Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
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Capítulo 7 — Tercer sueño
Después de que Mara se fue, después de que el eco de sus preguntas se disolvió en el silencio del apartamento, Valeria intentó no pensar.
No pudo.
El olor seguía ahí. Permanente. Instalado en cada rincón, como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio. La marca latía con un pulso lento y constante, como un segundo corazón que hubiera aprendido a vivir debajo de su piel.
Se sentó frente al ordenador.
El manuscrito seguía abierto en la página donde la línea de Dorian la esperaba:
La próxima vez no me aparto.
El cursor parpadeaba.
—¿Y si no hay próxima vez? —susurró al aire—. ¿Y si decido no dormir? ¿Y si…?
No terminó la frase.
No porque no quisiera, sino porque sabía que era mentira.
Iba a dormir.
Iba a volver a soñar.
Iba a buscarlo, aunque no quisiera admitirlo.
Apagó el ordenador.
Se metió en la cama.
Cerró los ojos.
El olor la mecía mientras el sueño tiraba de ella.
El apartamento no es el apartamento.
Valeria lo sabe en cuanto abre los ojos. Las paredes son las mismas. Los muebles también. Pero la luz es diferente.
Más densa.
Más antigua.
Como si el espacio hubiera retrocedido en el tiempo sin moverse del sitio.
Él está apoyado en el marco de la puerta del dormitorio. Brazos cruzados, una pierna ligeramente flexionada, la cabeza ladeada.
La misma postura de la primera noche.
Pero esta vez no hay distancia.
Esta vez ella no espera.
Se levanta de la cama y camina hacia él.
No hay dudas.
No hay miedo.
Su cuerpo sabe lo que quiere antes de que su cabeza pueda formularlo.
Él sonríe.
Esa sonrisa que sabe demasiado.
—Hola —dice.
Valeria no responde.
Lo besa.
El beso es distinto al de la otra noche. No es breve. No es controlado. Es largo, profundo, con una urgencia que lleva días acumulándose.
La boca de él sabe a algo que no puede nombrar: noche, tormenta, espera.
Las manos de ella buscan su nuca, sus hombros, su espalda. Quiere tocarlo todo a la vez.
Él la sostiene.
La ajusta contra su cuerpo como si encajara ahí. Como si siempre hubiera encajado.
Una mano en su cintura.
La otra en su nuca.
Sosteniendo el beso. Profundizándolo.
Cuando por fin se separan, ambos respiran hondo.
—Así que escribes sobre mí —dice él.
La voz es grave, tranquila. Pero hay algo en sus ojos: una chispa, un orgullo apenas contenido.
—¿Cómo sabes? —pregunta ella.
—Lo sé todo de ti.
El pulgar de él roza su labio inferior.
—Siempre lo supe.
La besa otra vez.
Esta vez sus manos empiezan a moverse.
Recorren sus brazos despacio, como si estuviera aprendiendo la textura de su piel. Bajan por la espalda, trazan la curva de la cintura, suben por las costillas.
Los dedos se deslizan bajo la camiseta apenas un par de centímetros.
Lo suficiente para que ella sienta el calor de su piel contra la suya.
Valeria gime contra su boca.
Él sonríe.
Lo siente en los labios.
—¿Qué estás escribiendo? —pregunta él, aún rozando su boca.
—Una novela.
—Ya lo sé. ¿Sobre qué?
—Sobre un hombre.
—¿Qué clase de hombre?
Las manos de él siguen moviéndose. Ahora recorren sus muslos por encima del pantalón del pijama, lentas, deliberadas.
Ella tiene que concentrarse para responder.
—Un hombre que aparece en sueños… que no sabe si es real. Que mira como si llevara siglos esperando.
—¿Cómo mira?
—Como si todo lo demás no importara. Como si ella fuera lo único real.
Él se separa lo justo para mirarla a los ojos.
La mano en su nuca la sostiene. El pulgar dibuja círculos detrás de su oreja.
