Él es Leonardo "Leo" Santamaría, hijo de uno de los dueños del hospital más prestigioso del país. Un médico brillante, pero arrogante y mujeriego. Es conocido por sus noches de fiesta, su actitud despreocupada y su fama de ser un profesor insoportable. Para él, la vida es un juego en el que nunca ha tenido que luchar por nada… hasta que la conoce a ella.
Ella es Isabela "Isa" Moreno, una estudiante de medicina determinada a convertirse en doctora para asegurar un futuro para su hijo. A sus 24 años, ha aprendido a ser fuerte, a sobrevivir sin ayuda y a mantener su vida privada en secreto. La última persona con la que querría cruzarse es con un profesor prepotente como Leo, pero el destino tiene otros planes.
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capítulo 8
El sábado llegó rápidamente, y mientras Isabela se preparaba frente al espejo, se sintió extraña. El vestido elegante, el maquillaje, todo lo que estaba haciendo para cumplir con lo que Leo había pedido, le dejaba un sabor amargo en la boca. Su hija Mariana la peinaba con cuidado, y Matías, su hijo, estaba organizando su bolso con la ayuda de su abuela. La casa estaba llena de risas y pequeñas conversaciones, pero dentro de ella, la tristeza la invadía.
A pesar de estar rodeada de amor, Isabela no podía evitar sentirse sucia. Cada vez que pensaba en lo que estaba por hacer, una oleada de repulsión la llenaba. ¿Cómo podía ser madre y aceptar esto? ¿Cómo podía mirarse en el espejo y ver a esa mujer que estaba a punto de ceder por algo tan humillante? Era como si estuviera traicionando todo lo que había luchado por enseñarles a sus hijos: respeto, dignidad, honestidad.
Mariana, al ver que su madre se quedó en silencio, notó el cambio en su expresión. Se acercó a ella con cuidado, tocando su brazo, preocupada.
—Mamá, ¿qué pasa? —preguntó con su voz suave y llena de inocencia.
Isabela trató de disimular sus lágrimas, pero no pudo. De repente, el peso de la situación la desbordó. Se cubrió el rostro con las manos, sintiendo la presión en su pecho. No podía contenerse más.
—No pasa nada, mi amor —dijo, con la voz quebrada—. Solo… estoy tan feliz por tener una familia tan hermosa como la nuestra.
Mariana la miró con esa pureza que solo los niños tienen, sin entender del todo la tristeza detrás de las palabras de su madre. Le sonrió y continuó peinándola con ternura. Pero dentro de Isabela, el dolor seguía siendo profundo, cada vez más difícil de ignorar.
Aunque intentaba convencerse de que estaba tomando la mejor decisión para su familia, en lo más profundo de su ser, sabía que lo que iba a hacer no era lo que realmente quería. Pero por sus hijos, por todo lo que había luchado hasta ahora, estaba dispuesta a hacer cualquier sacrificio. La sonrisa en el rostro de Mariana, su hija, la mantuvo firme. Quizás algún día entendería todo lo que había hecho, o tal vez no. Pero lo que realmente le importaba en ese momento era que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba haciendo lo que debía, aunque doliera.
La fiesta en el patio de la universidad estaba llena de música y risas. Todos celebraban haber pasado los exámenes, pero Isabela no podía disfrutar del ambiente. Se sentía fuera de lugar, como si todo a su alrededor fuera una mentira que no podía encajar.
Su mamá le había dicho que era una fiesta para celebrar, pero ella solo pensaba en lo que estaba a punto de hacer. No importaba cuánto tratara de convencerse de que todo era por su familia, sentía una gran vacuidad por dentro.
Luna, su amiga, se acercó a ella con cara de preocupación. Sabía que algo no estaba bien.
—Isabela, ¿estás bien? —preguntó suavemente.
Isabela intentó sonreír, pero no lo consiguió del todo. Su sonrisa no alcanzaba sus ojos.
—Sí, solo estoy un poco cansada. —Respondió con voz temblorosa.
Luna la miró, pero no insistió. Aun así, Isabela notaba que su amiga no estaba convencida. Para calmarse un poco, levantó una copa de la mesa y bebió de un trago. El alcohol le quemó la garganta, pero le dio un poco de valor.
El ruido de la fiesta se empezó a desvanecer en su mente, hasta que su teléfono vibró. Un mensaje apareció en la pantalla de su celular.
Con manos temblorosas, Isabela abrió el mensaje y leyó:
"Soy Leo. Te espero fuera de la universidad."
Un nudo se formó en su estómago. No esperaba ese mensaje tan pronto. No sabía si sentir miedo, rabia o incluso culpa. Lo que sí sabía era que no podía dar marcha atrás.
Luna la miraba, como si esperara que le explicara qué pasaba, pero Isabela solo guardó el teléfono sin decir una palabra. El ruido de la fiesta se fue apagando mientras se centraba en lo que venía. Se sentía atrapada, como si ya no hubiera salida.
—Voy a salir un momento —dijo, con voz tensa.
Luna la miró, pero no dijo nada. Isabela, sin más, salió hacia la puerta. Respiró hondo, sintiendo que algo importante estaba por suceder, aunque no sabía qué sería. Solo sabía que esa noche todo cambiaría, y ya no podía detenerlo.
Estimada escritora, ojo con los cambios de nombres y apellidos.