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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 3: Las manos que no supieron sostener

Dormir es un lujo que no siempre puedo permitirme. La noche que dejé a Hazel en aquella mansión, el silencio de las calles me pareció más ruidoso que de costumbre. Caminé durante horas, dejando que el frío entumeciera los bordes de mis pensamientos. Notaba las patrullas de policía ralentizar el paso al verme; sus luces rojas y azules barrían mi espalda como un escáner que buscaba un motivo para detenerme. Para ellos, yo solo era una mancha en el paisaje nocturno que debía ser vigilada.

Regresé a mi refugio cuando el cielo empezaba a teñirse de un gris sucio. En el callejón, los otros que compartían mi suerte se movían con la misma cautela. Sus miradas eran rápidas, cargadas de una sospecha instintiva; aquí, un desconocido que camina con la espalda demasiado recta es un problema en potencia.

A la mañana siguiente, me senté en un escalón de piedra. Vi a los oficinistas apresurados esquivarme con una coreografía perfecta de indiferencia. Me rodeaban como si yo fuera una piedra en un río: nadie me tocaba, nadie me miraba a los ojos, pero todos se aseguraban de no rozar mi ropa gastada.

Fue entonces cuando la vi.

Mi madre estaba al otro lado de la calle. Bastó cruzar miradas para que su rostro se quebrara. Corrió hacia mí sin importarle la gente alrededor, que se detenía a observar la escena con esa curiosidad morbosa que se le dedica a un accidente.

—Liam... hijo, por favor —dijo, tomándome del brazo.

Me solté de inmediato. Sentí la mirada reprobatoria de los transeúntes. Para ellos, yo era el joven ingrato que rechazaba a una madre desesperada. No veían las cicatrices, solo veían mi desprecio.

Una de mis hermanas se acercó y la abrazó con fuerza. —Madre, ya basta —dijo—. Él no va a regresar. Es un desconsiderado... no nos quiere. Me miró con un asco tan puro que sentí que mi piel se erizaba. En su expresión no había rastro de la infancia que compartimos, solo el juicio de alguien que ha decidido que yo soy el villano de su historia.

Sentí un chispazo recorrerme la piel. No era cariño lo que percibí, sino rechazo. Como si su contacto despertara algo que mi cuerpo había aprendido a evitar. Me solté de inmediato.

—No me molestes. No quiero saber nada de ti.

Ella retrocedió un paso, herida. Sus ojos recorrieron mi rostro, mis tatuajes, mi ropa. No me vio a mí. Vio lo que no quiso ver antes.

—Estás terminando la escuela, ¿verdad? —preguntó con voz temblorosa—. Dime que al menos eso...

—Eso no te importa —respondí con frialdad—. Pero sí, la estoy terminando.

Se aferró a esa frase como a una esperanza tardía. —Entonces hablaré con tu padre. Le diré que quieres volver, que te ayude a retomar el camino.

Una de mis hermanas se acercó y la abrazó con fuerza. —Madre, ya basta —dijo—. Él no va a regresar. Es un desconsiderado... no nos quiere.

Sus palabras me atravesaron el pecho.

Yo había salido de casa para sobrevivir.

Y aun así, seguía siendo el culpable.

—Para que te tranquilices —dije con una sonrisa amarga—, buscaré un trabajo decente. Dejaré de hacer cosas malas.

No esperé respuesta. Me di la vuelta y caminé sin mirar atrás.

Mi hogar ahora era un callejón escondido, donde el olor a humedad y basura vieja se pegaba a la ropa. Un lugar donde nadie preguntaba nombres, porque todos estábamos intentando olvidar los nuestros. Allí vivían personas rotas, cada una cargando su propia versión del abandono. Comí en silencio, rodeado de sombras y murmullos, pero ni siquiera ese ambiente lograba borrar a Hazel de mi mente.

Conseguí un trabajo temporal en un supermercado. Los gerentes me seguían con la vista a través de las cámaras de seguridad; podía sentir sus ojos clavados en mi nuca cada vez que me acercaba a la mercancía cara. Excepto uno.

Abel, el dueño, me observaba con una atención distinta. Cuando pasaba a mi lado, no apretaba su billetera ni revisaba sus bolsillos. Su mirada se detenía en mis manos, evaluando no mi peligro, sino mi cansancio.

Al terminar mi turno, me llamó a su oficina.

—Buen trabajo, muchacho —dijo, entregándome el pago—. Has sido responsable.

Asentí sin emoción.

—Si mi hijo estuviera vivo —continuó—, tendría tu edad. Murió en un accidente. Mi esposa sobrevivió... pero perdió algo más que la movilidad. Hay heridas que no se ven.

—Usted no sabe nada de mí —respondí, a la defensiva.

—No —dijo con calma—. Pero sé reconocer una mirada cansada.

Me levanté. —Gracias por el dinero.

—La amabilidad también ayuda a sanar —añadió antes de que saliera.

Caminaba distraído cuando choqué con alguien.

—Lo siento —dijo una voz suave.

La reconocí al instante. —Hazel... ¿qué haces aquí?

—Estudio cerca —respondió nerviosa—. Vine a comprar algo.

—Sigues siendo ingenua —murmuró—. No deberías hablar con extraños.

Ella no retrocedió, a pesar de que la gente que pasaba a nuestro alrededor nos lanzaba miradas de extrañeza. Una chica como ella, con su ropa impecable y su aire de luz, hablando con alguien que arrastraba el polvo de la calle en las botas. Noté cómo un guardia de seguridad se ponía en alerta a unos metros, listo para intervenir si yo hacía un movimiento en falso.

—Pero tú no lo eres —dijo—. Ya nos conocemos.

Solté una risa baja. —Ese es tu problema.

Hazel era la única que parecía ignorar que, para el resto del mundo, nosotros no deberíamos estar en el mismo plano de existencia.

Antes de irse, sacó una manzana de su bolso y me la extendió. —Es un regalo. Si no la quieres, tírala.

La observé alejarse.

Me quedé con la fruta en la mano, sintiendo el peso de las miradas de los curiosos que no entendían por qué ella me sonreía. La manzana estaba fría, pero su gesto quemaba.

No entendía por qué su amabilidad me incomodaba tanto.

Tal vez porque nadie me había ofrecido algo sin pedirme nada a cambio.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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