Luciano creía ser un arqueólogo común, hasta que unas ruinas antiguas lo transportaron a un mundo de magia, monstruos y profecías. Allí, el Vigilante del Sello ve en él al gemelo perdido de una leyenda. Para sobrevivir, Luciano deberá dominar una magia ligada a sus emociones y forjar alianzas inesperadas. Pero su regreso ha despertado un viejo rencor: Blake Kane, su propio hermano gemelo, lo busca consumido por el odio y los celos. Mientras una antigua calamidad amenaza con destruirlo todo, ambos hermanos avanzan hacia un reencuentro que podría salvar el mundo... o reducirlo a cenizas. ¿Podrá Luciano reclamar su verdadero destino?
NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 4 - Polvo entre las manos
El pulso del arma coincidió con el latido de Luciano.
Una vez.
Dos.
A la tercera, la cámara dejó de obedecer a la Tierra.
Las ocho entradas se alargaron hasta convertirse en corredores sin final. El suelo se inclinó en direcciones opuestas y las lámparas proyectaron sombras hacia arriba. Luciano apartó la mano, pero la luz dorada permaneció adherida a sus dedos como una segunda piel.
—¡Grignani, retrocede! —ordenó Bellini.
Él lo intentó. Su rodilla golpeó el suelo y no encontró resistencia. Durante un instante absurdo tuvo la sensación de estar arrodillado sobre agua, aunque seguía viendo la piedra bajo su cuerpo.
Bellini cruzó una de las líneas y lo sujetó por la chaqueta.
—Suéltalo.
—Es un consejo excelente.
Luciano abrió la mano. El metal no cayó.
El objeto se había unido a su palma mediante filamentos luminosos. Cada uno recorría una línea distinta de la cámara y desaparecía en uno de los ocho corredores. Luciano tiró con más fuerza. El dolor le atravesó el brazo, llegó al pecho y le robó el aire.
Las luces del equipo estallaron.
En la oscuridad, Cava Rossa reveló una geometría diferente. Ocho colores giraban alrededor de Luciano: rojo, azul, verde pálido, ocre, violeta, esmeralda, blanco y un negro tan profundo que parecía recortar el resto. No sabía qué representaban, pero todos buscaban un lugar dentro del arma.
El blanco llegó primero.
Algo respondió al otro lado del mundo.
Luciano no vio a Edran en la cámara del sello ni sintió al anciano alzar la cabeza después de veinticuatro años de vigilancia. Solo percibió una resistencia lejana, como si alguien hubiera colocado una mano contra una puerta que él empujaba sin saberlo.
La piedra se abrió debajo de sus pies.
Bellini apretó su chaqueta. Uno de los técnicos alcanzó el brazo de la doctora y el otro se aseguró a una cuerda. Durante un segundo quedaron unidos en una cadena humana, suspendidos sobre una grieta llena de luz.
—¡Corta la manga! —gritó Luciano.
—¡No pienso soltarte!
—No es una discusión sentimental. ¡La estructura está usando mi sangre!
Bellini buscó la herramienta de su cinturón sin dejarlo ir. La cuerda se tensó detrás de ella. Los anclajes clavados en el corredor crujieron.
Luciano miró el rostro de la mujer y comprendió que, si el suelo terminaba de desaparecer, no caería solo.
Sacó el cúter de su bolsillo con la mano libre.
—Esto contará como modificación no autorizada de mi chaqueta.
Cortó la tela.
Bellini cayó hacia atrás con la manga entre los dedos. Luciano descendió en silencio.
No hubo viento ni golpe. Cava Rossa se convirtió en un círculo distante sobre su cabeza: tres siluetas inclinadas, una lámpara de emergencia y la boca de Bellini formando su apellido. Después el círculo se cerró.
Luciano esperó la caída.
En lugar de ella recibió recuerdos que no le pertenecían.
Unas manos femeninas rodeaban el arma. Cabello blanco azotado por una tormenta. Dos niños lloraban en algún lugar cercano. Una voz pronunciaba palabras imposibles con la urgencia de una despedida.
No pudo conservar ninguna imagen completa. Cada una se deshacía cuando intentaba comprenderla, igual que un sueño bajo la luz de la mañana.
Entonces llegó el dolor.
