Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 16
Luciana
Hablar toda la noche con Alexander había sido… gratificante. No encontraba otra palabra que le hiciera justicia. Nos quedamos despiertos hasta que el cielo empezó a aclarar apenas, compartiendo silencios cómodos y confesiones pequeñas que, sin darnos cuenta, se volvieron enormes.
Hablamos de libros, de miedos que no se dicen en voz alta, de rutinas absurdas que terminan salvando días malos. El tiempo fue corto, demasiado corto, como si alguien hubiera decidido acelerarlo solo para recordarnos que no todo puede controlarse.
Cuando mis damas de honor y mi madre llegaron por mí, la casa se llenó de voces, risas nerviosas y perfume. En el auto, camino al lugar de la ceremonia, no dejaron de repetirme lo mismo:
—Alexander te mira con ojos de amor —dijo una—. No es una mirada ensayada.
Yo asentía, sonreía, pero por dentro la duda era terca. Pensaba si alguien como él, tan entrenado para leer y manipular escenarios, podría fingir algo así. Si ese brillo podía fabricarse. Si el amor también podía ser parte de un contrato bien ejecutado.
Cada minuto que pasaba me ponía más nerviosa. Mi madre me tomó las manos mientras ajustaban los últimos detalles del vestido.
—Te ves preciosa —dijo con esa voz suave que solo usa cuando está emocionada.
—Gracias, mamá —respondí, intentando no llorar.
Mi padre, en cambio, me miró con seriedad fingida y cariño real.
—Todavía estás a tiempo de arrepentirte —me dijo—. Yo te ayudo, mi cielo.
Me reí, porque necesitaba hacerlo.
—Estoy segura, papá. Gracias.
Él suspiró.
—Uno nunca sabe —murmuró, besándome la frente.
Al llegar al lugar de la ceremonia, el murmullo se volvió estruendo. Había demasiados periodistas, flashes estallando como pequeñas tormentas de luz. No me veían del todo, pero eso no importaba: querían la primicia, el vestido, el gesto, cualquier fragmento que pudieran convertir en titular. Respiré hondo antes de entrar.
El salón —abierto hacia una terraza elegante— parecía suspendido en el atardecer. Guirnaldas de luces cálidas colgaban entre vigas de madera, flores blancas y verdes suaves enmarcaban el espacio, y más allá, el paisaje se perdía en colinas bañadas por el sol que comenzaba a caer. Todo era íntimo y solemne a la vez, como si el mundo se hubiera reducido a ese instante.
Entonces lo vi.
Alexander estaba de pie, esperando, y sonreí sin darme cuenta. Me había hecho caso. Nada de negro, nada de grises en ninguna de sus variantes infinitas. Llevaba un traje azul oscuro, profundo, perfectamente entallado, que lo hacía ver más alto, más sereno… más novio. Era encantador. Y se veía tan bien que sentí un nudo en el pecho.
Cuando llegué a su lado, sus dedos buscaron los míos con naturalidad. No hubo rigidez, no hubo duda. Solo ese contacto firme que parecía decir estoy aquí.
El notario habló, las palabras pasaron como un murmullo distante hasta que escuché la frase que lo cambió todo:
—Puede besar a la novia.
No lo dudamos ni un segundo. El beso fue cálido, electrizante, distinto a cualquier otro que hubiera sentido. No fue para el público ni para las cámaras. Fue para nosotros. Cuando nos separamos, sonreímos, y por primera vez pensé que tal vez algunas cosas no necesitan explicación.
No cambié mi apellido. El Ríos se quedó conmigo; solo le añadí el de Montclare. Ahora era oficialmente Luciana Ríos de Montclare. Me gustó cómo sonaba. Me gustó que no borrara quién era.
La velada fue encantadora. Caminamos de la mano, saludamos, reímos. Alexander revisaba su teléfono de vez en cuando, pero siempre volvía a mí, atento, presente.
—¿Todo bien? —le pregunté en voz baja.
—Disfruta —respondió—. Mañana hablamos con calma.
—¿Seguro?
—Sí.
Nuestro primer baile fue sencillo y perfecto. Hablamos, reímos, nos olvidamos de guerras, de contratos, de estrategias. En medio del baile me besó otra vez, y sentí que algo dentro de mí cedía. Luego, Alexander tomó el micrófono y dijo unas palabras tan honestas, tan inesperadamente dulces, que me acongojaron. Tuve que parpadear varias veces para no llorar frente a todos.
Cuando la música volvió a subir y los aplausos nos envolvieron, apoyé la cabeza en su hombro. Por un instante, pensé que tal vez podía confiar. Que tal vez este matrimonio era más que una jugada.
Entonces sentí cómo su cuerpo se tensaba apenas. Su teléfono vibró de nuevo. Esta vez no sonrió al guardarlo.
Y supe, sin que dijera una sola palabra, que algo acababa de cambiar.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/