—¿Y cómo es?
—Tiene ojos grises. A veces se vacían… como si hubiera visto demasiado. Tiene una sonrisa que sabe cosas que no dice. Y a veces, cuando no mira, se le nota algo.
Valeria duda un segundo.
—Una tristeza. Algo que no nombra.
Él la observa en silencio.
Algo en su mirada cambia.
No es tristeza exactamente.
Es reconocimiento.
Como si ella hubiera dicho algo que él necesitaba escuchar desde hacía mucho tiempo.
—Eres tú —dice Valeria.
La verdad le sale sin esfuerzo, como si siempre la hubiera sabido.
—Te estoy describiendo a ti.
Él no confirma.
Tampoco lo niega.
Solo sigue mirándola de esa forma que la desarma.
—Llevas toda la vida escribiendo sobre mí —dice al final—. Desde la primera palabra.
Hace una pausa.
—Solo que no lo sabías.
Claro, piensa Valeria.
Por supuesto. El tipo de mis sueños también es mi personaje.
¿Qué sigue? ¿Aparece en los agradecimientos?
El pensamiento la hace sonreír.
Él lo nota.
—¿De qué te ríes?
—De nada. De lo absurdo que es todo esto.
—¿Qué es absurdo?
—Que esté aquí contigo. En un sueño. Escribiendo sobre ti sin saberlo.
Lo mira con una mezcla de incredulidad y diversión.
—Y que lo peor de todo es que eres buen personaje.
Hace una pausa.
—El muy cabrón es buen personaje.
Él ríe.
Una risa baja, genuina, que le cambia la cara. Por un momento —solo un momento— la tristeza desaparece.
—Me alegro de que lo apruebes —dice.
Y vuelve a besarla.
Esta vez sus manos son más audaces.
Recorren su cuerpo con una seguridad que quema.
La cintura.
Las caderas.
El borde de la ropa.
Los dedos encuentran el límite de la camiseta y se deslizan debajo, trazando la piel de su vientre.
Suben despacio.
Cada centímetro es una pregunta.
Y una respuesta.
Valeria arquea la espalda, buscando más contacto.
Las manos de él responden.
Suben.
Casi.
Casi.
—Por favor… —susurra ella.
Ni siquiera sabe exactamente qué está pidiendo.
Él la mira.
Los ojos grises están más oscuros que nunca.
Hay deseo, sí.
Pero también control.
Un control férreo. Antiguo. Aprendido en siglos de espera.
—Todavía no —dice.
—¿Por qué?
—Porque cuando sea… quiero que estés despierta.
La mira fijamente.
—Quiero verte. Quiero que sepas que es real.
—Esto es real.
—No del todo.
Apoya la frente contra la de ella.
—Pero pronto.
Hace una pausa.
—Cuando despiertes, escribe. Todo.
—¿Todo qué?
—Lo que sientes. Lo que quieres. Lo que no te atreves a decir.
Su voz baja un poco.
—Escríbelo.
—¿Y después?
—Después volverás a dormirte.
Una sombra de sonrisa cruza su boca.
—Y yo estaré aquí.
El sueño empieza a desvanecerse.
Los bordes del apartamento se vuelven borrosos. La luz cambia. La densidad del aire disminuye.
Valeria intenta aferrarse a él.
Pero sus manos encuentran vacío.
—No te vayas —dice.
Él sonríe.
Esa sonrisa triste.
—Siempre estoy.
Hace una pausa.
—Solo tienes que cerrar los ojos.
Y entonces ella despierta.
La luz del amanecer entraba por la ventana.
Valeria abrió los ojos con el corazón latiéndole en la garganta, los labios hinchados de besos que no habían existido y el cuerpo entero recordando unas manos que ya no estaban.
La marca pulsaba.
Fuerte.
Como si él siguiera tocándola.
Se incorporó.
Salió de la cama.
Fue al ordenador sin pensarlo, sin detenerse a procesar, sin permitirse dudar.
