¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 4
La oficina de Valerios & Asociados no se parecía en nada al ático bohemio de Dante. Era un santuario de cristal y acero en el piso 40 de la torre financiera, un lugar donde el aire olía a papel caro, café recién molido y decisiones que valían millones.
Lía se ajustó las gafas de sol. Llevaba un traje de sastre color crema que había tenido que pasar a recoger por su casa —con el corazón en la garganta y escoltada por un servicio de seguridad que Dante le había insistido en contratar—. Por suerte, Julián no estaba allí, pero el rastro de su presencia todavía flotaba en el ambiente como un gas tóxico.
—Lía, ella es Victoria —presentó Dante, señalando a una mujer de unos cuarenta años, con el cabello recogido en un moño impecable y una mirada que parecía capaz de leer el código penal en los ojos de cualquiera.
—Mucho gusto, Lía. Dante me ha contado lo básico —dijo Victoria, estrechando su mano con firmeza—. Y cuando digo lo básico, me refiero a la parte legal. Lo demás... bueno, los abogados no juzgamos los milagros oníricos, solo las pruebas físicas.
Lía lanzó una mirada fugaz a Dante, quien permanecía de pie junto a la ventana, observando la ciudad con esa calma magnética que la hacía sentir, al mismo tiempo, protegida y peligrosamente expuesta.
—¿Qué tenemos, Victoria? —preguntó Lía, sentándose frente al escritorio de caoba.
Victoria abrió una carpeta de cuero. Su expresión se volvió sombría.
—Tu esposo, o pronto ex-esposo, es más astuto de lo que parece, Lía. No solo quería el divorcio. Julián ha estado moviendo fondos de la constructora de tu familia hacia cuentas de fachada durante los últimos dieciocho meses.
Lía sintió un frío súbito.
—¿Qué? Eso es robo.
—Él lo llama "comisiones de consultoría" —explicó Victoria—. Y aquí está la parte más sucia: esas cuentas están a nombre de una sociedad limitada cuya única beneficiaria es tu hermana, Sara.
La habitación pareció dar vueltas. Lía apretó los apoyabrazos de la silla hasta que le dolieron los dedos. No era solo sexo. No era un desliz impulsivo. Era un saqueo sistemático de su patrimonio, orquestado por las dos personas en las que más confiaba en el mundo. El hombre con el que dormía y la sangre de su sangre la estaban desplumando mientras ella soñaba con desconocidos.
—Ellos planeaban dejarte en la quiebra antes de que pudieras reaccionar —intervino Dante, acercándose a la mesa—. El plan de Julián era pedir el divorcio el próximo mes, alegando que la empresa estaba en crisis por "mala gestión de la administración", es decir, tuya. Iba a culparte de la ruina económica para que el juez le otorgara una pensión compensatoria de por vida.
Lía soltó una risa seca, casi un ladrido.
—Y Sara... ella se quedaría con el dinero y con el hombre. Es casi poético, si no fuera tan asqueroso.
—Lo que no calcularon —dijo Victoria con una sonrisa gélida— es que los encontraste antes de tiempo. Al ser tú quien pide el divorcio por una causa de infidelidad flagrante, el escenario cambia. Pero necesitamos pruebas de la transferencia de esos fondos. Y las necesitamos ya, antes de que Julián se dé cuenta de que sabemos demasiado.
De repente, el teléfono de Lía vibró sobre la mesa. El nombre en la pantalla hizo que todos guardaran silencio: Sara.
Lía miró a Dante. Él asintió levemente. Ella tomó el teléfono y activó el altavoz.
—¿Qué quieres, Sara? —dijo Lía, su voz sonando más fuerte de lo que se sentía.
—Vaya, qué tono —la voz de su hermana sonaba relajada, casi triunfante—. Solo quería decirte que me dejé un collar de perlas en tu mesita de noche. El que me regaló papá, ¿te acuerdas? Julián dice que no me preocupe, que pronto podré entrar a recogerlo... y quedarme para siempre.
