Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 6: Gabriela
...Gabriela...
La luz de la tarde se filtraba por los ventanales de la mansión, bañando los muebles con un tono dorado que me recordaba a la miel de acacia que solía usar en mis postres en Francia. Me quedé un momento observando el polvo bailar en el aire, agradeciendo en silencio. Mis padres biológicos se fueron cuando yo apenas tenía cuatro años, dejándome un vacío que pudo haber sido un abismo negro; sin embargo, el destino —o Dios, como prefiero creer— me puso en los brazos de Ricardo y Valentina.
Ellos no solo me adoptaron; me salvaron. Me dieron un apellido, una identidad y, sobre todo, un amor tan genuino que a veces olvido que no compartimos la misma sangre. Soy una mujer optimista por elección, casi por rebeldía. ¿Cómo no ver el lado positivo de todo cuando mi vida pudo ser una tragedia y terminó siendo un cuento de hadas? Mi gratitud se traduce en risas, en intentar que todos a mi alrededor se sientan tan acogidos como me sentí yo aquel primer día en esta casa.
Mi paso por las academias de Estados Unidos y Europa no fue solo un capricho de niña rica. Fue una inmersión total. Un año en América entendiendo el ritmo frenético y la eficiencia; otro año en el Mediterráneo aprendiendo que el secreto de la vida está en un buen aceite de oliva, en el respeto al producto y en la paciencia del fuego lento. Domino la técnica japonesa, la estructura europea y la fuerza de la comida americana, pero este año, al volver a casa, descubrí que me faltaba el ingrediente más importante: la raíz.
Últimamente, paso mis mañanas en los pueblos cercanos, sentada en cocinas de leña con abuelas de manos agrietadas y ojos sabios. Es fascinante. Usan tres ingredientes y logran platos que te hacen llorar.
—"Es el amor, Gaby", me dicen siempre.
Y yo les creo. Mi sueño es ese: fusionar la etiqueta alta, el rigor de una estrella Michelin que sé que ganaré, con esa alma rústica de la comida lugareña. Mis padres me dejaron una fortuna, pero Ricardo y Valentina han sido firmes: "Ese dinero es tu red de seguridad, Gabriela. Nosotros nos encargamos de tus sueños ahora". Y así ha sido.
La monotonía de estar de vuelta a veces me asfixia un poco, a pesar del amor. Mi reciente escapada a Boston con Sofi fue el respiro que necesitaba, reencontrarme con viejos amigos y sentir el pulso de la ciudad. Pero aquí, mi ancla es Esteban. Él no es solo mi primo político; es mi alma gemela platónica. Tenemos esa sincronía de quienes no necesitan hablar para entenderse. Somos espíritus libres en una familia que a veces se toma las cosas demasiado en serio.
—Hoy salimos, Esteban. No acepto un no por respuesta —le dije esta mañana mientras desayunábamos.
—Sabes que Esmeralda se va a resistir —respondió él con esa sonrisa cómplice.
—Por eso pusimos a Sofi en un callejón sin salida. Si Sofi va, Esmeralda no tendrá excusas para quedarse encerrada en sus libros.
Como soy una "coqueta" declarada —y no me avergüenza decirlo—, me encargué de los looks. Para mí, elegí un vestido azul que resalta mi piel y me hace sentir poderosa. Para Esmeralda, busqué algo blanco inmaculado; ella es paz, es introversión, es una pureza que a veces me asusta. Para Sofi, el rojo. Porque bajo ese silencio, Sofi es un volcán, tiene un temperamento que pocos se atreven a desafiar.
Llegamos al lugar como una explosión de color. Yo me sentía vibrar. Pedí un Gin Tonic, dejé que el enebro me refrescara la garganta y me perdí en el ritmo. Ver a Esmeralda bailar con antiguos compañeros me llenó de una satisfacción inmensa; la misión estaba cumplida.
