El equilibrio del mundo se fractura cuando fuerzas antiguas despiertan desde el Velo que separa las realidades.
Silvan y Amara no confían el uno en el otro, pero el destino los obliga a luchar juntos mientras los reinos los señalan como una amenaza.
Cuanto más intentan separarlos, más evidente se vuelve que su vínculo no es casualidad, sino parte de un diseño prohibido que podría salvar el mundo… o destruirlo.
Perseguidos, marcados y temidos, deberán decidir entre huir solos o permanecer juntos y enfrentar una convergencia que cambiará la realidad para siempre.
El mundo teme su poder.
Ellos temen lo que empieza a nacer entre ambos.
Y el Velo observa.
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Capítulo 7 — Voces bajo la corteza
El bosque no habló cuando Silvan y Lyra abandonaron el círculo de piedras.
Pero los observó.
El trayecto hacia la ciudad arbórea fue más largo de lo habitual. No por la distancia… sino por la sensación constante de ser seguidos. No por pasos. No por respiración. Por conciencia.
Lyra caminaba a su lado en silencio, atenta a cualquier alteración. Dos veces se detuvo para tocar la corteza de los árboles más antiguos. En ambos casos, retiró la mano con el ceño fruncido.
—Están inquietos —murmuró.
Silvan lo sentía también. La savia del bosque ya no fluía con la serenidad habitual. Había tensión en las raíces, una vibración contenida bajo la tierra.
Cuando por fin las primeras plataformas élficas aparecieron entre las copas —suspendidas entre troncos gigantescos y unidas por puentes de madera viva— el murmullo ya era evidente.
Los centinelas no estaban en sus posiciones habituales.
Estaban reunidos.
Esperando.
En cuanto Silvan puso un pie en la primera pasarela, todas las miradas se volvieron hacia él.
No había hostilidad abierta.
Pero sí sospecha.
Lyra no se separó.
—El consejo ya sabe que estuviste fuera del límite —le susurró—. Y saben que el latido comenzó después.
Silvan no respondió. No tenía intención de mentir.
La cámara del consejo se encontraba en el corazón del árbol más antiguo, cuyas raíces descendían más allá de la memoria registrada. Las paredes interiores estaban vivas, pulsando con una luz tenue que normalmente transmitía calma.
Hoy, la luz era inestable.
Los ancianos ya estaban reunidos cuando entraron.
Eldran, el más antiguo de los consejeros, levantó la vista primero. Sus ojos, claros como la savia cristalizada, se clavaron en Silvan.
—El bosque ha sido alterado —dijo sin preámbulos—. Y tú estabas fuera cuando comenzó.
No era una acusación.
Era un hecho.
Silvan avanzó hasta el centro del círculo.
—No fui el único.
Un leve murmullo recorrió la sala.
—Explica —ordenó otra voz, más severa.
Silvan sostuvo el peso de todas las miradas.
—El monolito del claro norte… despertó.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier reproche.
Algunos de los ancianos cerraron los ojos, como si esperaran no haber escuchado correctamente.
—Ese sello fue establecido antes de nuestros registros —dijo Eldran con voz baja—. No puede “despertar”.
—Despertó —repitió Silvan—. Y no contenía una criatura. Contenía una frontera.
Lyra dio un paso adelante.
—Las runas del círculo antiguo respondieron. Lo vimos. Algo cruzó.
Esta vez el murmullo no fue contenido.
Una consejera apoyó la mano contra la pared viva del árbol. La madera respondió con un pulso débil… desacompasado.
—Los sueños han comenzado —dijo ella—. Raíces que sangran luz. Guardianes que caen. Un bosque dividido.
Silvan sintió que el aire se volvía más denso.
—No despertamos un enemigo —dijo con firmeza—. Debilitamos una barrera. Y lo que cruzó no vino con violencia… vino con paciencia.
Eldran se incorporó lentamente.
—Eso es peor.
Un estremecimiento recorrió la cámara.
Desde lo profundo del tronco ancestral surgió un crujido grave. No era estructural. Era… orgánico.
El árbol estaba reaccionando.
Uno de los centinelas irrumpió en la cámara sin protocolo.
—¡Consejo! Las sombras en el límite este… no proyectan forma correcta. Se mueven contra la luz.
El silencio se quebró.
Eldran miró a Silvan.
—¿Quién más estaba contigo?
Por primera vez, Silvan dudó.
El nombre de Amara pesó en su lengua.
Si lo decía, la tensión entre pueblos escalaría.
Si lo ocultaba, la verdad se fracturaría.
—No estaba solo —respondió finalmente—. Pero no fue un acto de invasión.
—Fue un acto de imprudencia —replicó uno de los ancianos.
Lyra dio un paso firme.
—Fue un acto necesario. El sello estaba debilitándose. Lo sentimos antes del latido.
Eldran levantó la mano, silenciando la discusión.
—El bosque no tiembla sin razón.
Un nuevo pulso atravesó la madera viva.
Más fuerte.
Las luces de la cámara parpadearon.
Y por un instante —breve pero inequívoco— la sombra de todos los presentes se proyectó hacia arriba.
Como si la luz viniera del suelo.
Como si algo, debajo de las raíces más profundas, estuviera intentando recordar el camino.
Un susurro recorrió la sala.
No provenía de ninguna boca.
Provenía del árbol.
Silvan lo sintió en los huesos.
La presencia no atacaba.
Aprendía.
Eldran cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, la decisión ya estaba tomada.
—El consejo declara estado de vigilia.
Los centinelas se tensaron.
—Las fronteras serán selladas. Nadie cruzará sin autorización. Y tú, Silvan…
El rastreador sostuvo la mirada.
—No abandonarás el territorio hasta que entendamos lo que has traído con tu despertar.
No era prisión.
Pero se sentía cerca.
Lyra miró a Silvan, consciente de lo que aquello significaba: desconfianza. Aislamiento. Vigilancia.
Silvan inclinó la cabeza.
Aceptaba la consecuencia.
Pero en lo más profundo sabía algo que el consejo aún no comprendía.
La presencia no estaba interesada solo en el bosque.
Estaba interesada en quienes habían tocado el sello.
Y mientras el consejo discutía protocolos y defensas, algo más se movía bajo las raíces antiguas.
No hacia afuera.
Hacia arriba.
El capítulo más antiguo acababa de comenzar a escribirse.