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La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

Status: En proceso
Genre:La mimada del jefe / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...

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Capítulo VII

Kennedy Douglas abandonó el edificio Beckham sin siquiera permitirse una mirada retrospectiva. El automóvil se deslizó con una suavidad calculada, aislándolo del ruido ensordecedor del exterior como si fuera una cápsula de acero y silencio. Nueva York se desdibujaba tras el cristal ahumado, pero su mente permanecía anclada en aquel despacho cargado de tensión, en el estallido contenido de una familia que se desmoronaba puertas adentro.

Madison Beckham.

El nombre resonaba en su interior con una vibración diferente a la de antes.

Había presenciado el odio en estado puro. No una representación teatral, no una rebeldía vacía y hueca. Era un resentimiento antiguo, afilado por años de silencios forzados y favores impuestos. Jeremy Beckham no controlaba a su hija; la administraba como si fuera una propiedad más en su vasto imperio. Y ella… ella se negaba a aceptar su papel sin presentar batalla, sin morder la mano que intentaba dominarla.

Secretos, reflexionó Kennedy con una frialdad analítica.

En esa familia disfuncional, los secretos se acumulaban como una gangrena, corroyendo todo lo que tocaban.

El edificio donde ahora residía se erguía como una fortaleza moderna, un bastión de discreción que rayaba en la paranoia. Seguridad privada en cada acceso, cámaras invisibles que vigilaban cada movimiento, protocolos estrictos que no dejaban margen al error. Kennedy descendió del vehículo y avanzó sin detenerse, su presencia imponente silenciando cualquier intento de saludo. Los hombres de seguridad lo reconocieron sin necesidad de palabras, sus ojos reflejando una lealtad incondicional. El ascensor privado lo elevó hasta el penthouse con una suavidad quirúrgica, aislando cada vez más al mundo exterior.

Las puertas se abrieron con un suave susurro.

—Ah, por fin apareces —exclamó Alexander Moore, con una sonrisa amplia que revelaba un atisbo de diversión—. Empezaba a pensar que Beckham te había secuestrado y te había obligado a firmar un contrato de por vida.

El penthouse estaba iluminado con una calidez engañosa, un espejismo de confort que ocultaba su frialdad inherente. Paneles de madera oscura que absorbían la luz, ventanales amplios que ofrecían una vista panorámica de la ciudad, extendida como un mapa de tentaciones. Alexander sostenía un vaso de cristal en la mano, su contenido brillando con un color ámbar, y su expresión sugería una noche de distracciones y placeres efímeros.

—Podríamos salir a celebrar el acuerdo —añadió Alexander, con una sonrisa pícara—. Hay lugares en esta ciudad que se mueren por conocerte, Kennedy. Gente que haría cualquier cosa por pasar una noche contigo…

—No —interrumpió Kennedy con una frialdad que cortaba el aire.

Entró en el penthouse, cerró la puerta tras de sí y dejó el mundo exterior sumido en la oscuridad. Se quitó el abrigo de lana con movimientos precisos, luego el saco de seda, los gemelos de oro blanco, uno por uno, como si se despojara de las capas de una armadura que ya no necesitaba. Arremangó la camisa hasta los codos, revelando antebrazos marcados por cicatrices que no pedían explicación, recuerdos silenciosos de batallas libradas en el pasado. Caminó directamente hacia el bar y sirvió un whisky escocés de alta calidad, un líquido ámbar espeso que resbalaba por el cristal sin prisa, sin hielo.

Bebió un largo trago.

El líquido ardió al descender por su garganta, pero no lo suficiente para borrar de su mente la imagen de Madison azotando aquel periódico contra el escritorio, la furia desatada en su voz, la forma en que había ignorado su presencia como si él fuera irrelevante, como si no mereciera ni siquiera una mirada de desprecio. No había miedo en sus ojos, ni curiosidad, ni siquiera un atisbo de respeto. Solo desprecio puro y duro.