Lía cerró los ojos, sintiendo el impulso de gritar, pero la mano de Dante se posó sobre su hombro. El calor de su palma la ancló al suelo.
—Julián no tiene poder para invitarte a entrar en ningún sitio, Sara. Disfruta de tu tiempo con él mientras dure, porque cuando termine con ustedes, lo único que tendrán en común será el hambre.
—¡Ay, por favor! —se burló Sara—. Julián me ha contado lo de tu "escena" de ayer. Dice que estás histérica. Pero no te preocupes, hermanita, él siempre dijo que eras demasiado rígida en la cama. Él necesitaba a alguien con... más fuego.
Dante apretó el hombro de Lía. Ella pudo ver cómo su mandíbula se tensaba y sus ojos se oscurecían por la ira contenida.
—Hablando de fuego, Sara —intervino Lía, con una calma que la sorprendió a ella misma—, dile a Julián que su nuevo abogado, el que cree que lo va a salvar, acaba de rechazar su caso. Parece que nadie quiere tocar a un traidor que además es un ladrón chapucero.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. El tono triunfante de Sara flaqueó.
—¿De qué estás hablando?
—Adiós, Sara. Nos vemos en el juzgado. O en la cárcel, lo que llegue primero.
Lía colgó y dejó el teléfono con un golpe seco. El silencio en la oficina era absoluto. Victoria la miraba con una nueva pizca de respeto.
—Eso ha estado bien —dijo la abogada—. Pero ahora hemos acelerado su reloj. Julián va a entrar en pánico.
—Que entre —dijo Dante, mirando a Lía con una intensidad que la hizo estremecer—. Porque mientras él busca dónde esconderse, nosotros vamos a buscar dónde golpearlo más fuerte.
Lía se puso de pie. La rabia estaba empezando a quemar los últimos restos de su tristeza. Miró a Dante, y por un segundo, la conexión onírica volvió a vibrar entre ellos. No era solo deseo; era una complicidad forjada en una realidad que superaba cualquier fantasía.
—¿Qué sigue? —preguntó ella.
—Sigue que vas a venir conmigo —dijo Dante—. Julián sabe que estás sola. No quiero que vuelvas a ese apartamento ni un segundo. A partir de hoy, eres mi huésped... y mi prioridad.
Victoria carraspeó, escondiendo una sonrisa tras sus documentos.
—Legalmente, te aconsejo que te mantengas en un lugar seguro, Lía. Y el ático de Dante es, posiblemente, la fortaleza más inexpugnable de esta ciudad. En todos los sentidos.
Lía asintió. No tenía sentido pelear contra el destino, especialmente cuando el destino tenía los ojos de Dante y un plan de venganza que ella estaba más que dispuesta a ejecutar.
Salieron de la oficina. En el ascensor, mientras las puertas se cerraban, Dante la acorraló contra el espejo, atrapando sus manos sobre su cabeza. El cambio de actitud fue instantáneo: del abogado implacable al hombre hambriento que la reclamaba en sus noches.
—Has estado increíble ahí dentro —susurró él, pegando su cuerpo al de ella—. Pero ahora que la adrenalina ha bajado... ¿sigues estando segura de que quieres jugar con fuego conmigo?
Lía lo miró, sintiendo el calor de su cuerpo atravesando la tela de su traje de sastre. El contraste entre la frialdad de la oficina y el incendio de sus ojos la dejó sin aliento.
—Dante —dijo ella, pasando su pierna entre las de él—, el fuego de Julián era una cerilla húmeda. Tú eres un incendio forestal. Y yo ya no tengo miedo de quemarme.
El ascensor bajó, pero la temperatura entre ellos no dejó de subir. El juego de poder apenas estaba comenzando, y Lía se dio cuenta de que, para ganar contra los monstruos de su pasado, tenía que aliarse con el dueño de sus sueños más salvajes.