Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 4: El peso del trono
La mañana comenzó como todas: con una pila de pergaminos esperando sobre su escritorio y una fila de ministros ansiosos por contarle los problemas del imperio. Ethan los recibió en la sala de audiencias privada, una estancia más pequeña que el gran salón, pero igualmente sofocante. Se sentó en el sillón de respaldo alto y dejó que hablaran.
Los ministros eran alfas, todos ellos. Hombres poderosos en sus propios territorios, acostumbrados a mandar y a ser obedecidos, pero en esa sala, frente al Emperador, su propia esencia se empequeñecía. No por nada que Ethan hiciera o dijera, sino por algo más sutil: su aroma.
La madera de agar estaba ahí, como siempre. No era un olor agresivo, no buscaba someter. Simplemente… era. Densos ecos de una fragancia oscura que hablaba de poder silencioso, de dinastías antiguas, de un linaje que había gobernado antes de que ellos nacieran y lo haría después de que murieran. Estaba en el aire, en los pliegues de las túnicas, en cada rincón de la estancia. Un recordatorio silencioso de que por mucho que discutieran, por muchas razones que esgrimieran, al final todos esperaban su veredicto. Ellos proponían. Él disponía.
—Las cosechas en la provincia del este han sido buenas este año, Majestad. Los impuestos podrían aumentarse sin causar malestar.
—Las rutas comerciales del sur están sufriendo ataques de bandidos. Necesitamos más patrullas.
—El consejo de ancianos solicita una audiencia para tratar la reforma de las leyes de herencia.
Ethan asintió, negó, aplazó, decidió. Cada palabra, cada gesto, medido. Llevaba doce años en el trono y podía hacerlo dormido. Cuando por fin llegaron al final de la lista, el Ministro de Guerra tomó la palabra:
—Majestad, la tensión en la frontera norte sigue latente. Los clanes de las montañas han realizado varias incursiones en los últimos meses. Por ahora están controladas, pero convendría mantener vigilancia. Si deciden unirse…
—Lo sé —lo interrumpió Ethan—. Envíe refuerzos a los fuertes del norte. Que sea discreto, no quiero provocar una guerra por un malentendido. Pero que estén preparados.
—Sí, Majestad.
Los ministros se retiraron con reverencias. Ethan se quedó solo unos minutos, mirando el mapa del imperio grabado en la pared de piedra. La frontera norte, marcada con líneas rojas. Siempre era la frontera norte.
—Majestad —la voz del eunuco principal lo sacó de sus pensamientos—. La Emperatriz espera para el almuerzo.
Ethan suspiró.
—Que pase.
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Sera llegó impecable, como siempre. Vestida de seda azul oscuro y el cabello recogido en un elaborado peinado que dejaba al descubierto su cuello. El almuerzo transcurrió con la misma frialdad de siempre. Sera hablaba de las nuevas alianzas, de las familias nobles que buscaban enviar a sus hijas al harén, de las quejas de las concubinas por el trato recibido.
Y luego, como siempre, llegó el momento.
—No puedo seguir soportando estas humillaciones —dijo Sera, dejando los cubiertos con un golpe seco—. Soy la Emperatriz. Hija de una de las casas más antiguas del imperio. Y tú me tratas como si fuera un mueble más en este palacio.
Ethan la miró sin cambiar la expresión.
—¿Qué esperas que haga?
—¡Que me mires! —los ojos ámbar de Sera chispeaban—. Que me trates como a tu esposa, no como a una administradora del harén. Llevamos años casados y jamás…
—Sera.
Su nombre, dicho en ese tono, bastó para callarla.
—Desde el principio fui claro. No me gustan las alfas. Tú lo sabías y lo aceptaste.
—Porque era un matrimonio político —respondió ella, y por un instante, bajo la máscara de hielo, Ethan vio algo que podía ser dolor—. Pero pensé… con el tiempo…
—El tiempo no cambia esas cosas.
Silencio.
Sera bajó la mirada un momento, solo un momento, y cuando volvió a levantarla, la máscara estaba de nuevo en su lugar.
—Como diga, Majestad. ¿Debo informar a las familias nobles que sus hijas serán bienvenidas?
—Hazlo.
El almuerzo terminó poco después.
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La tarde fue un interminable desfile de papeles. Peticiones, decretos, sentencias. Ethan firmó hasta que le dolió la muñeca, escuchó hasta que le zumbaron los oídos, decidió hasta que su cabeza fue un peso muerto sobre sus hombros. Cuando el sol empezó a ponerse, se reclinó en su sillón y cerró los ojos.
Otro día. Otros problemas. Otra noche.
Abrió los ojos y llamó a su eunuco de confianza.
—La nueva concubina, la que llegó el mes pasado. Que venga esta noche a mis aposentos.
El eunuco inclinó la cabeza.
—Sí, Majestad. ¿Alguna preferencia?
—Que cene conmigo. Veremos.
El eunuco desapareció. Ethan se quedó mirando la llama de una vela.
Tal vez algo nuevo. Tal vez algo diferente. Pero en el fondo, ya sabía la respuesta.
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Ella llegó cuando el sol ya se había ocultado.
Ethan la recibió en la antesala de sus aposentos privados, iluminada por la luz cálida de las velas. Era hermosa. Morena, de ojos grandes y expresión dulce, con un vestido de seda color marfil que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel. El escote era generoso, casi provocativo, y cada vez que se movía, la tela se desplazaba lo justo para insinuar más de lo que mostraba.
Se inclinó en una reverencia profunda.
—Majestad. Es un honor.
