Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
NovelToon tiene autorización de Mile Vivero Rudas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
refugio roto
La tormenta estalló de repente, transformando el camino de la escuela en un río de lodo. Yo caminaba a paso rápido, intentando proteger mi libro bajo la chaqueta, cuando un coche derrapó en la curva cerrada cerca del viejo galpón de la salida. El estruendo del metal contra el poste de luz me dejó sorda por un segundo.
Corrí hacia el vehículo humeante. Para mi horror, era el auto deportivo de Julián. Él estaba aturdido, con un pequeño corte en la frente, intentando abrir la puerta atascada.
—¡Julián! ¡Ayúdame, empuja! —grité, tirando de la manija con todas mis fuerzas.
Logré sacarlo justo antes de que la lluvia arreciara con furia. No podíamos quedarnos allí; el frío era insoportable. Lo arrastré como pude hasta el interior del galpón abandonado. Allí, entre el olor a madera vieja y el repiqueteo del agua contra el techo de zinc, nos quedamos solos.
Él temblaba, no solo por el frío, sino por el susto. Me quité mi chaqueta empapada y, sin pensarlo, me acerqué para limpiar la sangre de su frente con un pañuelo.
—Gracias, Luciana... de verdad —susurró, y por un momento, sus ojos volvieron a ser los de la biblioteca. Me tomó la mano, apretándola con fuerza—. Perdóname por todo. Soy un idiota, tengo tanto miedo de no encajar que te estoy perdiendo.
Sentí que mi corazón se derretía. Estábamos a centímetros, el calor de nuestros cuerpos era lo único que combatía el frío del galpón. Él se inclinó, su respiración rozando mi mejilla, y por un segundo eterno, creí que finalmente elegiría la verdad sobre la máscara.
Pero entonces, el sonido de motores y risas rompió el encanto.
—¡Hey! ¡El auto de Julián está ahí fuera! —era la voz de Mateo.
La puerta del galpón se abrió de golpe, dejando entrar un haz de luz de linternas. Mateo y otros tres chicos del grupo entraron, empapados y riendo. Se detuvieron en seco al vernos: Julián sentado en el suelo, conmigo arrodillada frente a él, sosteniendo su mano.
El silencio fue mortal. Vi cómo el rostro de Julián se transformaba en tiempo real. La ternura desapareció, reemplazada por un pánico gélido.
—¡Vaya, vaya! —soltó Mateo con una carcajada cruel—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Julián se accidentó y la "meserita" vino al rescate? ¿O es que estaban aprovechando la oscuridad para algo más?
Julián se puso de pie de un salto, soltando mi mano como si quemara. Se limpió la frente con desdén y soltó una risa seca, la más falsa que le había oído nunca.
—¿Estás loco, Mateo? —dijo Julián, mirándome con una frialdad que me atravesó el alma—. La encontré aquí refugiada y me estaba pidiendo dinero, como siempre. Es una muerta de hambre oportunista. Estaba a punto de echarla a patadas cuando llegaron ustedes.
Mis ojos se llenaron de lágrimas que me negué a dejar caer. El dolor físico del accidente no era nada comparado con el vacío que sentí en el pecho.
—¡Lárgate de aquí, Luciana! —me gritó Julián, dándome la espalda para unirse a sus amigos—. Ve a limpiar mesas, que es para lo único que sirves.
Los chicos estallaron en burlas mientras yo recogía mi mochila del suelo. Salí a la lluvia torrencial sin mirar atrás, escuchando sus risas a mis espaldas. Esa noche, mientras caminaba empapada hacia el club, supe que el Julián de la biblioteca había muerto para siempre
La lluvia no cesaba, pero a Luciana ya no le importaba mojarse. Cada gota que golpeaba su rostro se sentía como un castigo necesario para despertar de la fantasía en la que había caído. Caminaba por la carretera secundaria, el lodo salpicando sus piernas, mientras las palabras de Julián se repetían en su mente como un disco rayado y sangriento: “Muerta de hambre oportunista”, “Solo sirves para limpiar mesas”.
Llegó al club "El Refugio" temblando, no por el frío, sino por la rabia contenida. Entró por la puerta trasera, ignorando el saludo del guardia. Se encerró en el pequeño baño de empleados y se miró al espejo. El maquillaje se le había corrido, su cabello castaño estaba enredado y sus ojos avellana, usualmente melancólicos, ahora despedían un brillo peligroso. Se lavó la cara con agua helada, se puso el uniforme de mesera —ese que Julián usó para humillarla— y salió a la sala con la cabeza en alto.
Esa noche, el club estaba inusualmente lleno. El humo flotaba en el aire y la música de jazz suave intentaba ocultar el vacío que Luciana sentía en el pecho. Trabajó de forma mecánica, moviéndose como un autómata entre las mesas. No hablaba, no sonreía, solo servía. Su mente estaba en el jardín de su casa, en los bulbos que Julián le había regalado. "Mañana mismo los arranco de la tierra", se prometió a sí misma. No quería nada que viniera de sus manos manchadas de cobardía.
Mientras tanto, en la zona más cara del pueblo, Julián estaba sentado en la sala de estar de Mateo. Sus amigos reían, brindando por haber "sobrevivido" al accidente, pero él no podía dejar de mirar sus propias manos. Todavía sentía el calor de los dedos de Luciana cuando lo ayudó a salir del auto. El contraste era insoportable: ella lo había salvado arriesgando su propia seguridad, y él la había apuñalado con palabras para salvar su estatus social.
—Oye, Julián, ¿viste la cara que puso? —se burló Mateo, dándole un golpe en el hombro—. Parecía que se iba a echar a llorar ahí mismo. Esas muertas de hambre siempre creen que pueden escalar posiciones usando a gente como nosotros. Menos mal que la pusiste en su lugar.
Julián forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Sí, claro —respondió con la voz hueca—. Solo era una molestia.
Pero por dentro, el Julián de la biblioteca gritaba. Se sentía como un parásito. Miró a sus amigos: chicos con ropa de diseñador, autos pagados por sus padres y corazones huecos. Se dio cuenta de que Luciana, con sus zapatos gastados y su trabajo nocturno, era mil veces más rica que todos ellos juntos. Ella tenía un propósito; él solo tenía una máscara.
"𝐍𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐡𝐚𝐛𝐫𝐚́ 𝐮𝐧 𝐛𝐨𝐫𝐫𝐚𝐝𝐨𝐫 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐫𝐫𝐞𝐠𝐢𝐫 𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐬𝐚𝐝𝐨, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐬𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐡𝐚𝐛𝐫𝐚́ 𝐮𝐧 𝐥𝐚́𝐩𝐢𝐳 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐬𝐜𝐫𝐢𝐛𝐢𝐫 𝐞𝐥 𝐟𝐮𝐭𝐮𝐫𝐨"✍🏻