Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo
Las cosas no andaban bien. Nunca lo hacen cuando el silencio pesa más que lo que decimos.
Al principio, casi ni se notaba. Tanto que Itzcelina no quería verlo. Lucas llegaba tarde un par de veces por semana. Siempre tenía una excusa lista, la cara de cansado y hablaba lo justo para que no le preguntaran nada.
—Se alargó la reunión—
—Tuve un problema con un socio—
—No tenía señal—
Ella asentía, servía la cena y ahí la dejaba, enfriándose mientras lo esperaba. Cuando él llegaba, la comida estaba helada… y él casi ni la tocaba.
—No tengo hambre —decía, soltándose la corbata—. ¿Te molesta si me baño primero?
Y se iba.
Las pláticas eran cortas, solo para lo necesario. ¿Pagaste la luz?, ¿puedes llevar el coche mañana?, ¿te digo si llego tarde? Preguntas vacías, respuestas automáticas. Dormían juntos, pero solos.
Llevaban cinco años de casados y, aun así, Itzcelina sentía que estaba con un extraño al que conocía demasiado. Y lo amaba.
Una noche, volvieron a discutir. No fue a gritos, ni con reclamos. Fue peor. Era cansancio acumulado.
—Ya no estás aquí —dijo ella, recargada en la barra—. Aunque estés presente, no estás.
Lucas aventó las llaves a la mesa.
—No quiero hablar de esto otra vez.
—Pues yo no quiero sentirme sola —respondió ella, en voz baja pero firme—. No nos vemos, Lucas. No hablamos. Ya no compartimos nada.
—¿Y qué quieres que haga? —contestó él, enojado—. ¿Que deje todo? ¿Que cambie por completo?
—Quiero que seas el hombre con el que me casé —susurró—. No este fantasma.
Lucas se pasó la mano por la cara, frustrado.
—Esto no va a ningún lado.
—Eso es lo que más me duele —dijo ella—. Que ya ni siquiera quieras intentarlo.
Lucas no dijo nada más. Agarró su saco, caminó a la puerta y la abrió de golpe.
—Lucas…
Pero él ni se inmutó. El azotón retumbó en toda la casa, como un balazo.
Itzcelina se quedó ahí, mirando la puerta. No gimió. No gritó. Solo esperó. Como tantas veces, deseando que volviera… y a la vez, temiendo que lo hiciera.
Lucas se subió a su coche y arrancó sin mirar atrás. Estaba furioso, pero también confundido. Se sentía culpable, como si le estuviera fallando a alguien, sin saber a quién.
Manejó sin rumbo hasta que vio el hotel. Estacionó fatal. Le dio igual.
Entró al lobby sin decir nada. El recepcionista lo saludó con la mirada. Ya no hacía falta hablar. Lucas iba seguido, aunque nunca se quedaba más de una noche.
Subió al elevador con los hombros tensos. Al llegar a su piso, caminó directo a la habitación. La puerta estaba entreabierta.
Entró.
Ella estaba de espaldas, con una bata de satén negro. Su pelo caía suelto, como un río oscuro en su espalda. El cuarto olía a perfume caro y a algo peligroso.
—Creí que no vendrías —dijo ella sin voltearse.
Lucas aventó las llaves al buró.
—Yo tampoco.
Ella casi sonrió.
—¿Qué le inventaste a tu esposo?
—Lo de siempre —respondió ella con una risita, mirando por la ventana—. Mis amigas me ayudan. Es bien ingenuo…
Se volteó despacio. Sus labios rojos resaltaban con su piel blanca. Lo miró con deseo y provocación.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Te peleaste otra vez con tu mujercita?
Lucas no contestó enseguida. Caminó a la ventana y vio la ciudad. Las luces le hicieron pensar en la cocina de su casa, en la lámpara prendida, en Itzcelina esperándolo.
Apretó la mandíbula.
—No quiero hablar de ella.
Ella se acercó y lo abrazó.
—Entonces no hablemos —susurró—. Quédate conmigo esta noche… como siempre.
Lucas no dijo nada. Se dejó llevar, sin ganas. No estaba ahí porque quería. Estaba ahí porque no sabía cómo regresar sin aceptar que estaba echando todo a perder.
En casa, Itzcelina seguía sentada en el sofá. La cobija apretada contra el pecho. El silencio era tan grande que le dolían los oídos.
Vio el reloj. Ya era tarde.
Sabía que no iba a volver.
No era la primera vez. Ya conocía las señales. El perfume de otra mujer. El celular en silencio. Las miradas raras. Pero esta vez… esta vez dolía más.
No era solo una sospecha. Era algo que sentía en el alma. Y esas cosas casi nunca fallan.
Se acostó sin apagar la luz. No tenía ganas de subir. Ya no se sentía a gusto ahí. Cerró los ojos y empezó a recordar todo. Lucas riendo. Lucas tomándole la mano. Lucas prometiéndole una vida juntos.
—¿Cuándo se acabó todo? —dijo en voz alta.
Eran las dos de la mañana cuando se levantó. Fue a la cocina, prendió la cafetera y abrazó la taza para ver si el calor la hacía sentir mejor.
De pronto, pensó algo que le dolió mucho.
¿Y si ya no me quiere?
Ya no había gritos. Ni reclamos. Solo ausencias. Y eso era lo peor.
En el hotel, la mujer prendió un cigarro. Luca la miraba desde la cama, frunciendo el ceño.
—Esto no puede seguir así —dijo él, tosco.
Ella alzó una ceja.
—Siempre dices lo mismo.
—Esta vez es diferente.
—No —respondió ella, acercándose—. Lo diferente es que cada vez te ves más vacío.
Luca se sentó, pasándose la mano por el pelo.
—No sé cuánto tiempo más pueda…
—Ya, por favor —lo interrumpió—. No me mientas. Lo que no soportas es que en casa te vean como un fracasado. Conmigo, eres el que decide.
Esas palabras le dolieron porque eran ciertas. Y porque era muy cruel.
A las seis de la mañana, Luca volvió a casa. Entró sin hacer ruido. Itzcelina seguía en el sofá, despierta.
No dijo nada.
Él iba a hablar, pero se detuvo. Ella no estaba enojada ni triste. Solo distante.
—Voy a bañarme —murmuró.
Ella asintió.
Y en ese momento, Lucas se dio cuenta de algo que lo asustó mucho.
El silencio de Itzcelina ya no era espera.
Era adiós.
Itzcelina lo vio levantarse del sofá. Luca se movía sin pensar, como si ya no vivieran en el mismo lugar.
—Luca —dijo antes de que llegara al pasillo.
Él se paró, con la mano en la pared. Tardó en voltear.
—¿Qué?
Ella se levantó. Caminó despacio hasta quedar cerca de él. Lo miró como a algo que ama, pero que ya no reconoce.
—Dime la verdad —pidió—. ¿Hay otra persona?
Nadie dijo nada por un buen rato. Lucas cerró los ojos por un segundo. Fue muy rápido para ser una confesión, pero muy largo para ser nada.
—No —respondió al fin—. No hay nadie más.
Itzcelina lo miró fijamente. Buscó mentiras, dudas, algo que dijera lo contrario. Luca parecía seguro, casi enojado de tener que explicarlo.
—Entonces explícame esto —dijo ella—. Explícame por qué ya no estás. Por qué prefieres irte antes de hablar conmigo. Por qué me siento sola aunque estés aquí.
—Te estás imaginando cosas —contestó él, apretando la mandíbula—. Estoy estresado. El trabajo, las responsabilidades… no todo se trata de nosotros.
—Antes sí —susurró ella—. Antes éramos nosotros contra el mundo.
Luca suspiró, cansado.
—No te inventes problemas.
Eso fue lo que terminó por romper algo en ella.
—No me inventé nada —dijo con calma—. Lo sentí. Y cuando alguien que te ama se siente invisible… algo anda mal.
Luca negó con la cabeza.
—No quiero seguir discutiendo.
—Yo tampoco —respondió ella—. Quiero entender.
Él no contestó. Siguió caminando hacia la habitación. La puerta del baño se cerró. El agua cayendo era constante, como una pared entre los dos.
Itzcelina volvió al sofá y se sentó. No lloró. Ya no. Las lágrimas se le habían gastado en noches anteriores, en esperas inútiles, en mentiras que se repetían.
“No hay nadie más”, había dicho.
Quizás no mentía del todo. Tal vez no había un nombre, pero había algo más fuerte que otra persona: había una decisión constante de irse. De no quedarse. De no mirar atrás.
Y eso también es una traición.
En el baño, Luca apoyó la cabeza en los azulejos. El agua le caía encima, pero no se sentía mejor. Había mentido. Como siempre. Porque aceptarlo significaba perderlo todo.
Y aunque Itzcelina no supiera toda la verdad, su silencio, esa distancia nueva y fría, le dejó claro algo que ya no podía negar.
Ella se estaba yendo.
Y esta vez, no iba a haber portazos. Solo ausencia.