Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
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capitulo 5
Han pasado tres días.
Tres días desde que Mía vio a Renzo con un arma en las manos, completamente fuera de control.
Ese mismo día, la casa se volvió un caos.
Gritos.
Órdenes.
Hombres corriendo de un lado a otro.
Renzo había llegado de madrugada.
Furioso.
Peligroso.
—¡Quiero todo listo ya! —había gritado—. ¡Nos vamos ahora!
Mía lo había visto desde la puerta de la cocina.
Quieta.
En silencio.
Observando.
Nunca lo había visto así.
Tan descontrolado.
Esa misma noche, algo más la sorprendió.
Hanna apareció vestida de negro.
Con un rifle en las manos.
Mía sintió un escalofrío.
Hanna la miró.
Y sonrió.
Como si todo fuera normal.
Y se fue.
Detrás de ella, un grupo de hombres armados hasta los dientes.
Ese fue el momento en que Mía entendió algo.
Ellos no eran solo peligrosos…
Eran parte de algo mucho peor.
Desde la puerta, vio a Renzo salir.
Él pasó frente a ella.
La miró.
Pero no dijo nada.
Mía se dio la vuelta.
Quería irse.
Desaparecer.
Pero entonces—
Una mano la sujetó.
Fuerte.
La giró.
Renzo.
Y sin previo aviso…
la besó.
Un beso intenso.
Dominante.
Pero diferente.
No fue castigo.
No fue control.
Fue…
necesidad.
Mía se quedó congelada.
No entendía nada.
Renzo apoyó su frente contra la de ella.
—Quédate aquí —murmuró—. No salgas.
Volvió a besarla.
Y se fue.
Dejándola ahí.
Confundida.
—¿Será que…? —susurró Mía para sí misma.
¿Está funcionando?
Los siguientes tres días…
fueron eternos.
Silencio.
Soledad.
Rutina.
La casa era grande.
Demasiado.
Y ella…
seguía atrapada.
Hasta que una mañana—
Uno de los hombres entró.
—Señora… el señor ordenó que la cambien de habitación.
Mía lo miró sorprendida.
—¿Arriba?
—Sí.
Su corazón latió más fuerte.
¿Está funcionando…?
Sin dudarlo, aceptó.
Subió las escaleras.
Por primera vez.
El hombre abrió una puerta.
—Esta será su nueva habitación.
Era grande.
Iluminada.
Con una cama enorme.
Luz.
Mía entró lentamente.
Sintió algo extraño.
No era libertad.
Pero ya no era la oscuridad de antes.
—Espera… —dijo, deteniendo al hombre.
Él se giró.
—¿La señorita Hanna…?
—Está en una misión —respondió seco—. El señor ya viene en camino.
Mía asintió.
Y se quedó sola.
Recorrió la habitación.
Tocó las paredes.
Miró la cama.
Se sentó.
Algo está cambiando…
Pero no se permitió confiar.
Nunca.
Esa misma noche—
La puerta se abrió.
Renzo.
Parado.
Observándola.
—¿No vas a saludar a tu esposo? —preguntó.
Mía se puso de pie.
Por dentro…
lo odiaba.
Pero sonrió.
Se acercó.
Y lo besó.
Un beso corto.
Controlado.
Renzo frunció levemente el ceño.
—Veo que no me extrañaste…
Y la atrajo hacia él.
El beso esta vez fue distinto.
Más profundo.
Más exigente.
Mía siguió el juego.
Porque ahora…
esto era parte del plan.
Minutos después…
todo volvió al silencio.
Renzo estaba acostado.
Mía a su lado.
—¿Te gusta tu nueva habitación? —preguntó él.
—Sí… —respondió ella—. No es oscura.
Renzo la acercó a su cuerpo.
La abrazó.
Y ese gesto…
la descolocó más que cualquier otra cosa.
Mía bajó la mirada.
Vio los moretones.
Las vendas.
Algo había pasado.
Algo grande.
Quiso preguntar.
Pero no lo hizo.
—¿Hanna? —se animó finalmente.
—Está en una misión —respondió él.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé.
Silencio.
—Puede tardar meses.
El corazón de Mía se apretó.
Meses.
Renzo se levantó.
Se vistió.
Y se fue.
Como si nada.
Pasó un mes.
Un mes entero.
Sin Hanna.
Pero con Renzo.
Cada noche.
Sin falta.
Él la buscaba.
Y Mía…
seguía actuando.
Pero algo empezó a cambiar.
Renzo ya no gritaba como antes.
Ya no la insultaba.
Ya no la ignoraba.
Ahora la miraba.
La tocaba con cuidado.
Le hablaba diferente.
Demasiado diferente.
Y eso…
era peligroso.
Porque Mía no quería sentir nada.
No podía.
Amaba a Lucas.
Solo a él.
Pero Renzo…
estaba entrando en su cabeza.
—Duerme conmigo —dijo una noche.
Mía lo miró sorprendida.
Renzo.
Pidiendo.
—Quiero que te quedes acá —continuó—. Todas las noches.
Silencio.
—Voy a traer todas tus cosas.
Mía sintió un nudo en el pecho.
Está cayendo…
Pero algo dentro de ella…
se resistía.
—No quiero molestar —respondió suavemente.
Se levantó.
Se puso la bata.
Y se fue.
Dejándolo solo.
Renzo la miró irse.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no tuvo el control.
—¿Qué me está pasando…? —murmuró.
Al día siguiente—
Una nueva presencia llegó a la casa.
Valeria.
Encargada de la limpieza.
Desde ese día, Mía ya no tenía que hacer nada.
Podía salir al jardín.
Tenía ropa nueva.
Zapatos.
Cosas que nunca pidió.
Cosas que no quería.
Porque seguía encerrada.
Porque nada de eso era libertad.
Renzo entró a su habitación una mañana.
—Buenos días —dijo, sonriendo.
Se acercó por detrás.
La abrazó.
Dejó un beso en su cuello.
Mía se tensó apenas.
—Vine a buscarte —continuó él—. Vamos a salir.
El corazón de Mía se detuvo.
¿Salir?
¿Después de todo este tiempo?
¿Era su oportunidad?
¿O una trampa?
Su mente empezó a correr.
Escapar.
Ahora.
O esperar.
Hanna.
Su promesa.
Su plan.
Mía respiró hondo.
Y por primera vez en mucho tiempo…
tenía una decisión real que tomar.
Miró a Renzo.
Y sonrió.
Pero por dentro…
la guerra recién empezaba.