Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 5 – Entre frustraciones y sorpresas
Briana
El sonido del timbre de la universidad todavía resonaba en mis oídos mientras caminaba hacia la salida con los apuntes desordenados en la mochila. Había sido un día agotador, mucho más de lo que había previsto. Me había preparado mentalmente para sentirme un poco perdida, pero no pensé que la barrera del idioma me golpeara con tanta fuerza.
Durante la clase, apenas logré entender las explicaciones del profesor. Reconocía algunas palabras sueltas, podía adivinar otras por el contexto, pero había momentos en los que todo se mezclaba en un murmullo incomprensible. Mis compañeros parecían tomar notas con naturalidad, mientras yo me quedaba mirando el cuaderno, escribiendo frases a medias o pequeños dibujos que no tenían sentido.
Al salir, un nudo de frustración me apretaba el pecho. Me repetí que esto era normal, que recién comenzaba y que no debía exigirme tanto, pero aun así sentía esa punzada de inseguridad que tantas veces me había acompañado en mi vida. “¿Y si no soy suficiente? ¿Y si no logro entender nunca?”.
Me descubrí caminando más rápido, como si huir de esos pensamientos pudiera hacerlos desaparecer. El aire fresco me ayudó un poco, aunque no lo suficiente.
Cuando llegué al colegio para buscar a Pía y Teo, la sonrisa radiante de la niña me devolvió un poco de calma. Corrió hacia mí, con la mochila rebotándole en la espalda y los brazos abiertos.
—¡Briana! —exclamó, como si hubieran pasado semanas desde la última vez que me había visto y no apenas unas horas.
La abracé fuerte, agradecida por esa energía pura que parecía tener siempre. Teo salió después, más tranquilo, aunque con la misma seriedad de siempre. Caminamos de regreso en silencio, solo interrumpido por las historias de Pía, que me contaba sobre el dibujo que había hecho y la canción que habían aprendido en clase.
Yo asentía, sonriendo, pero mi cabeza seguía atrapada en el aula de la universidad, en ese sentimiento de no pertenecer del todo.
Cuando abrí la puerta de la casa, me llevé una sorpresa. Allí estaba Maicol, en la sala, sentado frente a la computadora portátil, con las mangas de la camisa arremangadas y el ceño ligeramente fruncido.
Pía soltó mi mano y corrió directo hacia él.
—¡Papá!
Se lanzó a sus brazos y él la levantó sin esfuerzo, besándole la mejilla con una ternura que pocas veces había visto en su rostro.
—Hola, princesa. ¿Cómo estuvo la escuela?
—¡Bien! ¡Hice un dibujo y se lo voy a mostrar a Briana!
Él sonrió y le revolvió el cabello. Luego levantó la vista hacia mí, con esa mirada que parecía atravesar todo.
—Hola. No esperaba que estuvieras aquí tan temprano —dije, sorprendida.
—Tenía una reunión cancelada y decidí trabajar desde casa por la tarde —respondió, con voz calmada.
Noté que Teo se había quedado quieto, mirándonos. Maicol extendió la mano hacia él, pero el niño solo asintió con la cabeza en señal de saludo. Esa diferencia entre el entusiasmo de Pía y la frialdad de Teo era imposible de no notar.
—¿Cómo les fue hoy? —preguntó Maicol, acomodando a Pía en el sofá.
—Bien —dijo ella enseguida.
Teo se encogió de hombros.
Yo dudé un segundo antes de responder. No quería sonar derrotada, pero tampoco podía fingir.
—A los niños les fue bien. A mí… un poco menos.
Él arqueó una ceja, como invitándome a continuar.
—La universidad es increíble, pero… el idioma me cuesta más de lo que esperaba. Entiendo algunas cosas, pero siento que me pierdo lo más importante.
Dije la última frase en un susurro, como si me diera vergüenza admitirlo. Maicol se quedó mirándome unos segundos, pensativo.
—Es normal —contestó al fin, con tono serio pero sin dureza—. Al principio todo parece más difícil. Con el tiempo mejorarás.
Asentí, aunque la inseguridad seguía allí, como una espina clavada.
—Estaba pensando en buscar clases particulares, o algo que me ayude a avanzar más rápido.
—Hazlo. Si lo necesitas, podemos organizar los horarios de los niños para que tengas un espacio fijo —añadió, sin apartar la vista de mí.
Me sorprendió la disposición de sus palabras. No lo dijo con afecto desmedido, pero sí con una seriedad que transmitía apoyo. Y eso, viniendo de él, era mucho.
—Gracias —susurré, con una sonrisa pequeña.
Pía tiró de mi brazo.
—¿Me ayudas con la tarea? ¡Tengo que dibujar una casa!
Me agaché a su altura y sonreí.
—Claro, vamos a hacerlo juntas.
Nos sentamos en la mesa del comedor. Pía extendió sus lápices de colores y empezó a garabatear entusiasmada. Yo la guiaba, sugiriendo ventanas, un jardín lleno de flores, hasta un perro imaginario que ella insistió en incluir.
De reojo, vi a Maicol levantarse y caminar hacia la cocina. Su figura imponía sin esfuerzo, incluso en los gestos cotidianos. Preparó café y, al pasar cerca, dejó una taza frente a mí sin decir nada. El gesto, tan simple, me sacudió por dentro.
Teo apareció después, con un cuaderno en la mano. Lo dejó sobre la mesa, sin mirarme directamente.
—Tengo problemas con estas cuentas —murmuró.
No me lo esperaba. Era la primera vez que me pedía ayuda.
—A ver —dije, acercándome. Me mostró operaciones de multiplicación y división que parecían haberlo confundido.
Mientras trataba de explicarle, noté cómo me escuchaba con atención, aunque su expresión seguía seria. Aun así, había un cambio: estaba dispuesto a darme un espacio, aunque fuera pequeño.
La tarde se fue llenando de esos detalles: las risas de Pía, las cuentas de Teo, el aroma del café y la presencia silenciosa pero constante de Maicol trabajando en la misma habitación.
Me descubrí sonriendo sin razón, como si de repente ese día difícil hubiera encontrado un equilibrio.
Cuando por fin guardamos los cuadernos, Pía me abrazó fuerte.
—Eres la mejor, Briana.
Ese “eres la mejor” me llegó como un bálsamo. Quizás no había entendido todo en la universidad, quizás aún me sentía insegura… pero en ese instante supe que, para esos niños, ya estaba empezando a ser alguien importante.
Y eso lo valía todo.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce