Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 4
Capítulo 4
"Valentina... cuánto tiempo"
Y se desmayó en sus brazos.
Santiago sintió cómo el peso de Valentina se rendía contra su pecho.
Por un segundo, la calle desapareció.
No hubo Mercedes detenido en diagonal, ni olor a llanta quemada, ni el claxon lejano de un taxi que no entendía por qué la avenida estaba bloqueada. Solo ella, demasiado fría, demasiado quieta, con una rodilla raspada y la respiración cortada en pequeños golpes.
—Vale. —Le tocó la mejilla con los nudillos—. No hagas esto.
No respondió.
El operador de emergencias seguía hablando desde el teléfono tirado sobre el asiento del conductor.
—La ambulancia más cercana tarda aproximadamente veinte minutos, señor.
Santiago miró la sangre en la media de Valentina.
Veinte minutos era una vida entera.
La cargó con cuidado, la acomodó en el asiento trasero del Mercedes-Maybach y le sostuvo la cabeza mientras cerraba la puerta. Luego tomó el teléfono.
—Cancelen. La llevo yo.
—Señor, no recomendamos mover a la paciente si...
Santiago ya estaba al volante.
El primer semáforo en rojo duró menos de un segundo en su mundo. Pasó con las luces intermitentes encendidas y una mano firme sobre el volante, aunque por dentro algo le golpeaba las costillas con violencia. El segundo semáforo lo cruzó entre dos autos que frenaron insultándolo. El tercero lo tomó una patrulla.
El oficial encendió la sirena detrás de él.
Santiago no se detuvo.
Marcó a Marco con el manos libres.
—Hospital privado más cercano, con traumatología.
—Señor, ¿qué ocurrió?
—Ahora.
Marco tardó once segundos.
—Hospital San Gabriel. Cinco minutos en línea recta. Aviso a urgencias.
—Y llama a la Clínica Santa Teresa.
Hubo una pausa.
—¿Para pagar?
Santiago miró por el retrovisor. Valentina tenía la cabeza ladeada, el cabello pegado a la mejilla, la boca entreabierta como si estuviera a punto de reclamarle algo incluso inconsciente.
—Para confirmar que no suspendan nada antes del mediodía. No menciones mi nombre.
—Entendido.
Al llegar al Hospital San Gabriel, dos camilleros ya esperaban en la entrada. Santiago salió antes de que el valet pudiera acercarse.
—Golpe lateral, caída sobre pavimento, pérdida de conciencia de menos de diez minutos —dijo con una precisión que no parecía humana—. Dolor probable en rodilla y cadera. No sé si hubo trauma craneal.
La doctora de guardia lo miró apenas.
—¿Familiar?
La palabra le atravesó la boca como una navaja.
No lo era.
No legalmente. No desde hacía años. Tal vez nunca, si se preguntaba a los muertos de ambos lados.
—Responsable de pago —respondió.
La doctora no perdió tiempo.
—Entonces firme aquí.
Santiago firmó donde le indicaron, entregó una tarjeta negra y siguió la camilla hasta que una enfermera le bloqueó el paso con el cuerpo.
—Hasta aquí, señor.
Valentina desapareció tras las puertas de urgencias.
Santiago se quedó inmóvil, con las manos a los costados, mirando el vaivén de las cortinas blancas. Tenía sangre ajena en el puño de la camisa. No era mucha. Suficiente para que el mundo se le estrechara alrededor.
—Señor Reyes.
Marco llegó quince minutos después, el saco mal puesto, una carpeta bajo el brazo y la cara de quien había entendido que no debía hacer preguntas.
—La Clínica Santa Teresa confirmó que no suspenderá nada durante la noche. La fecha límite sigue al mediodía.
Santiago cerró los ojos un instante.
—Bien.
—El hospital pide autorización para estudios de imagen y observación nocturna.
—Todo.
—¿Quiere que avise a alguien?
Santiago pensó en Patricia. En la tía que no había contestado. En una madre que no podía despertar.
Pensó en Daniela sonriendo.
—No.
Marco bajó la voz.
—Señor, si la prensa se entera de que...
Santiago abrió los ojos.
—Que no se entere.
No hubo más conversación.
La noche en el hospital avanzó con pasos de goma y olor a desinfectante. A la una, una enfermera salió para decir que Valentina no tenía fracturas visibles, pero sí contusiones severas y necesitaba observación. A las dos, informaron que la tomografía no mostraba sangrado. A las tres, la trasladaron a una habitación individual.
Santiago no entró.
Se quedó en la silla del pasillo, frente a la puerta cerrada, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Cada vez que alguien pasaba, levantaba la cabeza. Cada vez que dentro sonaba un movimiento, el cuerpo se le tensaba.
Tenía derecho a pagar.
No tenía derecho a verla dormir.
Esa era la regla que se impuso para no volverse completamente despreciable.
A las cuatro y media, la enfermera salió con una charola vacía.
—Señor Reyes.
Él se puso de pie.
—¿Está despierta?
—No. Pero se movió y casi se arranca la vía. Necesito retirar la aguja y cambiarle el vendaje. La paciente se agita cuando la tocamos. Usted la trajo cargando... quizá reconoce su voz.
Santiago tardó demasiado en responder.
—Solo eso.
Entró.
La habitación estaba en penumbra. Valentina dormía sobre una almohada demasiado blanca, con el rostro más pálido de lo que él recordaba y una venda limpia alrededor de la rodilla. Sin maquillaje, sin la armadura de sarcasmo en la boca, parecía más joven. No la adolescente del Colegio San Patricio, pero sí alguien a quien la vida había obligado a envejecer de golpe y sin pedirle permiso.
La enfermera tomó su mano para retirar la cinta adhesiva.
Valentina frunció el ceño dormida.
—Tranquila —dijo Santiago, apenas un hilo de voz—. Ya pasó.
Él sostuvo los dedos de Valentina para que no se cerraran. Entonces los sintió.
Los callos.
Pequeños, duros, en las yemas y en la base de los dedos. Manos de quien limpiaba habitaciones, cargaba charolas, lavaba vasos, se aferraba al transporte público y fingía que no dolía. Manos que antes habían tocado teclas de piano con uñas perfectas y pulseras finas.
La ex princesita Estrada ya no tenía manos de princesa.
Santiago bajó la mirada.
La enfermera retiró la aguja y salió con discreción.
Él debería haberla seguido.
No lo hizo.
Se quedó junto a la cama, con los dedos de Valentina aún entre los suyos. Ella murmuró algo que no llegó a ser palabra. Tal vez "mamá". Tal vez nada.
Santiago soltó su mano despacio, como si el movimiento pudiera despertarla, y le apartó un mechón de cabello de la frente. La piel bajo sus dedos estaba tibia.
Durante siete años había imaginado muchas veces ese rostro.
Nunca así.
Nunca en una cama de hospital, después de lanzarse contra su coche por treinta mil pesos.
Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Valentina... cuánto tiempo sin verte.
La puerta se abrió de nuevo.
Santiago retiró la mano al instante.
La enfermera fingió no haber visto nada.
—Puede descansar en la sala familiar, señor. Ya está todo pagado.
Él miró a Valentina una última vez.
—No le diga que estuve aquí.
—¿Y qué le digo cuando pregunte quién pagó?
Santiago no contestó.
Salió al pasillo antes de que amaneciera, con la camisa manchada, la bolsa negra de Valentina en la mano y una orden imposible clavada en la garganta: que ella despertara sin saber cuánto acababa de deberle.