El arma bebió el calor de sus brazos, el aire de sus pulmones y hasta el impulso de pensar. Luciano sintió que algo recorría su cuerpo buscando una energía que no encontraba. Al no hallarla, consumió lo único disponible.
A él.
—Podrías haber preguntado primero —murmuró.
El metal respondió con una vibración débil.
La travesía terminó de golpe.
Luciano cayó sobre tierra húmeda, rodó por una pendiente y chocó contra una raíz. Permaneció boca arriba mientras el cielo giraba entre ramas negras. Respirar exigía una concentración impropia de una función automática.
Cuando consiguió incorporarse, lo primero que buscó fue la abertura.
No había ninguna.
Ni Cava Rossa. Ni Bellini. Ni luces eléctricas. Ni una cuerda suspendida entre dos espacios. Sobre él se extendía un bosque de troncos demasiado anchos, hojas azuladas y pequeñas motas luminosas que flotaban sin caer.
Luciano palpó sus bolsillos. Conservaba el teléfono, la libreta, el cúter y media chaqueta. La pantalla del teléfono mostró la hora durante dos segundos antes de llenarse de interferencia. La brújula giró sin elegir un norte.
—Bien —dijo, porque el silencio resultaba peor—. Hipótesis uno: traumatismo craneal. Hipótesis dos: cámara subterránea con ecosistema imposible. Hipótesis tres...
Contempló dos lunas visibles entre las nubes.
—No hace falta entusiasmarse con la hipótesis tres.
El arma seguía entre sus manos.
Ahora podía distinguir parte de su forma: un núcleo metálico, un agarre y piezas articuladas que parecían incapaces de decidir si pertenecían a una lanza, una herramienta o ambas. Las líneas doradas se apagaban una tras otra.
—Espera.
Cerró los dedos alrededor del agarre.
El metal se quebró.
No como una pieza corroída. Se convirtió en polvo desde los extremos hacia el centro. Luciano intentó sostenerlo, juntar los fragmentos, impedir que aquella única prueba de lo ocurrido escapara entre sus dedos. El residuo gris conservó por un instante ocho destellos y luego el viento lo dispersó.
Solo quedó una esquirla oscura del tamaño de una uña.
Luciano la envolvió en una hoja de su libreta y la guardó. Después observó la tierra vacía entre sus botas.
Había dedicado años a estudiar objetos que sobrevivieron a las personas que los habían utilizado. Encontrar uno imposible y destruirlo en menos de una hora le pareció una ofensa personal contra toda su profesión.
Un sonido grave atravesó el bosque.
No era el rugido de un animal. Se parecía demasiado a la resonancia del primer corredor.
Luciano se puso de pie. Las piernas le temblaron y una oleada de frío le recorrió la espalda. A pocos metros, tres marcas paralelas aparecieron sobre el barro. Ninguna estaba allí cuando había caído.
Otra marca surgió mientras la miraba.
Algo invisible avanzaba hacia él.
Retrocedió hasta chocar con el tronco. Buscó una rama, una piedra, cualquier objeto que mejorara sus probabilidades. Encontró el cúter y consideró que la arqueología no lo había preparado para defenderse con material de oficina.
Las motas luminosas se apagaron una por una.
Una forma baja se movió entre los helechos. Tenía demasiadas articulaciones y un lomo cubierto por placas húmedas. Dos cavidades blancas se abrieron donde deberían estar los ojos.
Luciano levantó el cúter.
—Si esto es una alucinación, carece de rigor histórico.
La criatura saltó.
Una línea de energía atravesó el espacio y la golpeó en pleno costado. El cuerpo giró en el aire, chocó contra una roca y se deshizo en humo oscuro antes de tocar el suelo.
Luciano no bajó el brazo.
Alguien había aparecido entre los árboles.
Era alto, llevaba una capa castigada por el tiempo y sostenía un arma cubierta de inscripciones. Su cabello mostraba más años de los que permitía adivinar la firmeza de su postura. No miró los restos de la criatura. Miró a Luciano, luego el polvo metálico adherido a sus manos.
En su rostro no hubo alivio.
Hubo reconocimiento seguido de sospecha.
La punta del arma se detuvo frente al pecho de Luciano.
El desconocido pronunció una frase en una lengua que no figuraba en ningún registro humano.
Luciano alzó lentamente las manos.
—Voy a suponer que significa ‘bienvenido’.
La figura armada no sonrió.