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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:6.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 32

Tras descansar un rato y dejar las cosas en la habitación, Valeria volvió a salir a la terraza de la villa. La mirada se le fue de nuevo hacia la playa y el rostro se le iluminó al instante.

—Cariño.

Sebastián, que estaba sirviéndose una bebida, se volvió.

—Dime.

—¿Podemos ir a la playa?

Sebastián siguió la dirección de los ojos de su esposa. Esbozó una sonrisa breve.

—Claro.

Al oír la respuesta, Valeria casi dio un salto de alegría.

—¿De verdad?

—Sí.

—¡Qué bien!

Al ver la sonrisa despreocupada de Valeria, Sebastián negó con la cabeza sin dejar de sonreír. Hacía mucho que no veía a alguien capaz de ser tan feliz por algo tan sencillo.

Minutos después, los dos caminaban ya por la orilla. Valeria se quitó las sandalias y pisó la arena, que se sentía suave bajo las plantas de sus pies.

—Qué blandita —murmuró, maravillada.

Al poco rato una ola pequeña llegó a rozarle los pies. Valeria soltó una risita espontánea.

—¡Sebastián! ¡El agua me persigue!

Sebastián, al ver las ocurrencias de su esposa, no pudo contener la sonrisa.

—Así son las olas.

Valeria rio con más ganas. De vez en cuando aceleraba el paso con su andar ligeramente desigual, esquivando las olas. Sin embargo, segundos después volvía a acercarse para que el agua le tocara los pies otra vez.

Ver a Valeria jugar como una niña hizo que Sebastián se dejara arrastrar por el momento. Durante años había vivido con expresión impasible y la mente atestada de trabajo. Pero aquella tarde, sin advertirlo, una carcajada franca le brotó de los labios.

Valeria, al escucharlo, giró la cabeza de inmediato. Los ojos se le abrieron de par en par.

—Sebastián.

—¿Qué?

—Resulta que sabes reírte fuerte.

Sebastián cayó en la cuenta de que estaba sonriendo. Carraspeó.

—Es... solo un poco.

Valeria le dedicó una sonrisa amplia.

—Tienes una risa bonita.

Aquel comentario sencillo hizo que Sebastián volviera a sonreír sin darse cuenta.

Siguieron recorriendo la playa hasta que el sol comenzó a inclinarse hacia el oeste. Sin embargo, por caminar tanto rato sobre la arena, la pierna izquierda de Valeria —que de por sí cojeaba un poco— empezó a dolerle. Su paso se fue haciendo más lento.

Sebastián lo notó enseguida.

—¿Te duele la pierna?

Valeria esbozó una sonrisa tenue.

—Un poco.

Sin mediar palabra, Sebastián la tomó en brazos y la llevó de vuelta a la villa.

Después de pedir agua caliente a los cuidadores, la vertió en un recipiente pequeño.

—Siéntate.

Valeria obedeció.

Con cuidado, Sebastián le ayudó a sumergir el pie izquierdo en el agua tibia.

—Qué calientita —susurró Valeria—. Ya empieza a sentirse mejor.

Minutos después, Sebastián comenzó a masajearle despacio la planta del pie y luego la pantorrilla. Sus movimientos eran delicados: ni demasiada presión, ni demasiado suaves.

Valeria se sobresaltó.

—Sebastián, no hace falta.

—No te preocupes —respondió él, sin dejar de masajear.

—Pero...

—Hay que cuidar tu pierna. —La voz de Sebastián permaneció serena—. Si la fuerzas a seguir caminando, después va a doler más.

Valeria solo pudo contemplar el rostro de su esposo. Las manos de él irradiaban calor. El masaje era sumamente gentil. Se sintió dichosa al saber que había alguien que se preocupaba así por su pierna, sin mostrar la menor lástima. Lo único que traslucía era atención.

Poco a poco sus miradas se encontraron. Ninguno habló. Pero esta vez ya no hubo la incomodidad de antes. La mirada se sostuvo unos segundos más de lo habitual.

La noche descendió con calma sobre la vieja villa que se erguía firme en lo alto del acantilado. Después de disfrutar una cena sencilla preparada por el matrimonio de cuidadores —pescado a la parrilla, verduras salteadas, salsa picante y sopa de verduras—, Valeria y Sebastián decidieron no entrar todavía a la habitación.

El aire nocturno era fresco. La brisa marina soplaba suave, trayendo un aroma salino que apaciguaba los sentidos. A lo lejos se escuchaba el vaivén de las olas golpeando las rocas al pie del acantilado.

Valeria llevó dos tazas de té caliente al balcón. Sebastián la alcanzó poco después con un plato de yuca hervida que aún despedía vapor.

—Despacio, quema —advirtió Sebastián al ver que Valeria estaba a punto de tomar un trozo recién sacado de la vaporera.

—Sí, cariño.

Valeria sopló un pedazo de yuca antes de darle un mordisco pequeño. Los ojos le brillaron al instante.

—¡Está riquísima!

Sebastián sonrió apenas.

—La yuca la cosecharon hoy mismo del huerto detrás de la villa.

—Con razón está tan buena. —Valeria volvió a morder el trozo mientras disfrutaba del panorama.

Aquella noche el cielo estaba completamente despejado. Miles de estrellas salpicaban la bóveda celeste. Una luna en cuarto creciente pendía entre nubes delgadas, proyectando su luz sobre la superficie del mar hasta trazar lo que parecía un sendero de plata extendido sobre el agua.

Valeria alzó la vista sin parpadear.

—Sebastián.

—Dime.

—En la capital se ven muy pocas estrellas.

Sebastián también levantó la mirada.

—No es que haya pocas.

—¿Entonces?

—Su luz no puede competir con las luces de la ciudad.

—Ah, claro. —Valeria asintió despacio y sonrió—. Aquí se siente como si el cielo estuviera más cerca. Igual que en las montañas; la vista del cielo siempre es hermosa.

Durante un rato disfrutaron del silencio. Aquella quietud no resultaba incómoda; al contrario, era reconfortante. Solo se oían las olas, el susurro del viento y, de vez en cuando, el canto de los grillos en el jardín de la villa.

Sebastián dejó la taza de té sobre la mesita. Su mirada se posó poco a poco en Valeria.

—Valeria.

—Dime, Sebastián.

—Yo... —Se detuvo un instante, como si buscara las palabras exactas—. Quiero pedirte perdón.

Valeria se volvió, extrañada.

—¿Perdón? ¿Por qué?

Sebastián contempló la pierna izquierda de Valeria, que descansaba extendida frente a la silla.

—Si aquel día no me hubieras salvado, tu pierna tal vez no estaría así.

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Joseanny Rociel
Me esta gustando la novela 👏
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