Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
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Capítulo 7
Capítulo 7
Tres maneras de matar una revolución
—Entonces quiero escucharlas.
Emilio no pidió permiso para ponerse de pie.
Giró la libreta hacia Felipe Farías, tomó el marcador de la mesa y escribió tres palabras en la pantalla blanca: precio, poder, miedo.
—La primera manera de matar el supresor es venderlo como producto de lujo —dijo—. Si entra al mercado con precio alto, los laboratorios tradicionales lo van a absorber como competencia premium y nada cambia. Los Omegas pobres seguirán comprando lo mismo de siempre, tarde y caro.
Felipe cruzó los brazos.
—El desarrollo costó años.
—Y puede recuperar inversión por volumen, no por exclusión.
Un técnico al fondo murmuró algo. Felipe lo calló con una mirada.
Emilio marcó la segunda palabra.
—La segunda es dejar distribución en manos de los mismos intermediarios que ya controlan supresores tradicionales. Si ellos deciden qué farmacias reciben stock, van a ahogar el producto sin tocar la fórmula.
Sebastián, sentado en la cabecera, no cambió de postura. Pero sus ojos estaban fijos en la mano de Emilio, en el marcador moviéndose sin temblar.
—La tercera —continuó Emilio— es subestimar el miedo.
Felipe levantó una ceja.
—Explícate.
—Los Alfas de rango alto no van a decir públicamente que temen perder control sobre Omegas dependientes de supresores caros. Van a hablar de seguridad sanitaria, de protocolos, de "riesgos sociales". El Consejo Regulador Alfa puede retrasar la autorización si alguien les entrega el discurso correcto.
La sala quedó en silencio.
Felipe ya no sonreía.
—Hablas como si conocieras el Consejo.
—Hablo como alguien que ha visto suficientes personas usar palabras bonitas para mantener a otros en su lugar.
Sebastián bajó la mirada a los documentos.
No porque necesitara leer.
Porque si seguía mirando a Emilio, los demás podían notar algo en su cara.
La negociación duró cinco horas.
No fue una reunión; fue una pelea con aire acondicionado. Felipe defendió control científico. Sebastián exigió distribución exclusiva. Los abogados discutieron responsabilidad civil. Un financiero de Laboratorios Farías intentó inflar proyecciones con números que Emilio corrigió dos veces hasta que el hombre dejó de hablarle y empezó a hablarle a su calculadora.
A las ocho de la noche, Felipe soltó una presión feromonal.
No fue ataque. No hubo amenaza directa. Solo un peso invisible llenando la sala, pólvora química sin olor definido, fuerza de Alfa de rango alto recordándoles a todos que Laboratorios Farías no era un laboratorio pequeño pidiendo rescate.
Dos abogados bajaron la mirada.
El financiero tragó saliva.
Emilio siguió escribiendo.
Sintió la presión como un cambio de clima sobre la piel, incómodo, denso, pero no insoportable. Nada comparado con el frío de Sebastián cuando la sala entera parecía inclinarse hacia él. Nada comparado con crecer en una casa donde el peligro no necesitaba feromonas para enseñarle a respirar despacio.
—El punto diecisiete está mal redactado —dijo, sin levantar la voz.
Felipe lo miró.
—¿Perdón?
—Si Grupo Cénit asume distribución directa en zonas de bajos ingresos, también debe asumir obligación de inventario mínimo. Si no lo ponen por escrito, dentro de seis meses cualquier gerente puede recortar suministro donde no convenga.
Sebastián giró apenas la cabeza.
—Inclúyelo.
El abogado de Grupo Cénit parpadeó.
—Señor Luján, eso aumenta responsabilidad...
—Dije que lo incluyas.
Felipe observó a Emilio durante tres segundos largos.
Luego retiró la presión feromonal.
—Bien —dijo—. Ahora sí estamos negociando.
Emilio no se sentó todavía.
—Falta una cosa.
El abogado de Laboratorios Farías soltó un suspiro apenas audible. Felipe lo ignoró.
—Habla.
