--tú tienes algo que yo quiero,si me lo das, dejo es paz a el idiota ese -que es eso ?? -tú cuerpo
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Capítulo 8 mil y un acuerdo
Narra Mariana
Hoy todo parecía normal hasta que mi teléfono vibró con un mensaje de Keynel. No era frecuente que me escribiera fuera del horario laboral, así que mi corazón dio un vuelco antes de leerlo:
“¿Podrías acompañarme a revisar un proyecto fuera de la oficina esta tarde? Solo nosotros dos. Es importante.”
Me quedé congelada un instante. “Solo nosotros dos” resonó en mi cabeza como una alerta y una promesa al mismo tiempo. Mi primer impulso fue responder que no podía, que era demasiado tarde, que era trabajo. Pero una parte de mí sabía que decir que no sería imposible.
Finalmente escribí:
“De acuerdo, ¿a qué hora?”
Él respondió al instante:
“17:30. Te paso por la oficina.”
Durante la tarde, mi mente no dejaba de girar en torno a ese mensaje. La tensión de los últimos días, la cercanía peligrosa, los roces que aún sentía en la piel… todo se mezclaba y se hacía más intenso.
Cuando sonó el timbre del ascensor, respiré hondo. Allí estaba él, con su chaqueta casual y la expresión seria que sabía que significaba que había algo más que trabajo en juego.
—Listos para irnos —dijo, con esa voz grave que siempre lograba acelerarme el pulso.
Asentí, intentando mantener la calma. Subí al auto y nos dirigimos hacia un edificio donde se reuniría con un cliente importante. El trayecto fue silencioso, pero no incómodo. Cada mirada de reojo, cada gesto mínimo que coincidía con el suyo, hacía que la tensión se volviera casi tangible.
—Mariana —dijo de repente, rompiendo el silencio—. Hoy necesitaba tu ayuda no solo por tu profesionalidad… también porque confío en tu juicio.
Sentí un escalofrío recorrerme. No era la primera vez que me decía algo así, pero decirlo fuera de la oficina lo hacía más cercano, más íntimo.
—Gracias… me alegra poder ayudar —respondí, intentando sonar natural, aunque mi corazón latía como un tambor.
El lugar estaba lleno de planos y muestras del proyecto. Mientras revisábamos juntos cada detalle, nuestras manos se rozaban sutilmente al pasar papeles o señalar puntos importantes. Cada roce era breve, pero suficiente para que mi piel se erizara.
—Debemos asegurarnos de que esto salga perfecto —dijo él, inclinándose hacia mí para mostrar un plano—. Y confío en que tú lo harás bien.
Me quedé demasiado cerca, y el aire entre nosotros se sentía cargado de algo que no era solo trabajo. Mi respiración se volvió consciente, y por un instante, creí que un simple contacto bastaría para cruzar esa línea invisible que ambos estábamos evitando.
—Keynel… —susurré, sin saber si debía hablar o permanecer en silencio—. Esto… está demasiado cerca de lo personal.
Él me miró con una intensidad que me hizo vacilar.
—A veces, Mariana, lo personal y lo profesional no se pueden separar. No del todo.
Mi corazón golpeó con fuerza, y mis pensamientos se mezclaron entre lo que debía hacer y lo que deseaba. Por un segundo, nos quedamos en silencio, tan cerca que sentí su aliento y su energía como una corriente eléctrica que me atravesaba.
—Debemos… mantener el control —murmuré finalmente.
—Sí —respondió él, con un tono que mezclaba respeto y desafío—. Pero eso no significa que no podamos disfrutar el camino.
Ese comentario, sutil pero cargado de significado, hizo que mi pulso aumentara. Por un momento, el profesionalismo parecía frágil, y la tensión entre nosotros era casi imposible de ignorar.
Cuando finalmente salimos del edificio, la tarde caía sobre la ciudad, y la luz dorada se filtraba entre los edificios. Nos quedamos un momento en silencio junto al auto, y aunque ninguno se movió para acercarse demasiado, la cercanía era evidente, y el calor que emanábamos parecía imposible de contener.
—Gracias por acompañarme —dijo él, con suavidad.
—Gracias a usted por confiar en mí —respondí, consciente de que no era solo una formalidad.
Subí al auto y, mientras manejaba hacia la oficina, mi mente seguía repasando cada instante. Cada roce, cada mirada, cada palabra contenía más de lo que ambos queríamos admitir.
Y supe, con una claridad que me asustaba y me excitaba al mismo tiempo, que esto apenas estaba comenzando.
Porque Keynel no era solo un jefe.
Era un desafío que quería enfrentar, incluso si eso significaba perder un poco del control que aún me quedaba.
Y aunque intentara resistirme, una parte de mí ansiaba saber hasta dónde podía llegar esta tensión peligrosa entre nosotros.
gracias