Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.
Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.
Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.
¿O de salvarlo?
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Capítulo 5
Capítulo 5
Fuego cruzado
Valentina supo que algo había cambiado porque Consuelo dejó de cantar.
La mujer solía moverse por el penthouse con una canción bajita, casi siempre boleros antiguos o pedazos de rancheras que tarareaba mientras acomodaba flores, revisaba charolas o fingía que no veía a Valentina inspeccionar las cerraduras por quinta vez. Esa tarde, en cambio, entró al cuarto de costura con los labios apretados y cerró la puerta detrás de ella.
—Señorita, necesito que se quede aquí un rato.
Valentina levantó la vista de la costura.
—¿Por qué?
—Visita del señor.
—¿Del señor Elizondo?
Consuelo tardó medio segundo en responder.
—De la familia.
Eso fue suficiente para que Valentina dejara la aguja sobre la mesa.
—¿Nicolás?
La mano de Consuelo se cerró sobre el borde de la charola.
—No es asunto suyo.
—Estoy encerrada en el departamento. Todo lo que pasa aquí termina siendo asunto mío.
—Justamente por eso le digo que no salga.
Consuelo dejó un plato de fruta y una taza de té. La intención era clara: comida como muro, calma como correa. Valentina esperó a que la mujer se fuera, contó diez segundos y abrió la puerta.
El pasillo estaba vacío.
No había cámaras visibles en ese tramo, pero Valentina ya sabía que verlas o no verlas no cambiaba nada. Caminó descalza, pegada a la pared, con el pulso en la garganta. Desde el despacho llegaban voces. Una era la de Héctor, baja y controlada. La otra tenía un tono más ligero, casi divertido, pero cada palabra parecía arrastrar una navaja por vidrio.
La puerta estaba entreabierta.
Valentina se detuvo antes de que el piso crujiera.
—Sigues jugando al patriarca —decía el desconocido—. Qué conmovedor.
—Sigues confundiendo ruido con poder —respondió Héctor.
Valentina se acercó lo suficiente para ver una parte del despacho. Héctor estaba de pie junto al ventanal, con los lentes puestos y los guantes blancos impecables. Del otro lado, sentado como si la oficina fuera suya, había un hombre de traje azul oscuro, cabello peinado hacia atrás y la misma elegancia peligrosa de Héctor, pero sin su quietud.
Nicolás Elizondo Montemayor sonreía demasiado.
No necesitó que nadie se lo presentara.
Tenía el tipo de belleza que no invitaba a acercarse. Una belleza afilada, orgullosa, acostumbrada a hacer daño y llamarlo honestidad.
—La sucesión no se gana escondido en un penthouse —dijo Nicolás—. El consejo empieza a cansarse de tus ausencias.
—El consejo firma donde yo le digo.
—Por ahora.
Héctor no se movió.
—¿Viniste a amenazarme o a practicar frente a alguien que no te tenga lástima?
Nicolás rió.
—Ahí está. El niño perfecto de papá. Siempre tan limpio. Siempre con guantes para que nadie vea dónde metes las manos.
Valentina vio que los dedos de Héctor se flexionaron una sola vez.
—Cuidado.
—¿Con qué? ¿Con mencionar que la mitad de tus hombres me pertenecieron antes de pertenecerte a ti?
—Los hombres que se venden dos veces no pertenecen a nadie.
—Pero sirven para una cosa: escuchar.
El silencio que siguió fue distinto. Más pesado.
Valentina sintió frío en la nuca.
Nicolás se levantó con calma y caminó por el despacho, tocando objetos sin pedir permiso: una caja de puros cerrada, un pisapapeles de obsidiana, el borde de una fotografía familiar volteada hacia abajo. Héctor lo siguió con la mirada, quieto como un animal grande antes de saltar.
—Raúl Solís está nervioso —dijo Nicolás.
El nombre golpeó a Valentina en el pecho.
—Raúl Solís es basura —respondió Héctor.
—La basura a veces tapa agujeros útiles. Por ejemplo, una propiedad en Oaxaca. Una heredera olvidada. Un par de firmas.
