Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
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El refugio en la penumbra
La mansión de Alistair, erigida en lo más alto de las colinas que custodiaban la ciudad, era una extensión arquitectónica de su propio dueño: imponente, moderna y blindada contra las debilidades del mundo exterior. Los muros de hormigón pulido y los inmensos ventanales de cristal reforzado no solo ofrecían una vista panorámica del horizonte iluminado, sino que servían como una barrera infranqueable para cualquiera que no tuviera su permiso expreso para entrar.
Cuando Evie llegó esa noche, la oscuridad ya había reclamado el cielo, dejando que solo la luna y las luces de la metrópoli a lo lejos dieran algo de contexto al paisaje. El aire de la montaña era frío y cortante, cargado con el aroma a pino húmedo y tierra fresca tras la tormenta del día anterior. Evie detuvo su coche y respiró hondo, sintiendo cómo su corazón martilleaba contra sus costillas. A pesar de la confianza que había crecido entre ellos, entrar en el espacio personal de Alistair se sentía como cruzar una frontera hacia un reino desconocido.
Al cruzar el umbral de la puerta principal, Evie no encontró la atmósfera gélida y minimalista que esperaba de una casa de catálogo. En su lugar, sus sentidos fueron asaltados por una calidez inesperada. El aire estaba impregnado de un aroma delicioso y profundo: ajo salteado, hierbas aromáticas recién cortadas y el cuerpo robusto de un vino tinto que ya descansaba en las copas.
Siguió el sonido rítmico de un cuchillo golpeando una tabla de madera hasta llegar a la cocina de concepto abierto. Allí estaba él. Alistair no vestía su habitual armadura de traje sastre. En su lugar, llevaba unos pantalones oscuros de tela ligera y una camiseta de algodón negro que se ajustaba a su torso como una segunda piel. Las mangas estaban subidas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos potentes, surcados por venas que hablaban de una fuerza física contenida. Sus hombros, anchos y rectos, proyectaban una sombra protectora sobre la encimera de mármol.
—Llegas justo a tiempo —dijo él sin levantar la vista, aunque una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó la comisura de sus labios—. El vino ha tenido tiempo suficiente para respirar, y la salsa está en su punto exacto.
Evie se quedó en el umbral, hipnotizada. Había algo profundamente íntimo, casi sagrado, en ver a aquel hombre —el mismo que gobernaba imperios financieros con una mirada de hielo— dedicando su absoluta atención a prepararle una cena. La precisión con la que manejaba el cuchillo era la misma que usaba en los negocios, pero había una suavidad nueva en sus movimientos cuando estaba cerca de ella.
En ese momento, una oleada de ternura y seguridad inundó a Evie. Se dio cuenta de que, bajo toda esa capa de control y poder, Alistair le estaba ofreciendo lo único que no podía comprar con dinero: su tiempo y su cuidado. Caminó hacia él con pasos silenciosos y lo rodeó por la espalda, hundiendo su cara tierna entre sus omóplatos.
—Eres mi lugar seguro, Alistair —susurró ella, cerrando los ojos y absorbiendo su aroma a madera de sándalo y especias—. No importa lo que pase afuera, o lo mucho que me abrume el trabajo... cuando estoy contigo, siento que el mundo se detiene. Siento que nada puede dañarme.
Alistair detuvo el cuchillo en seco. Soltó un suspiro largo, dejando que la tensión acumulada del día se drenara de su cuerpo ante el contacto de ella. Cubrió las manos de Evie con las suyas, que eran mucho más grandes, cálidas y ásperas debido a su entrenamiento constante. Se giró dentro de su abrazo y la atrajo hacia su pecho, acunando su rostro con una devoción que rozaba la adoración.
—Tú eres la única que tiene la llave de este lugar, Evie —respondió él, su voz vibrando como un trueno lejano en su pecho—. Y la única que me hace querer ser algo más que una máquina de cristal y acero. Contigo, no tengo que ser "el Ejecutor". Solo tengo que ser el hombre que te pertenece.
La danza de la entrega
La cena, preparada con tanto esmero, quedó relegada a un segundo plano. El hambre que sentían el uno por el otro era mucho más antigua y voraz que cualquier apetito físico. Alistair la tomó en brazos con una facilidad pasmosa, sintiendo el peso perfecto de sus curvas voluptuosas contra su cuerpo musculoso, y la sentó en el borde de la isla de mármol.
Sus manos, expertas en el control, se volvieron exploradoras. Comenzó a besar su cuello, ascendiendo por la línea de su mandíbula hasta llegar a sus labios carnosos, que siempre sabían a promesa. La pasión esa noche no fue un estallido caótico, sino una combustión lenta y controlada. Alistair se deleitó en cada centímetro de la piel canela de Evie, tratándola como la obra de arte más valiosa de su colección.
—Quiero conocer cada rincón de ti —murmuró él contra su piel, mientras sus dedos se enredaban en sus largos rizos negros—. Quiero que cuando cierres los ojos, lo único que sientas sea mi rastro. Que sepas que nadie más en este mundo podrá jamás tocarte de la forma en que yo lo hago.
La posesividad de Alistair se filtraba en cada caricia, en la forma en que sus manos grandes reclamaban su cintura y sus muslos. Pero era una posesividad que a Evie no la asfixiaba, sino que la liberaba. Con él, ella se sentía vista por primera vez. La vulnerabilidad de ser su "primera vez" se transformó en una fortaleza; ella era la única mujer que conocía al hombre detrás del mito.
Se entregaron el uno al otro sobre el mármol frío, que pronto se calentó con el fuego de sus cuerpos. Alistair fue dominante pero paciente, guiándola a través de sensaciones que Evie apenas empezaba a comprender. Sus ojos negros nunca se apartaron de los café oscuros de ella, buscando esa conexión absoluta que solo se da cuando dos almas se reconocen. Cuando el clímax los alcanzó, fue como si el cristal de la mansión vibrara en sintonía con sus gemidos.
Horas más tarde, envueltos en sábanas de lino en la habitación principal, el silencio era absoluto. Evie descansaba su cabeza en el pecho de Alistair, escuchando el latido rítmico y potente de su corazón.
—Me da miedo que esto sea un sueño —susurró ella, trazando los contornos de sus músculos pectorales con el dedo.
Alistair la apretó más contra sí, enterrando la nariz en su cabello.
—No es un sueño, Evie. Es nuestra realidad. Y voy a encargarme de que nadie, ni nada, se atreva a despertarnos.
📂 Biografía Detallada del Protagonista:
Alistair Vance De la Cour
Alistair no es solo un nombre en una lista Forbes; es el resultado de siglos de linaje aristocrático combinados con una ambición moderna y feroz. Aquí está el perfil profundo del hombre que se esconde tras el cristal.
Nacido en el seno de una de las familias más influyentes de Europa, Alistair fue criado para el liderazgo. Su infancia no estuvo llena de juegos, sino de lecciones de economía, esgrima y estrategia. Se graduó con honores en Oxford y completó un MBA en Harvard en tiempo récord. A los 22 años, tras la muerte de su madre —el único punto de suavidad en su infancia—, tomó las riendas de Alistair & Co., transformando una empresa tradicional en un imperio tecnológico y financiero global.