus pies-. Su honorable padre, el jeque Jalifa, desea hablar con usted inmediatamente, señor.
Hassan agarró a Geisa y la hizo sentarse en una silla.
-Faysal, mi esposa desea tomar té -Faysal corrió a cumplir la orden-. Come -le ordenó a Geisa sin mirarla. Ella casi sonrió, al verlo tan desconcertado.
Él la besó en los labios y se marchó, con la promesa de volver enseguida.
Pero los minutos pasaron y Hassan no volvía. Cuando estaba terminando el desayuno, apareció Rafiq y le comunicó que Hassan estaba ocupado con asuntos de estado.
«Asuntos de estado» siempre habían significado horas y horas de ausencia.
-¿Te importa si te hago compañía? -le preguntó Rafiq.
-¿Órdenes de estado? -le preguntó secamente, pero él le sonrió y ella le indicó una silla-. Háblame de tu amante española.
Rafiq dejó escapar un suspiro y se quitó el gutrah. Era un gesto que podía significar muchas cosas: cansancio, furia, represión, o, en ese caso, aceptación de la derrota.
-Hassan ha perdido la razón -se quejó.
-Pero aun así lo amas sin reservas, Rafiq, hijo de Jalifa al-Qadim.
Él arqueó una ceja. En algunas cosas era tan parecido a Hassan que hubieran podido ser gemelos.
-Hijo bastardo -la corrigió él-. Y tú también lo amas, así que no hablemos de eso.
Rafiq era el hijo de una hermosa amante francesa del jeque Jalifa, quien había muerto al darle a luz. Hassan solo era seis meses mayor que él, por lo que tan escasa diferencia de edad tendría que haberlos hecho enemigos irreconciliables, por tener uno lo que el otro jamás tendría. Pero los dos hombres no podrían haberse querido más ni aunque hubieran sido hijos de la misma madre. Juntos habían formado una alianza en la que descansaba el poder de su padre, y en la que también se protegió Geisa…