En Valmont, el poder y el deseo se entrelazan en un juego tan seductor como peligroso. Mi nombre es un susurro en los círculos más exclusivos; mi presencia, un anhelo inalcanzable. Pero en un mundo donde la libertad tiene un precio, cada decisión puede llevarme a la cumbre… o arrastrarme a la perdición.
Soy Isabella Rivas, mejor conocida como Sienna, y esta es mi historia.
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Sombras en la Oscuridad
El frío era constante, pero ya ni siquiera sabía si temblaba por eso o por el miedo. No podía dormir, aunque mi cuerpo me lo suplicara. La oscuridad de la habitación era asfixiante, como si me tragara poco a poco.
Entonces lo sentí. Un roce en mi pierna. Un escalofrío me recorrió entera, y una náusea horrible se instaló en mi estómago. ¿Una rata? Moví la pierna bruscamente, tratando de sacudirme lo que fuera, pero entonces escuché algo más.
Un murmullo. Una maldición susurrada y mi cuerpo entero se tensó. ¡No es una rata! Antes de que pudiera reaccionar, unas manos fuertes me sujetaron y me presionaron contra el suelo con brutalidad.
Intenté gritar, pero una palma áspera cubrió mi boca de inmediato.
No. No. No.
La desesperación me golpeó con fuerza, y mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. Me sacudí, pataleé, traté de girarme, pero el peso sobre mí era abrumador. Me inmovilizó con facilidad, aplastándome contra el suelo sucio y frío.
—Shh… quédate calladita —susurró una voz ronca contra mi oído.
¿Malcom? Intenté arañarlo, morderlo, algo, pero no sirvió de nada.
—Tranquila —volvió a susurrar, como si eso fuera a calmarme—. No voy a violarte.
Mi cuerpo se quedó rígido. Esa voz... No era Malcom.
¡Era Jim!
El mismo que había detenido a Malcom antes. El que había dicho que "no se tocaba la mercancía".
¿Ahora él también iba a romper su propia regla?
Sentí alivio al reconocerlo, y me odié por ello. ¿Cómo pude pensar que era diferente?
Su agarre era fuerte, dominante. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una lentitud enfermiza, como si se estuviera dando el lujo de explorar cada parte de mí.
—Tienes un cuerpo tan… joder… inocente —murmuró.
Mi estómago se revolvió de asco. Su aliento caliente me rozó el cuello. Cerré los ojos con fuerza. No iba a llorar. No iba a darle esa satisfacción, pero... ¿Acaso le importa?
—Hueles a polvos de bebé… a inocencia pura —dijo con una risa baja y asquerosa.
Mi piel se erizó. Intenté moverme, zafarme, pero él seguía ahí, cada vez más cerca, más invasivo.
No, por favor, que alguien me ayude, ¡quién sea, por favor! Gritaba con desesperación en mi fuero interno.
Un golpe en la puerta hizo que ambos nos congeláramos.
—¡Jim! —la voz de Malcom retumbó en la habitación—. ¿Dónde mierda estás?
Silencio. Un segundo en el que mi corazón latía con violencia en mis oídos. Pero Jim no se movió, tampoco se apartó. Es más, su respiración se hizo más pesada, más irregular. Casi como si aquello lo excitara más.
Presionó aún más la mano que cubría mi boca. Y su miembro, que ahora danzaba entre mis nalgas, caliente y dura, se movía de forma frenética y mi asco y repulsión fue aún más grande al entender lo que estaba haciendo.
Al otro lado el otro, hombre seguía gritando su nombre, algo que parecía encenderlo mucho. su espiración en mi cuello, se hacía cada vez más espesa y las maldiciones más profundas.
Cerré los ojos con fuerza. Intenté imaginar que no estaba allí, que nada de esto era real. Sin moverme y deseando que terminara cuanto antes. Pero el tiempo se alargó como una pesadilla interminable.
Su agarre seguía firme, su respiración densa contra mi piel. Sentí náuseas, un asco visceral que me revolvió el estómago y me dejó con ganas de gritar. Pero no podía. No debía.
Y entonces, de repente, en lo que sentí eterno, algo cambió en él. Si cuerpo se tensó y entonces lo sentí o quizás lo olí. Un olor fuerte, denso y asqueroso que me provocó una arcada, después de notar cómo mi culo era manchado con su semen.
—Maldiga sea eso fue...—comentó entre jadeos.
No le di tiempo a reaccionar.
Con todo el coraje y la desesperación acumulada, giré bruscamente la cabeza y lo golpeé con la mía.
Jim gruñó, sorprendido, y su agarre se aflojó apenas un poco. Ese instante fue todo lo que necesité. Con más fuerza de la que creía tener, levanté la rodilla y la hundí en su estómago.
Un gruñido de dolor escapó de sus labios, y retrocedió lo suficiente para que yo pudiera apartarme.
No pensé, solo actué.
Torpe, desesperada, le di un cabezazo en la nariz. El sonido seco del impacto me confirmó que había dado en el blanco. Jim se llevó una mano al rostro, soltando una maldición, y ese segundo de distracción fue mi oportunidad.
Rodé lejos de él y me arrastré hasta la pared, respirando entrecortadamente, con el corazón desbocado.
Jim se quedó quieto, mirándome. Había furia en sus ojos, pero también sorpresa. Me odiaba. Lo podía ver en su expresión oscura y peligrosa.
Pero no hizo nada. No dijo nada.
Se limpió la sangre de la nariz, se sacudió la ropa y caminó hacia la puerta.
—¿Qué demonios quieres, Malcom? ¿Uno no puede intentar dormir en paz? —gruñó antes de salir.
La puerta se cerró tras él.
Me quedé allí, encogida en el rincón más alejado de la habitación, temblando incontrolablemente.