—Eso sí que es una novedad —comentó Alexander, observándolo con una expresión intrigada—. ¿Desde cuándo rechazas una noche de diversión desenfrenada, Kennedy?

Kennedy apoyó el vaso sobre la barra con un golpe seco.

—Desde que algo ha captado mi interés más allá del ruido superficial.

Alexander ladeó la cabeza, con una curiosidad palpable.

—¿Te refieres a Beckham? ¿A su imperio corrupto?

—A su hija —corrigió Kennedy, con una voz que sonaba como el roce del terciopelo contra el acero.

La sonrisa de Alexander se tensó ligeramente, revelando una incomodidad momentánea.

—Ah, ya veo.

Kennedy se giró hacia el ventanal, contemplando la ciudad que brillaba abajo, indiferente a sus intrigas.

—Ella es la que se encarga de limpiar la imagen pública de la familia —dijo, con un tono reflexivo—. La que apaga los incendios provocados por su padre y su hermano. La que paga los errores de los demás con su propia libertad. —Hizo una breve pausa, como si estuviera sopesando sus palabras—. Y aun así, no se quiebra.

—Esa clase de presión no suele terminar bien —murmuró Alexander, con una premonición sombría.

—Lo sé —coincidió Kennedy, con una voz que helaba la sangre—. Suele terminar en una rebelión explosiva… o en algo mucho peor.

Levantó el vaso de whisky y lo giró despacio entre sus dedos, observando el líquido ámbar reflejar las luces de la ciudad. Si Madison Beckham era el escudo que protegía a su familia, entonces también era la grieta que amenazaba con destruirlos a todos. Nadie podía soportar tanta presión sin aprender a mentir, a esconder sus verdaderos sentimientos, a sobrevivir en un mundo despiadado. Y Kennedy sentía una necesidad imperiosa de descubrir cómo lo hacía ella.

—Quiero saberlo todo —dijo, sin girarse hacia Alexander—. Quiero conocer sus rutinas, sus lugares favoritos, sus amistades, sus excesos. Quiero saber qué dice en público y qué calla en privado. Quiero saber quién es Madison Beckham cuando no está frente a su padre ni sometida a las expectativas de su familia.

Alexander alzó las cejas con sorpresa.

—¿Celos prematrimoniales, Kennedy? ¿O es que te estás enamorando antes de tiempo?

Kennedy lo miró con una frialdad que podía congelar el mismísimo infierno.

—Control, Alexander. Esto se trata de control.

Alexander asintió en silencio. Conocía ese tono en la voz de Kennedy. Sabía que cuando hablaba de control, no había espacio para la negociación.

—Me encargaré de ello —prometió Alexander, con una lealtad inquebrantable.

—Bien —respondió Kennedy, volviendo su mirada hacia la ciudad—. Después de todo… pronto será mi esposa. Y necesito saber a qué atenerme.

Bebió el último trago de whisky y dejó el vaso vacío sobre la barra con un golpe sordo. La noche avanzaba, espesa, cargada de promesas torcidas y secretos ocultos. Kennedy Douglas sabía reconocer el inicio de un conflicto cuando lo sentía bajo la piel, cuando percibía la tensión en el aire y la amenaza latente en cada sombra.

No era el matrimonio forzado lo que le preocupaba.

Ni siquiera los negocios turbios que le habían traído a Nueva York.

Era Madison Beckham y la fuerza indomable que emanaba de su ser.

Y, por primera vez en mucho tiempo, algo en su interior se preparó no para dominar y someter, sino para observar con paciencia y cautela, como un depredador que acecha a su presa en la oscuridad.

Con paciencia.

Con una intención que aún no era capaz de comprender del todo.

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Malu Enriquez
Pinta interesante 😸
Anonymous
Interesante
Anonymous
Hasta aquí en este último y penúltimo capítulo fue q me pareció interesante esta novela, espero lo sea
Lelis Vellejo
Me está gustando la historia 👏
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