Valentina apretó la mano contra la pared.
—No metas ese tema aquí —dijo Héctor.
Nicolás se detuvo.
Luego, muy despacio, giró la cabeza hacia la puerta.
Valentina supo que la había visto.
No se movió. El cuerpo dejó de obedecerle durante un segundo absurdo.
Los ojos de Nicolás bajaron por su cabello recogido a medias, la blusa sencilla, las manos manchadas de tiza de costura. No la miró como Héctor la miraba, con una intensidad que quemaba. Nicolás la evaluó como se evalúa algo en una vitrina: precio, uso, defecto.
—Vaya —dijo—. ¿Otra mascota?
El aire del despacho se partió.
Héctor habló tan bajo que Valentina casi no oyó las palabras.
—No la mires.
Nicolás sonrió más.
—Entonces sí es importante.
—Nicolás.
—¿Qué? ¿No puedo saludar? Hola, preciosa. Dime, ¿mi hermano ya te explicó que cuando se aburre de una cosa la guarda bajo llave?
Valentina sintió asco antes que miedo.
—Yo no soy una cosa.
Nicolás abrió los ojos con fingida sorpresa.
—Habla.
Héctor cruzó el despacho en dos pasos.
No hubo advertencia.
Una mano enguantada atrapó a Nicolás por el cuello y lo estrelló contra la pared con un golpe seco que hizo vibrar el vidrio de un librero. Valentina retrocedió. El pisapapeles de obsidiana cayó de la mesa y rodó hasta la alfombra.
Nicolás no dejó de sonreír.
Eso fue lo más inquietante.
Tenía los dedos de Héctor cerrados sobre la garganta, la respiración cortada, la espalda pegada a la pared, y aun así soltó una risa ronca.
—Ahí está —logró decir—. El verdadero Héctor.
La voz de Héctor salió fría.
—Vuelve a hablarle y te rompo la mandíbula.
—¿Por ella? —Nicolás tosió, divertido—. Qué rápido. Papá estaría decepcionado. Siempre decía que las debilidades se esconden mejor.
Héctor apretó más.
Valentina vio la violencia completa en su brazo, en la línea dura de sus hombros, en la calma horrible de su rostro. No era una explosión ciega. Era algo peor: una decisión controlada de hacer daño.
—Héctor —dijo, sin pensarlo.
Él no volteó.
Pero sus dedos aflojaron apenas.
Nicolás lo notó. Por supuesto que lo notó.
—Mírala —susurró—. Ya te da órdenes.
Héctor lo soltó.
Nicolás se llevó una mano al cuello, respiró hondo y acomodó el saco como si nada hubiera pasado. La marca roja ya empezaba a subirle por la piel. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo junto a Valentina. Demasiado cerca.
Ella no retrocedió.
No quería darle eso.
Nicolás inclinó la cabeza.
—Cuídate de mi hermano. Él no rescata. Colecciona.
Antes de que pudiera decir algo más, Rodrigo apareció al final del pasillo. No traía la pistola en la mano, pero su presencia bastó para que Nicolás levantara ambas manos con una burla elegante.
—Tranquilo, perro fiel. Ya me voy.
—Señor Nicolás —dijo Rodrigo—, lo acompaño al elevador.
—Qué detalle.
Nicolás miró una última vez a Héctor.
—Nos vemos en la reunión de sucesión. Lleva tus guantes limpios.
Salió con Rodrigo detrás.
El silencio quedó roto.
Valentina seguía junto a la puerta, con el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía la espalda. El despacho olía a cuero, café frío y algo metálico que quizás solo estaba en su cabeza.
Héctor permanecía de espaldas.
Luego levantó ambas manos y se quitó los lentes.
El gesto hizo que todo en Valentina se tensara.
Cuando él se volvió, sus ojos ya no tenían esa capa helada que la obligaba a mantenerse firme. Estaban vivos. Demasiado vivos. Había rabia en ellos, sí, pero también algo más oscuro, algo que Nicolás había tocado y ella no sabía nombrar.
Héctor la miró como si necesitara comprobar que seguía ahí.
—Ven aquí.