Lo encendió.
Abrió el manuscrito.
Las palabras vinieron solas.
Escribió una página.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Las frases se encadenaban con una urgencia que no controlaba —y que tampoco quería controlar.
Escribía sobre él.
Sobre sus ojos grises.
Sobre sus manos recorriendo su cuerpo.
Sobre la tristeza que a veces asomaba cuando no miraba.
Sobre la espera.
Sobre los siglos.
Sobre el monstruo que no había nacido.
El monstruo que se había hecho.
El monstruo que se había hecho cuando la perdió.
Pero también escribía sobre ella.
Sobre cómo se sentía cuando él la miraba. Sobre la forma en que su cuerpo respondía sin preguntar.
Sobre la mezcla de miedo y deseo que le quemaba las entrañas.
Cuando terminó, cuando las palabras se detuvieron por sí solas, se recostó en la silla y leyó lo que había escrito.
Era oscuro.
Era crudo.
Era verdadero de una forma que nada de lo que había escrito antes lo había sido.
Y era sobre él.
Había una frase, en particular, que le heló la sangre.
No sabía que se podía extrañar a alguien que nunca había tenido.
La leyó tres veces.
La marca pulsó con cada lectura.
—Joder… —susurró.
El móvil vibró.
Un mensaje de Marcos.
Marcos:
¿Estás despierta? Te escribí anoche y no respondiste.
Valeria:
Despierta ahora. Escribiendo.
Marcos:
¿Puedo ver?
Dudó un segundo.
Luego adjuntó las cuatro páginas.
Envió.
La respuesta llegó en menos de cinco minutos.
Marcos:
Esto es lo mejor que has escrito. ¿De dónde salió?
Valeria:
No lo sé.
Marcos:
Pues de donde sea, no lo sueltes. ¿Cuánto tienes?
Valeria:
Ochenta páginas.
Marcos:
¿Ochenta? ¿En una semana? ¿Qué tomaste y dónde lo consigo?
Valeria:
Nada. Solo escribo.
Marcos:
Pues no pares. Quiero el manuscrito completo en cuatro semanas. ¿Podrás?
Cuatro semanas.
Treinta días.
Dependiendo de él.
Dependiendo de los sueños.
Dependiendo de que siguiera viniendo.
Valeria:
Sí.
Mintió.
Pero no sabía qué otra cosa decir.
Marcos:
Esa es mi escritora. Te leo luego.
Dejó el móvil.
El olor seguía ahí.
Permanente.
Instalado.
La marca pulsó una vez.
Lenta.
Valeria miró la pantalla.
La última línea que había escrito estaba ahí, esperándola:
No hay monstruo más peligroso que aquel al que le enseñaste a querer.
—¿Eso soy yo? —susurró al aire—. ¿Eso eres tú? ¿Eso somos?
El silencio no respondió.
Pero el olor se intensificó un momento.
Solo un momento.
Como una respuesta.
Valeria se quedó mirando la línea.
Pensó en Marcos.
En las cuatro semanas.
En las páginas que le quedaban por escribir.
Calculó.
Necesitaba al menos cien páginas más para terminar el manuscrito.
Cien páginas que solo podían llegar cuando él estaba cerca.
Pensó en Leo.
En los martes.
En la sombra que llegaba un instante después que él.
Pensó en Mara.
En su pregunta.
En el hueco en su memoria que no podía explicar.
Y pensó en él.
En sus manos.
En su boca.
En sus ojos grises vaciándose un segundo.
—¿Y si la única forma de seguir escribiendo es seguir soñando contigo?
No hubo respuesta.
Pero ya sabía la respuesta.
Se levantó.
Fue a la cama.
Se tumbó.
Cerró los ojos.
El olor la envolvía como una promesa.
Y mientras el sueño empezaba a reclamarla, mientras el apartamento parecía doblarse sobre sí mismo, supo que él ya estaba esperando.
Solo tenía que ir a buscarlo.