novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero
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La caída del hijo perfecto
La mañana de la graduación amaneció demasiado tranquila.
Como si la ciudad no supiera que algo estaba a punto de romperse.
Eros estaba frente al espejo ajustándose la corbata. El traje oscuro le quedaba impecable. Imagen perfecta. Futuro brillante. Hijo ejemplar.
Pero sus manos no estaban completamente firmes.
Mihjail entró en la habitación sin tocar.
—Listo para convertirte oficialmente en ingeniero.
Eros sonrió apenas.
—Eso parece.
Mihjail se acercó, acomodándole el cuello del saco con ese gesto automático de padre orgulloso.
—Siempre supe que lo lograrías.
Eros sostuvo su mirada a través del espejo.
—¿Y si no fuera como tú crees?
Mihjail frunció levemente el ceño.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué pasaría si no fuera… el hijo perfecto?
La pregunta no era casual.
Era confesión disfrazada.
Mihjail lo miró con más atención.
—Nunca te pedí perfección.
—Pero la esperas.
Silencio.
—Espero que seas íntegro. Eso es diferente.
Eros bajó la mirada un segundo.
—¿Y si cometí errores?
Mihjail sostuvo el peso de la pregunta.
—Todos los cometemos. La diferencia está en si los enfrentamos o dejamos que nos definan.
Eros asintió lentamente.
No dijo más.
Más tarde, encontró a su madre, Alana, sentada en la sala con los ojos ligeramente húmedos.
—Mi niño se gradúa —susurró con una sonrisa.
Eros se sentó a su lado.
—Mamá… ¿alguna vez sentiste que papá esperaba demasiado de ti?
Ella rió suavemente.
—Tu padre espera mucho de sí mismo. Eso es diferente.
—¿Y si yo no soy tan fuerte como él cree?
Alana lo tomó del rostro.
—Eros, tú no eres tu apellido. Eres tus decisiones.
La frase se quedó grabada.
Tus decisiones.
Mientras tanto, Amber se preparaba en su casa. Vestido claro, cabello suelto, sonrisa nerviosa.
Diego estaba orgulloso.
—Te conozco desde pequeña —le dijo—, y aún así siento que creces demasiado rápido.
Amber lo abrazó.
—Solo es una graduación.
—Es el comienzo de algo más grande.
No sabían cuánto.
La ceremonia comenzó perfecta.
Discursos emotivos. Aplausos. Fotografías. Eros subió al escenario bajo ovación. Imagen impecable. Futuro prometedor.
Pero en medio del evento, Amber recibió un mensaje.
Número desconocido.
“Necesito que vengas cinco minutos. Es sobre Eros. Urgente.”
Adjuntaba una foto borrosa.
Eros… golpeando a alguien.
Su corazón se detuvo.
Miró alrededor. Franco estaba a unos metros, observándola.
Ella salió del auditorio.
No dijo nada.
No quiso arruinar el momento.
No imaginó que estaba entrando en una trampa.
Franco la esperaba cerca del estacionamiento trasero.
—Sabía que vendrías.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, mostrando la imagen.
—Un recuerdo.
—¿Qué quieres?
—Protegerte.
Amber dio un paso atrás.
—No juegues conmigo.
Franco levantó las manos en gesto de calma.
—Relájate. Solo quiero hablar.
El resto ocurrió rápido.
Demasiado rápido.
Una bebida ofrecida.
Un momento de confusión.
El mundo inclinándose.
Voces distantes.
Oscuridad.
Cuando Amber abrió los ojos, estaba sola en una habitación desconocida.
La cabeza le dolía.
La memoria era fragmentada.
El vestido desordenado.
Y el teléfono vibrando a su lado.
Un mensaje.
Un video.
Ella.
Inconsciente.
Franco apareciendo en el encuadre.
No hacía falta ver más.
El aire desapareció de sus pulmones.
Otro mensaje.
“Ahora sí vamos a hablar. Si quieres que nadie vea esto —ni tu familia, ni Eros— harás exactamente lo que yo diga.”
Amber tembló.
En la graduación, Eros buscaba su rostro entre la multitud.
No estaba.
Intentó llamarla.
Sin respuesta.
Franco regresó al auditorio minutos después, perfectamente compuesto.
Se cruzó con Eros al salir.
—Felicidades, ingeniero.
Eros lo miró.
—¿Dónde está Amber?
Franco inclinó ligeramente la cabeza.
—Deberías preguntarle a ella.
Y siguió caminando.
Esa noche, Amber llegó a su casa en silencio.
Nadie notó el temblor en sus manos.
Se encerró en su habitación.
Vio el video completo.
Lloró sin sonido.
Luego llegó el último mensaje.
“A partir de ahora, me perteneces. Y vas a alejarte de Eros. Si no, todos verán quién es realmente tu héroe.”
La amenaza era doble.
Ella.
Y el pasado de Eros.
Franco no solo quería destruirlo.
Quería hacerlo usando lo que más amaba.
Mientras tanto, Eros miraba su diploma sobre el escritorio.
Había conseguido todo lo que se suponía que debía conseguir.
Pero algo no estaba bien.
Lo sentía en el pecho.
En la intuición.
En el silencio de Amber.
No sabía aún que esa noche no solo se había graduado.
