Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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CAPÍTULO 17 – CUANDO EL HOGAR TIENE NOMBRE
El amanecer llegó sin prisa.
La luz se filtró suavemente por la ventana, bañando la habitación en tonos dorados.
Ariel fue el primero en despertar.
Durante unos segundos no se movió.
Solo respiró.
Escuchando el ritmo constante del pecho de Kael a su espalda.
Ya no le provocaba ansiedad.
Era hogar.
Kael dormía profundamente, un brazo rodeando su cintura de forma natural. Protector… pero sin aprisionar.
Ariel apoyó una mano sobre la de él.
Calor.
Peso.
Real.
Sonrió apenas.
Antes, algo así le habría parecido imposible.
Ahora…
era su presente.
—Te quedaste despierto otra vez —murmuró Kael, con la voz aún cargada de sueño.
Ariel se sobresaltó levemente.
—Creí que dormías.
—Duermo… pero siempre sé cuándo piensas demasiado —respondió, acercándolo un poco más—. ¿Todo bien?
Ariel asintió.
—Solo estaba… agradecido.
Kael sonrió contra su cuello.
—Eso suena peligroso a esta hora.
Ariel soltó una risa suave.
—Antes me despertaba con miedo —confesó—. Ahora me despierto contigo.
Kael abrió los ojos.
Completamente presente.
—Eso no es poca cosa.
Se giró con lentitud hasta quedar frente a él.
Sin distancia.
Sin barreras.
Ariel ya no apartaba la mirada.
Ya no se escondía.
—¿Te das cuenta de que ya no te tensas cuando te miro? —dijo Kael.
Ariel parpadeó.
—¿Lo hacía?
—Todo el tiempo —respondió—. Como si esperaras que encontrara algo mal.
Ariel bajó la mirada…
y luego negó suavemente.
—Supongo que estoy aprendiendo a creer que puedo quedarme.
Kael acarició su mejilla.
—No estás “permitido” aquí —corrigió—. Estás elegido.
El silencio que siguió no pesó.
Acomodó.
Ariel tomó su mano y la llevó a su vientre.
—Aún me asusta el futuro —admitió—. Pero ya no me siento solo frente a él.
Kael apoyó la frente en la suya.
—El miedo no desaparece —dijo—. Solo deja de mandar.
Se levantaron juntos.
Sin prisa.
Sin urgencia.
La mañana se construyó en gestos pequeños.
Kael preparando el desayuno.
Ariel observándolo desde cerca, con una mezcla de ternura… y algo más profundo.
—Nunca pensé que te vería así —dijo.
—¿Así cómo?
—Tranquilo. Doméstico.
Sonrió.
—Real.
Kael alzó una ceja.
—¿Eso es bueno o malo?
Ariel negó.
—Es perfecto.
Mientras comían, Ariel se detuvo de pronto.
Una mano sobre su vientre.
Respiración contenida.
—¿Todo bien? —preguntó Kael al instante.
—Sí… —susurró—. Solo fue una patada.
El mundo pareció quedarse en silencio.
Kael se inclinó lentamente.
—¿Puedo…?
Ariel asintió.
Kael apoyó la cabeza con cuidado.
Esperó.
Y entonces—
El movimiento volvió.
Pequeño.
Pero innegable.
Los ojos de Kael se humedecieron.
—Está aquí… —susurró—. De verdad está aquí.
Ariel apoyó la mano en su cabello.
—Y se queda.
Kael levantó la mirada.
—Los dos —dijo—. Se quedan.
Más tarde salieron a caminar.
No por necesidad.
Por deseo.
Ariel caminaba despacio.
Kael ajustó su paso sin siquiera pensarlo.
—Gracias —dijo Ariel.
—¿Por?
—Por no hacerme sentir una carga cuando necesito bajar el ritmo.
Kael se detuvo.
Lo miró de frente.
—Nunca vuelvas a pensar eso.
Su voz fue firme.
—El amor también se demuestra caminando más lento.
Ariel sintió el nudo en su garganta.
—Creo que por primera vez… me siento digno de lo que tengo.
Kael sostuvo su rostro.
—No lo eres por primera vez —dijo—. Solo que ahora lo sabes.
Se abrazaron.
Ahí mismo.
Sin importar el mundo.
No era una escena grandiosa.
Pero era definitiva.
Esa noche, mientras se acomodaban para dormir, Ariel se giró hacia él.
—Si alguna vez dudo… prométeme que me lo recordarás.
Kael besó su frente.
—Y tú prométeme que no huirás cuando tengas miedo.
Ariel sostuvo su mirada.
—Me quedo.
Kael respondió sin dudar.
—Yo también.
Se abrazaron.
Sin urgencia.
Sin necesidad.
Con elección.
Y en esa quietud compartida, quedó claro algo que ninguna vida anterior les había permitido sostener:
Ya no eran dos personas intentando sobrevivir juntas.
Eran una pareja construyendo algo nuevo.
Algo propio.
Un hogar.
Un día a la vez.
Y esta vez…
no pensaban soltarlo.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”