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Mi Ángel De La Guarda

Mi Ángel De La Guarda

Status: En proceso
Genre:Amor eterno
Popularitas:728
Nilai: 5
nombre de autor: Mile Vivero Rudas

Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.

Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.

El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.

NovelToon tiene autorización de Mile Vivero Rudas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El eco de la ausencia

El silencio en el salón de clases tras el desplante de Luciana fue más ruidoso que cualquier burla de Mateo. Julián se quedó de pie, con la disculpa atragantada en la garganta, mientras sus compañeros intercambiaban miradas de asombro. Por primera vez, el "rey" del grupo había sido ignorado por la chica "invisible", y lo peor era que todos sabían que él se lo merecía.

—Vaya, Julián, parece que tu empleada favorita tiene humos —soltó Mateo, intentando recuperar el control del grupo—. Olvídala, vamos a salir después de clase.

Julián no respondió. Recogió sus cosas con movimientos lentos y salió del salón sin mirar atrás. No fue a la cafetería, ni se quedó a la siguiente clase. Necesitaba aire, pero sobre todo, necesitaba entender en qué momento se había convertido en el villano de su propia historia.

Mientras tanto, Luciana mantenía la vista fija en su libro, aunque no había leído ni una sola palabra en los últimos diez minutos. Las letras bailaban ante sus ojos, borrosas por la tensión. Sentía una mezcla extraña de triunfo y vacío. Había logrado humillarlo frente a todos, le había devuelto el golpe, pero no se sentía mejor. El peso en su pecho, ese que compartía con la memoria de su madre, se sentía más denso que nunca.

Al salir de la escuela, Luciana no fue a la parada del autobús. Decidió caminar por el sendero del bosque que bordeaba el pueblo, el mismo camino que solía recorrer con su madre cuando recolectaban flores silvestres. Necesitaba conectar con algo que no estuviera roto.

—¿Buscando tulipanes? —una voz la sobresaltó.

Era Luis, su padre. Estaba sentado en un viejo tronco caído, con la mirada perdida en los árboles. Luciana se sorprendió; era la primera vez en semanas que lo veía fuera de la casa o del porche. Tenía la ropa manchada de tierra y las manos ásperas.

—Papá, ¿qué haces aquí? —preguntó ella, sentándose a su lado.

—Encontré los bulbos, Luciana —dijo él, sin mirarla—. Los que arrancaste anoche. Estaban tirados en la entrada, cubiertos de barro. Parecían... heridos.

Luciana bajó la cabeza, sintiendo una punzada de culpa.

—Eran de él, papá. De Julián. Él me hizo daño, me humilló frente a sus amigos después de que lo ayudé en un accidente. No quiero nada que venga de él.

Luis suspiró, un sonido largo y cansado que pareció arrastrar toda la tristeza de la casa antigua. Tomó la mano de su hija y la apretó con suavidad.

—Tu madre siempre decía que las flores no tienen la culpa de quién las planta. Ella las cuidaba porque amaba la belleza, no porque alguien se las regalara. Al arrancarlas, no castigaste a ese chico, Luciana. Te castigaste a ti misma, quitándole color a nuestro jardín.

—Él me llamó muerta de hambre, papá. Se burló de que soy mesera.

Los ojos de Luis se encendieron con una chispa de la antigua fuerza que tenía antes de perder a Esther.

—Trabajar para sostener a tu familia es el honor más grande que existe. Si él no puede verlo, el que es un muerto de hambre es él, pero de alma. Pero no dejes que su pequeñez marchite lo que queda de nosotros.

Esas palabras quedaron suspendidas en el aire. Luciana abrazó a su padre, llorando por primera vez desde la noche del accidente. Lloró por su madre, por la presión de ser el pilar de la casa, y por el amor que sentía por un chico que resultó ser un cobarde.

Lejos de allí, Julián caminaba por el muelle del lago, pateando piedras hacia el agua oscura. Su teléfono no paraba de sonar con mensajes de Mateo y los demás, burlándose de él por "dejarse humillar por una mesera". Con un gesto de asco, Julián apagó el celular y lo guardó en el bolsillo.

Se sentó en el borde del muelle y sacó de su billetera el marca-páginas que Luciana le había devuelto indirectamente al ignorarlo. Recordó el olor de la biblioteca, la luz en los ojos de ella cuando hablaban de poesía, y la calidez de su mano en el galpón. Se dio cuenta de que había estado viviendo en una jaula de oro, rodeado de gente que lo "quería" solo mientras siguiera el guion de ser el chico popular y cruel.

—Ya no más —susurró para sí mismo.

Esa noche, Julián no fue al club como cliente. Fue a la casa de Luciana. No llevaba flores, ni dinero, ni notas elegantes. Llevaba una pala y una bolsa de tierra nueva.

Se arrodilló frente al jardín descuidado y, bajo la tenue luz de la luna, empezó a buscar los bulbos que Luciana había arrancado. Los encontró esparcidos, algunos dañados, pero otros aún vivos. Con paciencia, empezó a cavar de nuevo, enterrándolos con cuidado, pidiéndoles perdón en silencio a cada uno de ellos.

Luciana, que no podía dormir, lo vio desde la ventana de su habitación. Vio al chico "rico" ensuciándose las manos, trabajando en el jardín que él mismo había ayudado a destrozar con sus palabras. No bajó a hablarle, ni le gritó que se fuera. Se quedó allí, observando cómo él intentaba reparar lo irreparable.

Por un momento, sus pensamientos se cruzaron en la distancia:

Julián: No importa si nunca me perdonas. Solo quiero que este jardín florezca para ti, aunque yo no esté aquí para verlo.

Luciana: ¿Por qué ahora, Julián? ¿Por qué tiene que romperse todo para que decidas ser valiente?

Cuando terminó, Julián se levantó, se sacudió la tierra de los pantalones y miró hacia la ventana de Luciana. Supo que ella estaba ahí, aunque no podía verla a través del reflejo del cristal. No hizo ningún gesto heroico; simplemente hizo una pequeña inclinación con la cabeza y se marchó caminando en la oscuridad.

Al día siguiente, cuando el sol empezó a salir, Luciana bajó al jardín. La tierra estaba fresca, los bulbos estaban de nuevo en su lugar y, sobre la pequeña caja de madera, había una sola cosa: el marca-páginas de la biblioteca, con una nueva frase escrita al reverso:

"La verdadera valentía no es no tener miedo, sino hacer lo correcto a pesar de él. Empezaré hoy, aunque tenga que caminar solo"

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Viviana Ranieri
Esto se está poniendo cada vez mejor!!Ya me estoy comiendo las uñas esperando la actualización. Por favor no tardes demasiado!!! Quiero seguir teniendo uñas🤣🤣🤣🤣🤭
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