Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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Las Reglas de la Jaula
La mansión de John Blake no era una casa; era un mausoleo a la soberbia y al lujo. Situada en un acantilado privado donde el Atlántico rugía con furia, la construcción de piedra negra y cristales ahumados parecía devorar la luz de la luna. Rose entró cargando su maletín, manteniendo la cabeza alta mientras el eco de sus tacones resonaba en el mármol del vestíbulo.
—Tus cosas ya están en tu habitación, Rose —dijo John, apareciendo en lo alto de la gran escalinata. Se había quitado la chaqueta del traje y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas, revelando unos antebrazos poderosos y venosos.
—Espero que sea una habitación con cerradura, Blake —respondió ella, recorriendo el lugar con su mirada de abogada, buscando salidas de emergencia.
John bajó los escalones con una lentitud que erizaba el vello de la nuca. Al llegar frente a ella, le entregó una pequeña llave de plata antigua, pero no la soltó cuando Rose intentó tomarla.
—Hay reglas en esta casa, abogada. Si vamos a convencer al mundo de que somos amantes para justificar tu defensa, debemos actuar como tales. Regla número uno: en esta casa, no se usan trajes sastres. He dejado algo sobre tu cama que se ajusta más a nuestra... "historia" de pasión.
Rose subió a la habitación asignada. Sobre las sábanas de seda negra descansaba un vestido lencero de satén color perla, tan fino que parecía líquido, acompañado de una bata transparente. No era ropa, era una provocación.
—Ni muerta —susurró ella.
Dos horas después, tras una ducha caliente que no logró quitarle la sensación de estar siendo observada, el hambre de Rose volvió a manifestarse. Pero no era hambre de comida. Era un vacío voraz en su pecho, una sed que le quemaba la garganta. Al bajar al comedor, encontró a John sentado a la cabecera de una mesa infinita, bebiendo un líquido denso y oscuro de una copa de cristal tallado.
Ella vestía sus propios vaqueros y una camisa cerrada hasta el cuello, un acto de rebelión silenciosa. John la miró y dejó la copa con un golpe seco.
—Eres terca. Me gusta —dijo él, levantándose. En un parpadeo, estaba detrás de ella. Sus manos, grandes y frías, se posaron sobre los hombros de Rose, descendiendo por sus brazos—. Pero el tejido de tu ropa me estorba. Regla número dos: cuando estemos a solas, no quiero barreras entre nosotros.
—No soy una de tus amantes de la mafia, John. No me das órdenes —Rose intentó girarse, pero él la inmovilizó contra el borde de la mesa de caoba.
—¿Sientes eso, Rose? —susurró él al oído, mientras su mano derecha subía por el abdomen de ella, deteniéndose justo debajo de sus pechos. Rose sintió que su corazón daba un vuelco. La inmunidad de su mente seguía intacta, pero su cuerpo respondía a la presencia de John con una traición carnal absoluta—. Tu sangre está acelerada. Estás irritada, hambrienta... y sabes que yo soy el único que puede saciarte.
John deslizó su nariz por el cuello de Rose, aspirando su aroma con una intensidad que la hizo temblar.
—Estás cambiando, mi dulce Rose. El veneno que te di en la gala no era para matarte. Era para despertarte.
En un movimiento brusco, John la sentó sobre la mesa de caoba, apartando los platos de plata con un estruendo. Se colocó entre sus piernas, obligándola a abrirlas. La mirada de John bajó a los labios de Rose, que estaban entreabiertos y húmedos.
—¿Quieres saber por qué no puedo entrar en tu mente? —preguntó él, rozando sus labios con los de ella, apenas un contacto eléctrico—. Porque tu voluntad es tan cruda y real que me obliga a conquistarte de la manera difícil. Y me voy a disfrutar cada segundo de tu rendición.
Él desabrochó los dos primeros botones de la camisa de Rose con una destreza inhumana. Su mano fría entró en contacto con la piel caliente del escote de ella. Rose soltó un jadeo que fue mitad protesta y mitad gemido de alivio. El contraste de temperaturas era una droga.
—Bésame —ordenó John, sus ojos volviéndose carmesí—. Bésame y dime que me odias mientras me pides que no me detenga.
Rose, en un arrebato de rudeza y pasión contenida, le agarró el cabello y lo atrajo hacia ella. No fue un beso de amor; fue un choque de trenes, una lucha de lenguas donde ella buscaba morder y él buscaba poseer. El caos psicológico de saber que estaba besando al hombre que quería destruir, mientras su cuerpo gritaba por más, la estaba volviendo loca.
De pronto, John se apartó, dejándola en el borde del abismo. Sonreía con una malicia divina.
—Suficiente por hoy. Regla número tres: siempre te dejaré con ganas de más hasta que tú misma rompas la cerradura de mi habitación.
Se dio la vuelta y salió del comedor, dejando a Rose sola en la penumbra, con el pulso errático y una verdad aterradora instalándose en su mente: la mansión de John Blake no era su cárcel... era el lugar donde ella iba a descubrir al monstruo que él estaba creando dentro de ella.