Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 23.
La puerta del loft apenas se cerró detrás de nosotros cuando Aidan me estampó contra la madera. No hubo palabras, solo el sonido errático de nuestras respiraciones y el choque metálico de su cinturón al caer al suelo. Sus manos, todavía calientes por el trabajo en el hangar, se enterraron en mis muslos, levantándome con una fuerza bruta que me hizo soltar un gemido que él atrapó con su boca.
Me llevó a la cama sin dejar de besarme, un beso que sabía a hambre acumulada y a una posesión que ya no pedía permiso. Me lanzó sobre las sábanas de hilo y se deshizo de su camiseta en un movimiento rápido, dejando ver sus músculos tensos bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal. Se subió encima de mí, atrapando mis manos sobre mi cabeza con una sola de las suyas, mientras la otra bajaba por mi vientre, desabrochando mi falda con una lentitud tortuosa.
—Te dije que te iba a devorar, Colman —susurró contra mi oído, y su aliento caliente me hizo arquear la espalda—. Esta noche no eres la arquitecta, ni la hija de nadie. Eres mía. Absolutamente mía.
Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible hasta dejar marcas que sabía que tardarían días en borrarse. Bajó a mis pechos, liberándolos del encaje con sus dientes, y empezó a lamer mis pezones con una maestría que me hizo ver estrellas. Sus dedos, callosos y expertos, buscaron mi centro, encontrándome ya empapada por el deseo que él provocaba con solo mirarme.
Cuando entró en mí, fue como si el mundo entero explotara. No hubo delicadeza, hubo verdad. Una verdad salvaje, rítmica, que nos hacía sudar y gruñir nombres en la oscuridad. Me movía con él, aferrada a su espalda, clavando mis uñas en sus hombros mientras él me reclamaba con cada embestida, recordándome con su cuerpo que no importaba cuántos contratos firmara su hermano, este fuego solo nos pertenecía a nosotros. Nos entregamos hasta que los músculos nos dolieron y el alma se nos escapó en un grito unísono que selló nuestra unión para siempre.
A la mañana siguiente, el paraíso se tiñó de tinta y escándalo.
Las revistas de chismes y los portales de noticias ardían. Una foto tomada desde un ángulo perfecto en el restaurante "El Paso" ocupaba todas las portadas. En ella, Aidan me miraba con una adoración tan cruda, tan real, que no hacía falta leer el titular: "El lobo rebelde de los Lennox y la heredera Colman: El amor que desafía al imperio". Nos veíamos como la pareja perfecta; él, rudo y protector; yo, entregada y radiante. El contraste entre nuestra elegancia natural y el restaurante de camioneros nos hacía ver como una fantasía prohibida que toda la ciudad estaba consumiendo.
En la mansión Lennox, Dorian estrelló su tablet contra el espejo de su vestidor, haciendo que los cristales volaran por toda la habitación. Tenía la respiración agitada y los ojos inyectados en sangre.
—¡Maldito seas, Aidan! —rugió, mirando los restos de la pantalla donde aún se veía mi sonrisa.
—¡Ya basta, Dorian! —la voz de su madre, Sofía, cortó el aire como un látigo.
Ella estaba de pie en el umbral, vestida con un conjunto de seda negro, con el rostro marcado por una decepción que nunca le había visto. Sofía siempre se había mantenido al margen, observando en silencio las guerras de sus hijos, pero hoy algo se había roto en ella.
—Mamá, no te metas —siseó Dorian, tratando de recuperar su compostura.
—¡Me meto porque es una vergüenza lo que estás haciendo! —Sofía entró en la habitación, ignorando los cristales rotos bajo sus tacones—. He guardado silencio mientras competían por las notas, por los trofeos de fútbol, incluso por el cariño de su padre. Siempre fue una competencia, Dorian. Desde Navidad hasta Año Nuevo, cada cena era una batalla para ver quién era el mejor. Pero esto no es un juguete. El amor no es una competencia para ganar puntos en la empresa.
—Él me la robó —gruñó Dorian, apretando los puños.
—¡Ella no es una propiedad para ser robada! —le gritó Sofía, acercándose tanto que él tuvo que bajar la vista—. Iris es una mujer con voluntad, y ella ya eligió. ¿No lo ves en las fotos? Aidan no la está usando como un trofeo; la mira como si fuera su vida entera. Y ella lo mira a él. Entiéndelo de una vez: perdiste a la mujer. Ten un poco de dignidad. Cuando una mujer dice que no, es que no.
Dorian soltó una carcajada amarga, llena de veneno.
—Ella no sabe lo que quiere. Aidan solo la está usando para ganarme.
—Aunque Aidan la estuviera usando, ella lo eligió a él por encima de ti —sentenció su madre con una frialdad que dolió más que un golpe—. Vas a arruinar a toda esta familia, Dorian. Vas a destruir el apellido por un capricho. Siempre quisiste todo lo que Aidan tenía, y ahora que él encontró algo real, quieres pisotearlo. Replanteate qué hombre quieres ser, porque el que veo ahora me da asco. No voy a permitir que destruyas la paz de esta casa por tu ego herido.
Sofía se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Dorian solo entre los escombros de su propia furia.
Él sabía que su madre tenía razón, pero el veneno de la competencia estaba demasiado arraigado en su sangre. Miró un trozo de cristal en el suelo donde todavía se reflejaba la foto del periódico. La mirada de Aidan hacia Iris no era la mirada de un competidor; era la de un hombre que había encontrado su norte. Y eso, para Dorian, era el insulto final.
—No se termina aquí —susurró Dorian hacia la habitación vacía—. Si yo no puedo tenerla, nadie va a disfrutar de esa "perfección".
Mientras tanto, en el loft, ajenos al drama de la mansión, Aidan me preparaba café mientras yo leía las noticias. Se acercó por detrás, me besó la coronilla y miró la foto en la revista.
—Salimos bien, Colman —sonrió con esa arrogancia que me volvía loca—. Pero no creo que a mi hermano le guste el ángulo.
—Tu madre va a sufrir con esto, Aidan —dije, preocupada.
—Mi madre es más fuerte de lo que crees —respondió él, sentándose a mi lado—. Ella sabe que esto no es un capricho. Ella sabe que, por primera vez, un Lennox no está peleando por un trofeo, sino por su propia vida. Y esa vida eres tú.
Nos quedamos en silencio, disfrutando de ese pequeño momento de paz antes de que la tormenta familiar volviera a golpearnos. Sabíamos que Dorian no se detendría, pero mientras estuviéramos juntos en esa foto y en la vida real, el imperio Lennox podía arder en llamas.