Entonces apareció Fredy. Es un buen amigo, un bailarín excepcional. Cuando empezó a sonar la salsa casino, mis pies se movieron solos. La salsa es fuego, es contacto, es una conversación corporal que solo los latinos entendemos de verdad. Estábamos en medio de la tercera canción, disfrutando del giro y el roce, cuando el aire a mi alrededor cambió. Se volvió pesado, frío.
—Es suficiente.
Esa voz. La reconocería en el fin del mundo y siempre me causaría el mismo escalofrío. Me giré con fastidio, esperando encontrarme con cualquier otra persona.
—¿Julián? ¿Qué haces aquí? —solté, tratando de recuperar el aliento.
—Finaliza tu baile ahora. Hablamos afuera —sentenció, con esa mandíbula apretada que indica que está a punto de estallar.
—Siempre tan mandón... —murmuré, sintiendo cómo el optimismo se me escurría por los dedos—. Acabas de llegar y ya estás dando órdenes.
—Gabriela —su voz bajó de tono, volviéndose más peligrosa—, no hagas que me altere.
Julián siempre ha sido así conmigo. Protector con las demás, pero conmigo... conmigo hay un muro. A veces siento que me odia, que me ve como una intrusa en su linaje perfecto. Me duele, claro que me duele. He intentado ganármelo con sonrisas, con bromas, con mi mejor cocina, pero él siempre mantiene un límite, un margen de distancia que me hace sentir pequeña.
—Vale, vale. Chao, Fredy, creo que terminamos —le dije a mi pareja de baile, avergonzada. Fredy, que conoce bien la fama de "perro guardián" de Julián, simplemente asintió y se retiró.
—¿Y ahora qué? —le espeté a Julián una vez que estuvimos un poco más apartados—. ¿Tengo que pedirte permiso para respirar? ¿O es que mi vestido también te molesta?
—Se acabó tu noche. Nos vamos a casa —dijo, tomándome del brazo con firmeza pero sin lastimarme.
—¡Ni hablar! Vine con Esteban, Sofi y Esmeralda. No me voy a ir porque a ti te dio un ataque de moralidad.
—Si te hubieses portado con una distancia prudente y con una vestimenta mejor, quizás te habría dejado quedarte. Pero esto... esto es demasiado, Gabriela.
Me quedé helada. ¿Mi vestimenta? ¿Mi forma de bailar? Era el siglo XXI, no la época victoriana. Pero discutir con Julián cuando tiene esa mirada de acero es una guerra perdida.
—Vámonos —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. Buscaré a los chicos.
—Déjalos. Yo te llevo y regreso por ellos. Tú no te quedas aquí ni un minuto más.
—¿Es en serio?
—Muy en serio. Agarra tu chal y camina.
El trayecto a casa fue un silencio sepulcral. Yo miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad borrosas por las lágrimas que me negaba a soltar frente a él. Me sentía humillada. Valentina siempre le pide que suavice su carácter conmigo, pero él parece disfrutar poniendo obstáculos del tamaño de un rascacielos entre nosotros.
Al llegar, ni siquiera esperé a que apagara el motor. Bajé del auto, entré a la casa como un torbellino y me encerré en mi habitación. Solo entonces me permití llorar. Lloré de frustración, de rabia y de esa tristeza profunda que me da saber que, por más que me esfuerce, Julián nunca me aceptará. Y lo peor de todo es que él es el futuro cabeza de esta familia. Si su odio persiste, ¿qué lugar tendré yo en este hogar cuando Ricardo y Valentina ya no estén?
Me quité el vestido azul, que ahora me parecía un trapo viejo, y me hundí en las sábanas. Mañana volvería a ser la Gabriela optimista, la que busca la receta perfecta, pero esta noche... esta noche solo era la niña de cuatro años que, a pesar de tenerlo todo, seguía sintiéndose una extraña ante los ojos del hombre que más debería protegerla.
Gabriela Videla 19 años