—Siéntate.
Cenaron. Ella se desvivió en atenciones: le sirvió el vino, le acercó los platillos, aprovechó cada excusa para rozar su mano con la de él. Sus dedos, cálidos y suaves, se demoraban un instante de más cada vez que le pasaba la copa.
—¿Le gusta el cordero, Majestad? —preguntó, inclinándose hacia adelante para servirle más, ofreciendo una vista generosa de su escote.
—Sí.
—Qué bien. Le pedí a los cocineros que lo prepararan especialmente para usted. Espero que sea de su agrado.
Ethan asintió, bebió un trago de vino.
Ella olía bien. Un aroma dulce, a flores y miel, el típico perfume de una omega en modo seducción. Lo había estado soltando con sutileza durante toda la cena, dosificándolo para crear el efecto deseado.
Ensayo general, pensó Ethan. Como todas.
Pero su cuerpo respondía. El aroma, el roce, la forma en que lo miraba por debajo de las pestañas… todo estaba calculado para despertar su instinto. Y funcionaba. Su alfa se agitaba, reclamando lo que le correspondía.
Terminaron de cenar. Siguieron con el vino en la zona de estar, ella sentada a su lado, cada vez más cerca.
—Majestad —susurró, y su voz era miel—. Hace tanto que esperaba este momento.
Él no respondió. Solo la miró.
Ella interpretó el silencio como una invitación. Se levantó, dio unos pasos y, con movimientos lentos y estudiados, dejó caer el vestido.
El cuerpo que se reveló era perfecto. Piel suave, curvas generosas, senos voluptuosos que se ofrecían a la luz de las velas. Su aroma se intensificó, llenando la habitación de esa dulzura que prometía noches enteras de placer.
Ethan sintió el deseo, sí. Su alfa respondía como debía. Pero era un deseo mecánico, casi aburrido.
Otra más. Otra igual.
Pero ella no lo sabía. Ella solo veía al Emperador, al Alfa supremo, y quería lo que todas querían: poder, joyas, regalos, la seguridad de ser la favorita.
Él decidió terminar con el teatro.
Dejó salir su aroma. El que guardaba para la intimidad.
El vino tinto, denso, embriagador, llenó la habitación en una oleada. No dosificado, no contenido. Completo. La madera de agar que había impregnado la sala de audiencias, esa presencia constante que recordaba a todos su lugar, quedó relegada a un segundo plano. Ahora solo existía el vino. Cálido. Abrumador. Imposible de resistir.
El efecto fue inmediato.
Los ojos de la chica se dilataron. Su respiración se aceleró. Las rodillas le flaquearon y tuvo que apoyarse en la mesa para no caer. Su propio aroma, antes controlado, se volvió salvaje, involuntario, pero ya no importaba. Ya no controlaba nada.
—Majestad… —jadeó, y su voz era puro deseo.
Ethan se levantó. Dio unos pasos hacia ella, y cada paso era una descarga más de feromonas que la envolvía, la penetraba, la desarmaba. Cuando la tomó en sus brazos, ella ya no era dueña de sí misma. Solo podía sentir.
La besó con una pasión que no era pasión, solo instinto. Ella respondió como un animal en celo, aferrándose a él, ofreciéndose sin reservas.
El resto fue una tormenta.
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Horas después, Ethan se levantó de la cama. La concubina yacía entre las sábanas, profundamente dormida, el cuerpo laxo y los labios entreabiertos. No había podido soportar la intensidad de un alfa supremo; pocas podían. Se había quedado inconsciente en algún momento de la tormenta, y ahora su respiración era suave, casi infantil. Ethan ni siquiera recordaba su nombre. Solo sabía que no la volvería a llamar.
Se vistió en silencio y salió al balcón.
El aire frío de la noche acarició su piel desnuda, llevándose los restos del aroma de vino y el perfume dulce de la chica. Poco a poco, su esencia volvía a ser la de siempre: esa madera oscura que lo acompañaba desde que tenía memoria, el olor del poder, de la soledad, de todo lo que construía y todo lo que le faltaba. Apoyó las manos en la barandilla de piedra y miró las estrellas.
Otro día. Otros problemas. Otra noche vacía.
Pero esta vez, su mente no se quedó en la rutina. Esta vez, como un cuchillo, llegó el pensamiento que siempre estaba esperando agazapado en algún rincón de su conciencia.
Un heredero.
Llevaba doce años en el trono. Doce años de noches con decenas de omegas y ninguna había concebido.
¿Soy yo?
La pregunta le quemaba las entrañas cada vez que aparecía. Los médicos decían que no, que estaba sano, que era cuestión de tiempo. Pero el tiempo pasaba, las concubinas entraban y salían de su cama y nada.
Apretó la mandíbula.
Si yo fuera un alfa común, ya habría tenido media docena de hijos. Pero no lo soy. Soy el más poderoso y quizás por eso… quizás por eso estoy maldito. No creía en maldiciones, era un hombre práctico, de guerra y estrategia. Pero en las noches como esta, cuando el silencio pesaba más que las batallas, la duda se convertía en certeza. El imperio necesita un heredero y yo no puedo dárselo.
Cerró los ojos un momento. Luego los abrió y volvió a mirar las estrellas
¿Cuándo fue la última vez que alguien me miró y vio a Ethan y no al Emperador?
No recordaba la respuesta y eso, pensó, era lo más triste de todo.
Mañana será otro día. Otros problemas. Otra oportunidad para fracasar.
Entró y se tumbó en la cama, lejos de la concubina que aún dormía. No la volvería a llamar.
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