Dos jefes mafiosos. Un matrimonio arreglado.
El odio que los separa es tan intenso como la atracción que los consume.
Entre lealtad, sangre y deseo prohibido, Jay y Win descubrirán que el enemigo más peligroso no está fuera de la guerra… sino dentro de ellos mismos.
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Capítulo 23
La mansión ya no respiraba paz. A cada corredor, pasos apresurados resonaban; cada sala estaba tomada por costureras, abogados y mensajeros. El pacto tenía dos días para convertirse en matrimonio, y el peso del tiempo caía sobre todos.
otros hombres cuidarían la puerta de Nin.
Oleg— Ustedes dos tienen preocupaciones mayores que quedarse parados toda la noche — decretó, firme.
Win no discutió. Cuando entró en su cuarto nuevamente, sintió como si estuviera volviendo a un espacio olvidado. El colchón parecía extraño, frío. Pero, por primera vez en mucho tiempo, él no tenía a Jay sentado a pocos metros de distancia, observándolo con aquellos ojos grises que atravesaban hasta el alma.
Se acostó, pero no durmió. Cada vez que cerraba los ojos, revivía el beso. La rabia, el choque, el gusto de sangre y pólvora. La sonrisa de Jay después del golpe. Y las palabras de Nin, resonando: “Jay no va a parar.”
Win se volteó de lado, golpeando la almohada. Pero el silencio del cuarto solo lo hacía oír aún más alto su propia respiración, descompasada.
En el cuarto opuesto, Jay tampoco dormía. Estaba sentado en el sillón, el humo del cigarrillo subiendo en espirales. La pistola descansaba sobre la mesa, pero él ni siquiera la miraba. La sonrisa fría permanecía, recordando la expresión de Win cada vez que perdía el control.
La distancia, para él, no era un problema. Por el contrario, era el condimento.
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A la mañana siguiente, Jay bajó las escaleras ya impecable en un traje oscuro. Oleg lo aguardaba con dos coches en la puerta.
— Hoy elegimos las alianzas. Los joyeros ya están listos.
Jay asintió, ajustando la manga.
Antes de que entrara en el coche, Win surgió en el corredor, acomodándose el saco. El rostro era una máscara de frialdad, pero los ojos denunciaban la tempestad.
— Yo voy también.
Oleg alzó las cejas.
— No es necesario.
Win lo encaró, firme.
— Yo no pregunté.
Jay esbozó una sonrisa casi invisible, entrando en el coche sin discutir.
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La joyería quedaba en el último piso de un edificio lujoso en el centro de la ciudad. El hall era protegido por detectores de metal, guardias uniformados y puertas blindadas. Cada vitrina reflejaba la luz en cientos de anillos, cadenas y piedras raras.
Un funcionario los condujo hasta la sala reservada, donde un joyero los aguardaba. Bajo, elegante, usaba guantes blancos y una sonrisa ensayada.
— Señor Volkov, es un honor recibirlo. Hemos traído piezas exclusivas para la ocasión.
Sobre la mesa, tres cajas fueron abiertas. El terciopelo azul revelaba pares de alianzas: oro mate, platino pulido, diamantes discretos.
Jay tomó una de ellas, haciéndola girar entre los dedos. El metal reflejaba la luz fría de la sala. En silencio, se la colocó en su propio anular. El gesto simple cargaba un peso sofocante.
Win sintió el estómago apretarse. Desvió la mirada, pero no consiguió ignorar la imagen de Jay usando aquello. La alianza parecía hecha para él, y la visión lo corroía.
El joyero sonrió.
— Perfecta. Parece que nació para esa mano.
Después, miró a Win, atento.
— ¿Tal vez el señor quiera probarse también? Solo para ver la sensación.
El silencio fue mortal. Win se congeló, el rostro endureciéndose.
— No. — respondió seco, ríspido demasiado.
Jay arqueó la ceja, divertido.
— Déjelo en paz. Él prefiere fingir que no le gusta.
El joyero rió sin entender, pero Win sintió la sangre subir. La mirada que Jay le lanzó era provocación pura.
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Mientras el joyero mostraba otras opciones, Jay se inclinó, la voz baja, para que solo Win oyese.
— Bonito, ¿no crees? Oro, pesado… como el modo en que tú me miras cuando piensas que nadie ve.
Win cerró la mano en puño.
— Estás delirando.
Jay giró la alianza en el dedo, el metal brillando.
— ¿Lo estoy? ¿O solo tienes miedo de admitir que te gustaría ser el otro par de ella?
El corazón de Win se disparó. El aire parecía enrarecido. Él se levantó bruscamente, alejándose de la mesa.
— Eres insoportable.
Jay apenas sonrió, frío, guardando la alianza de vuelta en la caja.
— Y aun así, viniste conmigo.
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A la salida, la tensión no se disipó. El coche blindado los esperaba. Del lado de afuera, el cielo oscurecía, anunciando tempestad.
Jay entró primero, recostándose en el asiento, relajado como si nada pesase sobre él. Win se sentó al lado, la mandíbula trabada, los ojos fijos en la carretera.
El silencio preenchía el espacio, pero era todo menos vacío. Estaba cargado de recuerdos, provocaciones y de algo que ninguno de los dos osaba nombrar.
Dos días.
Apenas dos días hasta el matrimonio.
Y Win sabía: no sería el oro en el altar lo que lo aplastaría, sino el fuego prohibido que ya ardía dentro de él.
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