Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 8: Tormenta Interna
La calma era una mentira. Un frágil velo de seda sobre el filo de una navaja. Valentina lo sabía. Lo había sentido en el parque: ese segundo de vértigo que había logrado esconder tras una sonrisa forzada y una salida a tiempo.
Pero la mentira se sostenía hasta que, de repente, ya no podía.
Llegó a su apartamento con el eco de la mirada de Dante aún ardiendo en la piel. Una mezcla de euforia y terror la recorría, un cóctel peligroso que agitaba su sangre y le nublaba el juicio.
Se quitó el vestido azul, colgándolo con un cuidado casi reverencial, como si conservar su pliegue perfecto pudiera preservar también la ilusión de normalidad que había proyectado. Se puso un camisón suave, bebió un vaso de agua y se acostó, convencida de que el recuerdo de aquellos ojos grises la arrullaría hasta el sueño.
Pero su cuerpo tenía otros planes.
Fue una punzada al principio. Un pellizco agudo y traicionero justo debajo de las costillas, en ese lugar preciso que conocía demasiado bien.
No fue el latido errático de días anteriores. Esto era distinto. Más siniestro.
Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, como si el más mínimo movimiento pudiera empeorarlo.
—No, suplicó en silencio. Por favor, no ahora. No hoy.
La punzada cedió, dejando a cambio una pesadez aplastante en el centro del pecho. Era una sensación familiar: una losa de hormigón instalada sobre su esternón, dificultando cada inhalación.
El aire entraba poco y mal, como si sus pulmones estuvieran rodeados por un anillo de acero que se apretaba lentamente.
—Tranquila —se murmuró a sí misma, con una voz ya ahogada—. Solo es ansiedad. Respira. Inspira… uno, dos… Espira… uno, dos…
Intentó el ejercicio de respiración que la doctora Silva le había enseñado. Pero esta vez no funcionó. La opresión no cedía. Empeoraba.
Y entonces empezó el mareo.
No fue el velo negro fugaz del parque. Fue una lenta y terrible inclinación del mundo.
La habitación comenzó a girar a su alrededor, no con violencia, sino con una náusea persistente. Los muebles se desdibujaban en los bordes, perdiendo su forma.
Se incorporó con dificultad, apoyando los pies descalzos en el suelo frío, aferrándose al borde de la cama como a un salvavidas.
Las sienes le latían con fuerza, un tambor frenético que martilleaba en sus oídos, ahogando todo otro sonido.
Thump-thump-thump-thump.
Demasiado rápido. Demasiado irregular. No podía seguir el ritmo. Era un galope desbocado y aterrador dentro de su jaula ósea.
El pánico, ese viejo enemigo que conocía tan bien, se desató sin piedad. No era simple ansiedad; era un terror visceral, primitivo, que le helaba la sangre y le nublaba la mente.
¿Es esto? ¿Es el principio del fin? ¿La “progresión” de la que hablaba la doctora?
—No, por favor, no —jadeó, sola en la oscuridad de su habitación.
Su mano voló hacia la mesita de noche, buscando a tientas el pastillero de emergencia.
Sus dedos, torpes y entumecidos, apenas podían abrir el compartimento. Una pastilla pequeña y blanca rodó sobre la madera.
La cogió con dedos trémulos y se la metió bajo la lengua, sabiendo que debía disolverse allí para actuar más rápido. El sabor amargo, familiar y odiado, se expandió por su boca.
Se dejó caer de nuevo sobre la almohada, jadeando, con los ojos muy abiertos fijos en el techo que seguía girando lentamente.
Las lágrimas, esta vez de puro miedo e impotencia, comenzaron a correr por sus sienes y a empapar el cabello.
No había dignidad aquí. No había sarcasmo que la salvara. Solo ella, su cuerpo fallido y el silencio aterrador de la noche.
—¿Por qué a mí? —La pregunta, infantil y desgarradora, retumbó en su cráneo—. He hecho todo lo que me han dicho. He sido buena. He sonreído. He intentado ser fuerte. ¿Por qué no es suficiente?
Cada latido acelerado era un recordatorio de su fragilidad. Cada punzada de dolor, una burla a sus sueños de normalidad.
¿De qué servía desear a un hombre como Dante? ¿De qué servía fantasear con miradas y conversaciones inteligentes cuando su propio cuerpo era una prisión a punto de derrumbarse?
La desesperanza la inundó, un océano negro y frío que amenazaba con arrastrarla. Se sintió increíblemente sola. Terriblemente sola.
Y entonces, en medio del vórtice de miedo y dolor, una imagen se abrió paso.
No era la de su madre, ni la de su médico. Era la de Dante. De pie en el parque, con la camisa de lino blanco, mirándola con esa intensidad que todo lo veía.
No con lástima. Con interés. Con curiosidad. Casi con… respeto.
«¿Empuja alguna roca en particular hoy?»
La pregunta, que horas antes la había descolocado, ahora resonaba con una fuerza extraña.
Él lo había visto. Había visto la roca, la pesadez que ella cargaba, incluso antes de que este dolor la aplastara.
Y no había huido. Se había quedado. Había mirado.
Un solo, pequeño y tenue hilo de luz se abrió paso entre la oscuridad de su pánico.
No era alivio. El dolor seguía ahí, el mareo persistía, el corazón galopaba como un animal acorralado.
Pero la sensación de soledad absoluta se quebró un poco. Alguien, en algún lugar, había vislumbrado la verdad. Y no se había alejado.
Se concentró en esa imagen, en el recuerdo de sus ojos grises.
No como un salvador, sino como un testigo. Alguien que, por un instante, había parecido comprender que la roca existía.
Respiró hondo, luchando contra la opresión, intentando seguir el ritmo de su respiración y no el de su corazón desbocado.
Minutos interminables pasaron. La pastilla bajo su lengua comenzó a hacer efecto.
Lentamente, muy lentamente, el galope frenético empezó a ceder, a encontrar un ritmo menos aterrador.
La losa sobre su pecho se hizo un poco más ligera, permitiéndole aspirar bocanadas de aire más profundas.
El mareo se transformó en una modorra pesada, subproducto de la medicación y del agotamiento extremo que seguía a estos episodios.
El pánico se retiró, dejando a su paso un tendal de devastación interior.
Estaba exhausta, hecha trizas. Temblorosa y empapada en un sudor frío.
Pero estaba viva. Había pasado otra vez.
Permaneció tumbada durante mucho rato, sintiendo cómo su cuerpo volvía poco a poco a un estado de relativa normalidad, esa normalidad precaria y armada con pinzas que era su vida.
Las lágrimas siguieron fluyendo un tiempo, pero ahora eran silenciosas, de puro alivio y de una tristeza profunda.
Finalmente, se incorporó con cuidado. El mundo ya no giraba. Solo era su habitación, familiar y silenciosa.
Se miró las manos, que aún temblaban levemente. Se tocó la cara, húmeda por las lágrimas.
La fragilidad, esa compañera constante, no se había ido. Solo se había retirado a su rincón, esperando la próxima vez.
La había marcado, una vez más, con el recordatorio de que su existencia era un equilibrio delicado y perpetuo.
Se levantó y fue hasta el baño.
Al pasar frente al espejo, evitó mirar su reflejo. No quería ver a la mujer asustada y pálida que sabía que estaba allí.
Bebió otro vaso de agua, con sorbos pequeños y medidos.
Al volver a la cama, se envolvió firmemente en las mantas, buscando calor, buscando contención.
El recuerdo de Dante ya no era una punzada de deseo o curiosidad. Era algo más complejo.
Un faro distante en su tormenta privada. Una prueba de que, quizás, solo quizás, podía haber alguien capaz de ver la roca y de no pedirle que la empujara sola.
Pero el miedo seguía ahí, más arraigado que nunca.
Una cosa era querer ser vista; otra muy diferente permitir que alguien se acercara lo suficiente como para presenciar la caída.
Cerró los ojos, vencida por un cansancio que iba más allá de lo físico.
La batalla había terminado por hoy. Pero la guerra, lo sabía, estaba muy lejos de concluir.
Y esa noche soñó, no con campos abiertos, sino con una roca enorme que rodaba colina abajo, y ella, exhausta, corriendo detrás, intentando alcanzarla antes de que se hiciera añicos contra el suelo.
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Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
¡Un amor más grande que el amor!
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