Nica es el fruto de un rico hacendado, dueño de muchas tierras productoras de caña y algodón, y de un amorío con una de sus esclavas.
Y aunque su padre prometió protegerla, no vivió mucho para cumplir su promesa.
Apenas su padre murió, su tío y sus primos se encargaron de hacerle la vida un infierno. Le recalcaba a cada momento que ella solo era una sucia esclava con sangre impura corriendo por sus venas.
Y qué por lo tanto, su vida no valía nada.
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Bodas Pagan Deudas.
El sarao que celebraba la unión entre las familias Wagner y Montalván seguía llena de energía. Era más de medianoche, pero a casi nadie le tomaba importancia gracias a los tragos que fomentaban sus ganas de bailar, pues la fiesta apenas empezaba con la llegada de la famosa orquesta.
En un extremo del salón, con media copa de champagne en su mano, el joven Paúl Wagner no apartaba la mirada de la joven que se destacó anteriormente como pianista.
No entendía como los invitados eran capaces de ignorar tal belleza. Pero él, no era un idiota como los demás, y lo iba a demostrar jurando que no saldría de esa fiesta sin haber conquistado a la bella pianista.
—Hochgeborene Mädchen sind beleidigt, dass Sie Ihre Aufmerksamkeit auf einen Sklaven richten... (Las doncellas de alta cuna se sienten ofendidas de que fijes tu atención en una esclava). —Habló su hermana Greten en su idioma nativo, con tal de que su conversación fuese más disimulada.
—Vor solcher Schönheit blenden die Augen des Herzens die der Vernunft... (Ante una belleza como la que mis ojos miran, los ojos del corazón ciegan los de la razón.) —Pronunció Paúl de forma poética, viendo a Nica embobado.
En cambio, la esclava ni caso le hacía a las miradas que recibía, siguió concentrada en su música hasta que la orquesta llegó a desplazarla. Nica sintió mucha sed, y su primer instinto fue ir a la cocina a tomar agua y descansar.
Sin embargo, Paúl se animó a poner en marcha su misión de conquistarla, y tomando todo el champagne en su copa de un solo trago se lo dio a su hermana, a la que dejó hablando sola, y se acercó a Nica, sin disimular la atracción que sentía por ella.
—Hermosa señorita. —Apareció ante Nica, quien casi se sobresalta del susto. —Me presento: soy Wagner, Paúl Wagner.
El austriaco se presentó, tomando sin permiso la mano de la esclava y plantando un beso aferrante en sus nudillos.
—E-Es un placer, pero... —Nica apartó su mano, incómoda. —Le sugiero que no me llame señorita. No se confunda, soy miembro de la servidumbre, una esclava...
—La señorita será esclava, pero no es más esclavo que yo por su belleza. —Pronunció el austriaco con una acentuación romántica... Y cursi. —Ha cautivado todos mis sentidos de una manera inigualable.
—S-Señor Wagner, no debería hablarme así, menos siendo usted un joven de alta alcurnia. Con permiso, me retiro. —Esquivó Nica, intentando irse. —Con permiso, me retiro...
Paúl lo impidió sujetando fuerte la muñeca de Nica. Su corazón comenzó a latir bruscamente al sentirse presionada.
—Con más razón, soy de alta alcurnia, eso me hace capaz de todo con tal de tenerla conmigo. —Expresó Paúl, insistente.
Nica abrió sus ojos completamente sorprendida, sin creer lo que acababa de oír.
—¿A-A qué se refiere? —Preguntó Nica.
Paúl sonrió victorioso de haber logrado llamar su atención.
—Le daría las cantidades de dinero necesarias al señor Montalván para que usted fuese de mi propiedad por el resto de la vida.
—¿E-En serio? ¿Usted anhelaría que yo fuese su esclava? ¿Por siempre? —Cuestionaba la chica con un aire de ingenuidad, a lo que Paúl asentió sin pensarlo. —Y en lugar de eso... ¿No sería capaz de otorgarme mi libertad?
—No... bueno, quizás. —Vociferó el austriaco. —Depende, si usted se porta bien y me hace feliz, podría firmar su carta de libertad y así sería libre... pero a mi lado, por supuesto.
—Qué lindo... —Sonrió Nica dulcemente. —Si me pagarán por cada hombre que me prometiera lo mismo, yo misma podría pagar mi propia libertad.
La expresión de Nica cambió a una de enojo, y de un movimiento fugaz soltó el agarre qué el austriaco ejercía sobre su muñeca. Esto despertó la confusión en él.
—Escucheme bien, honrado señor. —Dijo Nica, apretando los dientes cual perro furioso. —Le aconsejo que no se haga ilusiones. No vale la pena que desee algo que no podrá obtener nunca...
—No tiene porque ser pesimista. —Contradijo. —Existe la esperanza de que usted sea mía...
—Y existe la conciencia. —Le enfrentó Nica, en tono agresivo. —Si todavía la tiene, le pediré que se vaya y que deje de tratarme como un objeto que puede comprar y hacer lo que se le pegue en gana con él.
—¿Cómo osas hablarme así? —Exclamó Paúl, ofendido. —Sois una esclava, ¿No te enseñaron disciplina?
—Soy esclava de todo aquel con apellido Montalván... ¿Usted lo tiene, señor Wagner? —Argumentó Nica con rigidez. —Váyase a coquetear con otras fulanas, diciéndoles esas facundias baratas, pero a mi no vuelva a dirigirme la palabra.