Esa noche comenzaba la guerra.
Y la primera víctima…
Ya había sido elegida
_______
Eros llamó.
Una vez.
Dos veces.
Cinco.
Sin respuesta.
Miraba el teléfono como si pudiera obligarlo a sonar.
“Tal vez está cansada.”
“Tal vez se quedó dormida.”
Pero había algo en su pecho que no le permitía estar tranquilo.
Mientras tanto, en su habitación, Amber tenía el celular entre las manos.
Otro mensaje.
“Hoy. Terminas con él. 4:00 p.m. Parque del Mirador. Donde yo pueda verlos.”
Su respiración se volvió inestable.
Otro mensaje.
“No juegues conmigo.”
Y una imagen adjunta.
Un fotograma del video.
Bastó.
Amber cerró los ojos.
Esa mañana, Marian fue la primera en notarlo.
—¿Dormiste?
—Sí, mamá.
Mentira.
Diego también la observó con más atención de lo habitual.
—Estás pálida.
—Es el estrés de la universidad.
Sonrió.
Demasiado rápido.
Demasiado forzado.
Marian se acercó.
—Amber, mírame.
Ella sostuvo la mirada apenas un segundo.
Fue suficiente para que su madre entendiera que algo no estaba bien.
—Si necesitas hablar…
—Estoy bien.
Lo dijo más firme.
Como si repitiéndolo pudiera convertirlo en verdad.
Subió a su habitación.
Marcó el número de Eros.
Él contestó al primer tono.
—¿Dónde estabas? Te llamé toda la noche.
Amber cerró los ojos al escuchar su voz.
—Necesitamos hablar.
El tono frío fue como un golpe seco.
—Voy por ti.
—No. Nos vemos en el Parque del Mirador. A las cuatro.
Colgó antes de quebrarse.
A las 3:58 p.m., Franco estaba al otro lado del parque, oculto dentro de su auto. Observando.
Esperando.
Amber lo sabía.
Lo sentía.
Eros llegó puntual.
Sonrió al verla.
Esa sonrisa que siempre la desarmaba.
—Me asustaste ayer.
Ella no respondió a eso.
No podía.
—Eros… esto no está funcionando.
Silencio.
La sonrisa desapareció lentamente.
—¿Qué?
El teléfono vibró en el bolsillo de Amber.
No lo miró.
Pero sabía que era él.
—He estado pensando —continuó—. Creo que… necesito algo diferente.
Eros la observaba como si intentara descifrar un idioma desconocido.
—¿Diferente cómo?
El teléfono volvió a vibrar.
Luego sintió algo.
Un pequeño punto rojo moviéndose sobre su pecho.
Tembló.
Levantó apenas la mirada.
En el edificio frente al parque, una ventana entreabierta.
El punto se desplazó levemente.
Advertencia.
Obedece.
El corazón comenzó a latirle en los oídos.
—Estoy viendo a alguien más.
La frase salió como si no le perteneciera.
Eros dio un paso atrás.
—No.
—Sí.
—No mientas.
—No es mentira.
El punto rojo volvió a aparecer, esta vez más firme.
—No te amo como antes.
Silencio absoluto.
El mundo pareció quedarse sin sonido.
Eros la miraba.
No con rabia.
Con incredulidad.
—Dime que eso no es verdad.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no podían caer.
No frente a él.
No con el punto rojo sobre su pecho.
—Es verdad.
Eros negó lentamente con la cabeza.
—Anoche estabas bien. Hace dos días estabas hablando de futuro. No puedes cambiar así.
Ella apretó los puños para no temblar.
—Las cosas cambian.
—¿Quién es?
No respondió.
El teléfono vibró otra vez.
“Bien. Sigue.”
—No quiero seguir contigo.
La frase fue el disparo final.
Eros sintió algo romperse dentro.
Pero no gritó.
No explotó.
Solo la miró.
Como si intentara memorizarla por última vez.
—Si esto es una broma cruel, no es graciosa.
—No es broma.
El punto rojo desapareció.
Señal de aprobación.
Eros dio un paso atrás.
—Está bien.
Eso fue peor que cualquier reclamo.
—Si eso es lo que quieres… no voy a obligarte a quedarte.
Amber sintió que el aire le faltaba.
Quería correr hacia él.
Decirle la verdad.
Pero el teléfono volvió a vibrar.
“Recuerda lo que puedo hacer.”
Eros la miró una última vez.
—Solo dime algo.
Ella no respondió.
—¿Alguna vez fue real?
Las lágrimas se acumularon, pero no cayeron.
—No lo suficiente.
Mentira.
La más grande de todas.
Eros asintió lentamente.
Y se fue.
Sin mirar atrás.
Sin saber que a unos metros alguien observaba satisfecho.
Franco bajó el celular.
Sonrió.
En su pantalla estaba la grabación completa.
Perfecta.
Limpia.
Dolorosa.
Amber se quedó sola en el parque.
Cuando por fin el punto rojo no volvió a aparecer, sus piernas cedieron.
Se dejó caer en la banca.
Lloró en silencio.
Esa noche, Eros rompió el marco donde tenían su primera foto juntos.
No gritó.
No llamó.
No buscó explicaciones.
Pero algo en él… cambió.
Y Franco acababa de dar el primer golpe.