Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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La llegada de una amiga
Arabella fue a la boutique con su hija; había accedido a llevar a Amara, que desde la mañana insistía en acompañar a su mamá.
—¿Adiós, tío papá? —Amara agitó la mano mientras el coche de Samuel se alejaba del estacionamiento de la boutique.
—Ara, no te pongas caprichosa ni molestes a las chicas mientras trabajan, ¿sí?
La pequeña asintió, obediente.
—Ara no se porta mal, mamá. Ara ya va a la escuela —dijo con su vocecita inconfundible.
—Claro que sí, mi Amara linda no se porta mal. —Arabella le acarició la cabeza y entraron juntas. Dentro ya había una clienta esperándola.
—Señorita, hay alguien que la está esperando —dijo Mireya, acercándose apenas la vio llegar.
—¡Hola, tía Mira! —la saludó Amara con su sonrisa más dulce.
—¡Ay, cielos, no te había visto, mi amor! —Mireya se agachó de inmediato para quedar a su altura—. ¿Cómo es que hoy viniste con mamá? —le preguntó, después de darle un beso en la mejilla.
—Mi amor, quédate un ratito con la tía Mira, ¿sí? Mamá tiene trabajo. —Arabella miró a su hija con una sonrisa.
—Bueno, ma —contestó Amara, ensanchando la sonrisa.
—Mira, te la encargo un momento.
—Descuide, señorita.
Arabella se marchó tras besar a su hija en la mejilla y fue al encuentro de quien la esperaba. No tenía idea de quién sería; qué raro que a esa hora tan temprana ya hubiera una clienta aguardándola.
—Buenos días —saludó al ver a una mujer de pie frente a la hilera de vestidos de novia.
La mujer se volvió y sonrió al reconocer a la persona que esperaba.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita? —Arabella la saludó con amabilidad y le tendió la mano; la desconocida, hermosa, también le sonreía.
—Fabi —dijo la mujer, presentándose.
—Bella. Tome asiento, por favor.
Ambas se sentaron en el sofá de la sala. La mujer llamada Fabi expuso entonces el motivo de su visita a la boutique.
—Quiero que me hagan un vestido de novia precioso, y confío en que usted puede lograrlo. —Fabi sonrió con los ojos brillantes—. Elegante y con aire de lujo. No me gusta lo recargado, así que... ¿podría diseñarlo tal como lo quiero?
Arabella sonrió, y sus manos empezaron a moverse solas mientras Fabi le describía lo que deseaba.
—Le enviaré los diseños por correo y usted me dice si le convencen. Si no es indiscreción, ¿la recepción sería...?
—Dentro de un mes, y la celebro en la capital. Para esto pongo todo en sus manos, Bella. Espero que no me defraude —dijo Fabi, con voz suave pero firme.
Arabella asintió, comprendiendo.
—¿Así que usted vive en la capital? —preguntó, un poco entrometida. Le extrañaba que alguien de allá encargara el vestido tan lejos, en vez de pedirlo en la ciudad, donde había muchas más opciones y mejores.
—Da la casualidad de que mi familia vive en esta ciudad; yo trabajo en la capital y mi prometido es de allí —explicó Fabi—. Bueno, me voy. No olvide enviarme los diseños en cuanto los tenga.
Arabella asintió con una sonrisa y salieron juntas de la sala de espera, charlando, hasta que algo desvió la atención de las dos: alguien bromeaba con Amara y la hacía reír a carcajadas.
—¡Aldo! —exclamó Arabella al reconocer al hombre: un viejo compañero y, en su día, jefe suyo en la fábrica.
Al oír su nombre, Aldo se volvió hacia la voz con una sonrisa.
—Esa es tu mamá, vamos con ella. —Aldo tomó de la mano a la pequeña Amara.
—¡Mamá! —Amara corrió a abrazarse a la cintura de su madre.
—Hola, cuánto tiempo. —Aldo la saludó con su sonrisa de siempre, y vio a Arabella más hermosa que nunca en aquella madurez que le daba un aire maternal.
—Bien. ¿Con quién viniste? —le devolvió ella la pregunta.
Fabi, entretanto, se disculpó y se retiró antes de que Aldo y Amara se acercaran.
—Eh... —Aldo se rascó la cabeza con una sonrisa incómoda.
—¡Amor, mira esto!
Arabella y Aldo se volvieron de golpe hacia la mujer que acababa de aparecer con un vestido de fiesta.
Arabella abrió los ojos como platos y la boca de par en par.
—¡Chela! ¡Eres tú! —chilló, sin poder creerlo.
La mujer a la que llamó Chela solo sonrió de oreja a oreja, mostrando todos los dientes.
Entonces... ¿Chela y Aldo?