Nica se retiró de ahí, dejando a Paúl desconcertado en su sitio. Ella no entendía como un hombre podía ser tan sinvergüenza en hacerle una oferta desagradable. Como si fuera un objeto o una clase de premio, eso solo le traería más años de esclavitud.
No era la primera vez que pasaba, varios hombres que llegaban a la casa Montalván quedaban cautivados por la apariencia agraciada de Nica, pero como le había enseñado su chacha, ella no caería en sus facundias o promesas. Sabía que la querían para desahogar su lujuria, y después de eso la abandonarían y humillarían como la marginada que era al ser descendiente de una india.
Por otro lado, Lilianne estaba llevando el sarao a duras penas, hablando con unas doncellas de su misma edad. Ellas solo hablaban de cómo deseaban que fuera su futuro esposo, como mantendrían la casa que les diese y la cantidad de hijos que quisieran tener.
Lili se quedaba callada, disimulando su aburrimiento y solo se limitaba a responder:
—Que Dios las bendiga.
La última vez que expresó lo que pensaba del tema, fue enviada en contra de su voluntad a un convento en Francia, así que debía guardarse sus opiniones.
—Lilianne, ven acá por favor. —Escuchó la voz de su padre. —Tenemos que hablar.
La rubia se acordó de la supuesta sorpresa que tenía su padre, por lo que se despidió de las chicas y se fue con su progenitor a un lugar apartado de los demás.
—Lilianne, tengo una sorpresa para ti. —A pesar de las intrigantes palabras, la expresión seria de Héctor no cambió. —Como sabrás, Aquiles y tú tienen casi la misma edad, y como él está en edad de casarse, tú también.
Ella comenzó a angustiarse al saber a dónde su padre quería llegar.
—Quereis decir que...
—He conseguido un buen marido para ti, hija.
En ese instante, Lilianne no pudo evitar entrar en un leve pánico al pensar ¿Con quién la habían comprometido? ¿Con un viejo, quizás? Solo tenía 16 años y veía su futuro de muchas maneras, menos casada tan pronto.
—¿Q-Qué? ¿Yo? ¿Casarme? —Cuestionaba Lilianne, descontenta. —A-Acabo de volver de Francia, padre. No me siento lista para casarme...
—Tonterías, cualquier señorita ansía el momento de ser despojada por un buen hombre, y ninguno mejor como el que elegí para ti. —Dijo Héctor, para luego mirarla de forma intimidante. —¿Y tú eres una buena señorita, no es cierto?
Lilianne solamente agachó la cabeza, derrotada.
—¿Con quién me casaré, padre? —Preguntó ella.
—Con Antonio Hurtado, de Nueva Barcelona. —Reveló. Lilianne miró sorprendida a su padre. —El heredero de grandes terrenos y de una producción milenaria de cacao.
Antonio Hurtado...
Lili lo había visto en persona más de una vez, cuando eran niños era uno de los únicos que jugaba con ella sin importarle que fuera una niña. Aunque no habían intercambiado muchas palabras en los últimos años, se veía como un joven educado y caballeroso, incluso apuesto.
No era un viejo o un vagabundo. Quizás, casarse con él no sería tan malo.
—¿Antonio Hurtado? ¿Habla en serio, me casaré con él?
—Sí, muy en serio. Todo está hablado con su padre, mi amigo Armando Hurtado. —Explicó Hector, un poco asombrado por el interés de su hija. Pues esperaba una negativa o un berrinche. —Vivirás con él un tiempo antes de la boda de tu hermano para que convivan y satisfagas tu curiosidad de saber quién será tu futuro esposo... ¿Quedó claro?
—Si padre, quedó claro. —Accedió Lili, entusiasmada. —Muchas gracias.
—Bien, ve a disfrutar del sarao.
Lilianne le hizo una reverencia y se retiró. Héctor no mostró el asombro qué sentía, sino que se fue a la mesa donde estaban sus amigos y sus esposas, incluida la suya.
—Acabo de hablar con Lili. —Le informó Héctor a su esposa en un susurro. Gwendoline sintió un nudo en el estómago. —Se lo tomó bien... bastante bien, diría yo.
—Esposo mío, ¿No crees que es muy pronto para que Lilianne se case? Tiene 16 años...
—Tú y yo nos comprometimos con 14.
—Apenas acaba de volver de Francia, ¿Me la quitarás tan rápido? —Contradijo Gwendoline, sentimental.
—Ordenaré que Nica la cuide, no debes preocuparte. —Suspiró Héctor, dándole fin al asunto. —Por muy triste que sea de aceptar, Lilianne ya es una mujer y es momento de que comience a tomar responsabilidades en nombre de la familia.
—Ugh...Ni siquiera disimulas que lo único que te interesa es tu reputación. —Refunfuñó Gwendoline, disgustada.
A Héctor le afectó lo que dijo su mujer, pero no iba a dar su brazo a torcer. El tampoco quería casar a Lilianne, pero como era costumbre, sus hijos no eran más que otra estrategia de pago.
Con el compromiso de Aquiles, aseguraba un tratado que lo beneficiaría económicamente, y con Lilianne pagaría una deuda que mantenía con su amigo Armando Hurtado, quien lo ayudó a levantar la hacienda cuando su hermano la llevó a la bancarrota...