—Ailara Biotech no va a esperar a que lancen el producto. Si no puede comprar la patente, va a comprar proveedores, empaques, transporte o voluntades en clínicas piloto. Necesitan rutas duplicadas y contratos separados por región. Nadie fuera de esta sala debe conocer el mapa completo de distribución.
Sebastián lo miró como si acabara de mover una pieza que él había reservado para el final.
—Eso encarece operación —dijo Felipe.
—Menos que perder el primer lote por sabotaje y salir en redes como laboratorio incompetente.
El técnico del fondo bajó la mirada a sus notas.
Felipe señaló a uno de sus asistentes.
—Anota eso.
Sebastián no dijo nada. No hacía falta. Por primera vez desde que Emilio entró a Grupo Cénit, su silencio no sonó a evaluación. Sonó a reconocimiento.
A medianoche, la sala olía a café, tinta de marcador y cansancio. El mar golpeaba más allá de la ventana negra. La mayoría de los técnicos se había ido. Quedaban Felipe, Sebastián, Emilio, dos abogados medio muertos y una charola de pan dulce que nadie aceptaba admitir que había devorado.
Emilio había perdido la cuenta de las versiones del contrato.
Sebastián no.
—Distribución prioritaria en clínicas registradas —dijo Emilio, revisando la última página—. Precio máximo por unidad durante los primeros dieciocho meses. Auditoría externa trimestral. Penalización si cualquier filial retiene stock para manipular demanda.
—Y Laboratorios Farías conserva patente base —añadió Felipe.
—Con licencia de fabricación escalonada para Grupo Cénit si se cumplen metas de acceso.
Felipe apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla.
—Tu asistente es molesto.
—Lo sé —dijo Sebastián.
Emilio no levantó la vista.
—Estoy en la sala.
—También lo sé.
Felipe soltó una risa corta. Era la primera risa real del día.
Firmaron el memorando de intención a la una con diecisiete de la mañana.
No era el contrato final. Era mejor. Era una puerta abierta con condiciones claras, precio controlado y poder suficiente para incomodar a toda la industria.
Cuando salieron de Laboratorios Farías, Puerto Esmeralda estaba húmedo y casi vacío. Un guardia bostezaba junto a la reja. Emilio bajó los escalones con la libreta contra el pecho y una rigidez nueva en los hombros.
Sebastián caminó a su lado.
—Lo de la presión de Felipe —dijo.
—¿Sí?
—No reaccionaste.
Emilio miró hacia el estacionamiento.
—Sí reaccioné.
—No lo suficiente.
—¿Eso es una queja?
Sebastián se detuvo.
La luz del estacionamiento le marcó los pómulos y el borde frío de los ojos. A esa hora, sin el público corporativo alrededor, parecía menos una estatua y más un hombre cansado que no sabía cómo hacer una pregunta sin convertirla en orden.
—¿Te sentiste mal?
Emilio tardó en contestar.
—No.
La respuesta era verdad. No toda la verdad, pero sí la parte útil.
Sebastián sostuvo su mirada un segundo más.
—Si vuelves a sentirte mal por presión feromonal, lo dices.
—Soy Beta, señor Luján.
—Los Betas también se rompen.
La frase salió seca.
Emilio no supo qué hacer con eso.
La camioneta llegó antes de que tuviera que responder.
En el hotel, Sebastián subió primero a una llamada con Ciudad Arcoíris. Emilio entregó copias digitales a Andrés, revisó correos y bajó al lobby por agua. Cuando volvió, Felipe estaba junto a la terraza, hablando con Sebastián en voz baja.
Emilio se detuvo detrás de una columna, no por espiar. Por no interrumpir.
—Tu asistente —dijo Felipe—. ¿Estás seguro de que es Beta?
El aire cambió.
Sebastián no contestó de inmediato.
Felipe miró hacia los elevadores, como si aún pudiera ver a Emilio atravesando la presión feromonal sin bajar la pluma.
—Su compostura bajo presión Alfa es demasiado limpia. Inusual.
Desde la columna, Emilio sintió que la botella de agua se le enfriaba en la mano.
Sebastián habló al fin, bajo y cortante.
—Su expediente dice Beta.
Felipe no sonrió.
—Los expedientes también se equivocan.