Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 4
Adrián Navarro terminó la segunda cucharada de caldo sin apartar los ojos de Serena Mora.
No comió como alguien agradecido. Comió como quien acepta un arma del enemigo solo porque la necesita para seguir vivo. Cada movimiento era lento, medido, desconfiado. Cuando el cuenco quedó a la mitad, dejó la cuchara a un lado y empujó la comida apenas unos centímetros, como si admitir más hambre fuera una derrota.
Serena no insistió.
Ese pequeño acto de no insistir le costó más de lo que esperaba.
Dos horas después, la celda ya no parecía el mismo lugar. Los guardias habían retirado la mesa de instrumentos, un sanador de rostro pálido había limpiado la herida de la muñeca izquierda bajo la mirada helada de Adrián, y Héctor Mora había repetido tres veces que todo aquello era absurdo.
A la cuarta, Serena lo sacó al pasillo.
—Necesito llevármelo de Ciudad Azul —dijo.
Héctor la miró como si acabara de pedirle que le regalara la muralla principal.
—No.
—Ni siquiera preguntaste a dónde.
—No.
—Héctor.
—Serena, ese hombre es peligroso. Lo trajeron aquí porque la Corte de las Sombras lo busca, porque sus propios enemigos lo quieren vivo o muerto y porque tú insististe en quedártelo.
La última palabra le revolvió el estómago.
Quedártelo.
Como si Adrián fuera un animal raro, una joya, una cosa. La Serena original lo había tratado así. La nueva no podía permitírselo, ni siquiera para fingir.
—No es mío —dijo.
Héctor se calló.
El pasillo olía a piedra húmeda y aceite quemado. Desde la celda llegaba el sonido leve de una cadena moviéndose, suficiente para recordarles que Adrián escuchaba cada palabra.
—Precisamente por eso debe irse —continuó Serena—. Mientras siga aquí, todos lo van a tratar como algo que se puede usar. Tú me quieres demasiado como para decirme que no. Los guardias me obedecen demasiado como para cuestionarme. Y yo...
Se detuvo.
No podía decir "yo desperté esta mañana y no sé cómo manejar el poder de una villana".
—Y yo ya no quiero ser la razón por la que alguien sufra en esta casa.
Héctor la observó con una seriedad nueva. La rabia de antes había bajado, pero no se había ido; se había transformado en miedo.
—¿Qué te pasó?
Serena pensó en el departamento moderno, en el café frío junto a la computadora portátil, en los apuntes de tesis manchados con marcador rosa. Pensó en abrir los ojos con sangre en las manos.
—No sé cómo explicártelo todavía.
—Entonces no puedo dejarte salir con él.
—No saldré sola.
Héctor soltó una risa sin humor.
—Claro que no. Irás con veinte guardias, dos carruajes, un sanador, tres exploradores y yo.
—Eso parece una procesión fúnebre.
—Si ese hombre intenta tocarte, lo será.
Serena se apretó el puente de la nariz.
Lilo, invisible para Héctor y flotando junto a una antorcha, carraspeó.
—Ruta recomendada por El Vínculo: camino norte hacia Monte Celeste. Objetivo a mediano plazo: contacto con la Orden de la Libertad.
Serena señaló al aire sin mirarlo.
—Eso.
Héctor entrecerró los ojos.
—¿Otra vez tu conciencia?
—Hoy está muy participativa.
—Serena.
Ella bajó la voz.
—La Orden de la Libertad puede contenerlo sin torturarlo. Puede entrenarlo, vigilarlo, darle una salida. Si se queda aquí, tarde o temprano va a escapar. Y cuando lo haga, no va a distinguir entre quienes lo lastimaron y quienes solo miraron.
Héctor miró hacia la puerta de la celda.
Por primera vez, pareció considerar a Adrián no como una amenaza inmediata, sino como una consecuencia.
—¿Tanto te importa?
La pregunta era suave, pero llevaba filo.
Serena no tenía una respuesta simple. Le importaba sobrevivir. Le importaba no repetir una crueldad que no había elegido. Le importaba ese hombre del rincón porque había leído su historia y porque verlo encadenado volvía imposible cerrar los ojos.
—Me importa lo suficiente para no seguir haciendo esto.
El silencio se alargó.
Héctor pasó una mano por su cabello, frustrado.
—Te acompañaré hasta la puerta norte. Después irás con cuatro guardias de mi confianza. No veinte, porque ya sé que vas a decir que asusta. El sanador irá en el segundo carruaje. Te llevarás una piedra de comunicación y me escribirás cada noche.
—No sé usar una piedra de comunicación.
—Aprenderás.
—Muy considerado.
—No estoy negociando, hermanita.
Ese "hermanita" casi la hizo ceder. No por debilidad, sino porque bajo la orden había miedo real. Héctor no entendía lo que pasaba, pero igual estaba buscando una forma de dejarla decidir sin soltarla del todo.
Serena asintió.
—Está bien.
—Y él irá encadenado.
—No.
—Serena.
—Vendado, vigilado y lejos de armas, si quieres. Pero no encadenado.
Héctor abrió la boca.
—Si sale de esa celda con cadenas —lo interrumpió ella—, no cambia nada. Solo movemos la mazmorra al camino.
Desde dentro de la celda, la voz de Adrián llegó baja:
—Qué discurso tan bonito.
Serena cerró los ojos un segundo.
—También te escuché comer, así que no actúes como si no estuvieras atento.
Hubo una pausa.
Lilo soltó un sonido diminuto.
Héctor parecía a punto de ordenar que todos se callaran.
Al final, no lo hizo.
El viaje se organizó antes del atardecer. Serena descubrió que la ropa de la Serena original ocupaba medio armario y que ninguna prenda parecía diseñada para correr, pelear o sobrevivir a una emboscada. Eligió un vestido azul sencillo, botas bajas y una capa con capucha. Lilo aprobó el cambio porque, según él, "reducía el riesgo de tropezón dramático en un treinta y dos por ciento".
Adrián salió de la celda sin cadenas.
Los guardias no supieron dónde mirar.
Tenía las muñecas vendadas, el rostro limpio a medias y la misma expresión de quien espera una traición detrás de cada puerta. Cuando sus ojos se encontraron con los de Serena, ella vio la pregunta que no iba a hacer.
¿Por qué?
Serena tampoco podía responderla sin sonar loca.
Héctor los acompañó hasta la puerta norte de Ciudad Azul. El cielo se había vuelto naranja sobre los techos de teja oscura, y la muralla proyectaba una sombra larga sobre el camino.
—Cada noche —repitió Héctor, entregándole la piedra de comunicación.
—Cada noche.
—Si él respira raro, me llamas.
—Si él respira raro, tal vez sea porque también es humano.
Héctor miró a Adrián.
—Eso está por verse.
Adrián no respondió. Subió al carruaje con la espalda recta, sin pedir ayuda, aunque el esfuerzo le dejó la boca más pálida.
Serena subió después.
El carruaje avanzó.
Durante la primera hora, nadie habló. Lilo fingió dormir dentro de la capucha de Serena. Adrián se sentó frente a ella, junto a la ventana, con una mano cerca de la venda de su muñeca izquierda. Afuera, el camino norte se estrechó entre árboles altos y piedras cubiertas de musgo.
Serena estaba a punto de decir que podían parar para que el sanador revisara la herida cuando los caballos relincharon.
El carruaje frenó de golpe.
Adrián levantó la cabeza.
La primera flecha atravesó la cortina de la ventana.